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. 2024 Dec 2;20:e4908. [Article in Spanish] doi: 10.18294/sc.2024.4908
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Racismos y salud mental en jóvenes indígenas residentes en la Zona Metropolitana de Oaxaca, México

María Alejandra Sánchez Bandala 1, Paola María Sesia 2
PMCID: PMC11925741  PMID: 39690113

RESUMEN

Las poblaciones indígenas presentan altas prevalencias de trastornos mentales y limitado acceso a servicios de salud mental. El objetivo del estudio fue analizar las trayectorias de atención a trastornos mentales de jóvenes indígenas residentes en la Zona Metropolitana de Oaxaca, México. Entre mayo y agosto de 2023, se llevó a cabo un estudio cualitativo basado en observación no participante, entrevistas en profundidad a siete personas jóvenes indígenas y entrevistas semiestructuradas a nueve personas profesionales de la salud, curanderas o responsables de grupos de ayuda mutua. Se identificaron procesos de occidentalización, no exentos de tensiones, en la forma de concebirse como jóvenes e indígenas, en el desarrollo de sus trastornos mentales y en la atención de estos, para lo cual utilizaron servicios psicológicos, psiquiátricos, grupos de ayuda mutua y, de manera limitada, medicina tradicional. Se concluye que en estos procesos se articulan y potencian racismos interpersonales, institucionales y epistémicos, que será necesario desarticular para mejorar la salud mental de personas jóvenes indígenas.

PALABRAS CLAVES: Pueblos Indígenas, Salud Mental en Grupos Étnicos, Servicios de Salud Mental, Racismo, México

INTRODUCCIÓN

La carga creciente de trastornos mentales, aunada a las brechas de tratamiento, constituyen uno de los problemas centrales de la salud pública en la región de las Américas1. A pesar de existir un consenso sobre la urgencia de la problemática, no existe una forma unívoca de concebir la salud y la enfermedad mental. Algunas concepciones retoman el modelo médico y privilegian un enfoque biologicista e individual, centrado en la psicopatología2. Superando este reduccionismo (aunque no un enfoque individual), la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud mental como “un estado de bienestar en el que la persona realiza sus capacidades y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, de trabajar de forma productiva y de contribuir a su comunidad”3. Por su parte, desde la salud colectiva latinoamericana se concibe la enfermedad -incluyendo la mental- como un marcador múltiple que remite a los órdenes biológico, cultural, histórico y social y que se orienta a comprender la “trama colectiva en que se generan y resuelven […] las enfermedades”, abriendo la posibilidad de desarrollar una “terapéutica comprensiva”4. De esta manera, la salud mental colectiva se centra en el estudio de las “experiencias de aflicción”, recuperando el “mundo social” del sufrimiento psíquico5, atendiendo a las determinaciones sociales de la salud mental, centralmente las violencias impuestas por las condiciones materiales de existencia y las relaciones de dominación; al mismo tiempo que reconoce la capacidad de agencia de las personas con sufrimiento psíquico para la comprensión de sus procesos y su participación en sus cuidados6.

Como puede apreciarse, podemos encontrar diversas formas de conceptualizar la salud y la enfermedad mental, encontrando incluso concepciones antagónicas, por ejemplo, entender a la salud mental como la capacidad -generalmente individual- para adaptarse, afrontar el estrés “normal” de la vida y las adversidades y conservar la armonía en las relaciones3 y, desde otras posiciones, entenderla como la capacidad para transformar las condiciones de vida7.

Esta polisemia se identifica también en las formas de referirse a aquello que podríamos considerar contrario a la salud mental. El concepto de enfermedad mental suele referir a entidades discretas propias de los enfoques biomédicos; sin embargo, este es un concepto cada vez menos utilizado en la literatura académica prefiriéndose el de trastorno mental el cual, siguiendo a Braunstein, sigue siendo un eufemismo para referirse a un constructo muy similar al de enfermedad mental8. Por su parte, la OMS señala que un trastorno mental “se caracteriza por una alteración clínicamente significativa de la cognición, la regulación de las emociones o el comportamiento de un individuo”9. Así, en la definición de un trastorno se suelen incluir criterios de desviación, de limitaciones para la funcionalidad, una experiencia de malestar y cierta idea de peligrosidad (aunque se ha discutido que los dos últimos criterios pueden ser cuestionables)10. En términos prácticos, los trastornos mentales siguen haciendo referencia a aquellos constructos que se pueden hacer corresponder a los criterios diagnósticos propuestos en las clasificaciones nosográficas dominantes, como la Clasificación internacional de enfermedades (CIE) y el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM)11.

Desde enfoques críticos se utilizan otras categorías para referirse a aquello que se considera distinto de la salud mental, una de ellas es la de sufrimiento psíquico, entendida como una experiencia perjudicial que se percibe como subjetiva, pero se origina en la red de relaciones en la que está inmersa la persona12. Estos sufrimientos se conciben como parte de los problemas de la vida que, si bien producen desdicha, no se patologizan. Esta categoría tiene cierta afinidad con el concepto de malestar, aunque algunos autores utilizan este último para destacar el conflicto y las contradicciones sociales (no necesariamente registradas de manera consciente por los sujetos) que subyacen a los malestares13. En este trabajo se utilizan las categorías de enfermedad y trastorno para indagar sobre las construcciones que las y los sujetos de estudio conciben en términos de patologías, y las categorías de sufrimiento o malestar para aquellas experiencias de desdicha no necesariamente patologizadas por los propios sujetos.

Cuando se aborda la salud mental de poblaciones indígenas, es posible identificar dos grandes líneas de pensamiento. Tanto desde la epidemiología, como desde la antropología médica crítica -esta última atenta a las relaciones asimétricas de poder y a las desigualdades estructurales14,15- han identificado que estas poblaciones tienen, a nivel global, altas prevalencias (generalmente mayores que sus contrapartes no indígenas) de trastornos como depresión, consumo de sustancias psicoactivas, alcoholismo y suicidio; condiciones que se han asociado al estrés social derivado de los procesos migratorios16, la discriminación, pérdida de elementos culturales y de control sobre sus condiciones de vida17. Por ejemplo, un estudio en México acerca de los datos oficiales de mortalidad en 2014, reportó que la tasa nacional de suicidios entre varones indígenas (incluyendo a adolescentes y jóvenes) fue mayor que entre el resto de la población, mientras la tasa de mortalidad relacionada al uso de alcohol fue 2,5 veces más alta entre este grupo en comparación con poblaciones no indígenas18. Por otro lado, un estudio en Colombia reportó que la tasa de suicidio era más de cien veces mayor entre la población indígena (500 por 100.000 habitantes) en ese país en comparación con la población colombiana en su conjunto (4,4 por 100.000 habitantes)19. También se ha evidenciado que estas poblaciones tienen peores indicadores respecto a la disponibilidad y acceso a servicios de salud biomédicos, debido a su residencia en contextos rurales y sus condiciones de pobreza20,21 y que la atención que reciben en servicios biomédicos es deficiente, pues se desconocen los síndromes de filiación cultural, se tiende a traducir sus malestares a las categorías de la psiquiatría occidental, no se toman en cuenta los aspectos socio-relacionales de estos cuadros nosológicos y se desconocen o rechazan sus recursos terapéuticos comunitarios19,22,23; a pesar de la existencia en el ámbito internacional y nacional de un amplio marco legal e institucional que promueve un enfoque intercultural y de derechos para la atención a la salud de los pueblos indígenas24,25.

Por su parte, desde abordajes que reconocen la relatividad cultural para la definición y vivencia de la salud y la enfermedad mental, se ha destacado la necesidad de comprender estos procesos como producto de las cosmovisiones de los propios pueblos, y no tratando de hacerlos encajar en los modelos de pensamiento occidentales. Esta línea de trabajo ha evidenciado que en algunos pueblos indígenas no existe un concepto análogo al de “salud mental” y que, en los que existe, su contenido difiere del concepto occidental, centrándose en elementos como la espiritualidad, el buen vivir y/o la armonía con la comunidad y la naturaleza17.

Desde disciplinas como la antropología médica, la etnopsiquiatría o la psiquiatría transcultural se ha producido una extensa literatura orientada a la comprensión de “síndromes de filiación cultural” tales como mal de ojo, aire, nervios, susto, envidia, vergüenza, muina o bilis, los cuales se caracterizan por manifestaciones a la vez orgánicas y psíquicas, y se han documentado las diversas prácticas terapéuticas tradicionales23,26,27,28,29. Sin embargo, se ha señalado que algunos de estos estudios centraron su atención solo en la medicina tradicional, sin profundizar en sus articulaciones de facto con la medicina moderna, lo que terminó limitando su capacidad explicativa30.

Se plantea entonces la pertinencia de abordar los procesos salud-enfermedad-atención de las poblaciones indígenas asumiendo la importancia del cambio cultural, que se ha agudizado en las últimas décadas debido a procesos como la migración, mayor grado de escolarización y el acceso a diversas tecnologías de la información y la comunicación31. Estas condiciones hacen de la población indígena, joven y migrante sujetos privilegiados para explorar los procesos de cambio y su impacto en la manera de concebir la salud y la enfermedad mental y de prevenir y atender las afectaciones en este campo, presumiblemente haciendo uso de diferentes formas de atención.

Una herramienta teórico-metodológica que resulta útil para abordar la complejidad de los procesos señalados es la categoría trayectorias de atención, que puede entenderse como los procesos que llevan a cabo las personas para procurarse una terapia a partir de la aparición de un problema de salud, para lo cual pueden utilizar diferentes instancias terapéuticas32. Osorio propone que desde este enfoque se analizan las decisiones y estrategias que despliegan los sujetos para enfrentar -y en ese camino entender- sus episodios de padecer33.

La categoría trayectorias de atención ha sido utilizada para estudiar diferentes procesos de salud-enfermedad-atención34,35,36,37,38,39,40,41. Estos estudios han puesto de manifiesto el uso secuencial o paralelo de diferentes opciones terapéuticas, la importancia de los procesos de autoatención, y han permitido aproximarse a los significados y experiencias subjetivas de enfermos y familiares. Algunos de estos estudios se han orientado al análisis de los procesos de búsqueda de atención de población indígena o que reside en contextos rurales y han evidenciado el sincretismo y complementariedad de saberes biomédicos y tradicionales42,43,44,45. Sin embargo, los estudios sobre trayectorias de atención en el campo de la salud mental siguen siendo escasos tanto a nivel internacional46,47,48,49 como en México 50, y más aun los que se realizan con población indígena51.

El contenido de este artículo se deriva de una investigación mayor titulada “Trayectorias de atención a la salud mental en jóvenes indígenas residentes en la Zona Metropolitana de Oaxaca (ZMO)”. En el estado de Oaxaca la carga epidemiológica de varios trastornos mentales presenta una curva ascendente y hay trastornos que se manifiestan de manera frecuente entre la población juvenil: la incidencia de depresión en mujeres ha aumentado desde el 2014 al 2022 (pasando de una tasa de 47 a una de 77 por 100.000 habitantes)52, mientras que los suicidios tienen una mayor incidencia entre los jóvenes de los 15 a los 29 años, sobre todo varones53. La entidad federativa cuenta con el mayor porcentaje de población hablante de lengua indígena a nivel nacional (el 31,2% frente al 6,1% que es la media nacional), el 69% de la población se autoadscribe como indígena54, y presenta un importante desplazamiento rural-urbano55. La Zona Metropolitana de Oaxaca está conformada por Oaxaca de Juárez, ciudad capital con mayor población indígena del estado, y 22 municipios aledaños. En cuanto a la disponibilidad de servicios públicos de atención, el estado cuenta con un único hospital psiquiátrico “Cruz del Sur” perteneciente a la Secretaría de Salud y ubicado en la zona conurbada al sur de la ciudad de Oaxaca, siete Unidades de Especialidades Médicas en Centros de Atención Primaria en Adicciones UNEMA-CAPA, de las cuales dos se encuentran en la Zona Metropolitana de Oaxaca, y dos Centros de Integración Juvenil, de los cuales uno está en la ZMO56. Para los derechohabientes del Instituto Mexicano del Seguro Social, este organismo ofrece consultas psicológicas en las tres Unidades de Medicina Familiar de primer nivel ubicadas en la Zona Metropolitana de Oaxaca y consulta psiquiátrica en el Hospital General de Zona ubicado en la ciudad de Oaxaca57. La mayor oferta es representada por los grupos de ayuda mutua: en la ciudad de Oaxaca y zona conurbada, se encuentran 81 centros de grupos de Alcohólicos Anónimos58 y 18 centros de Neuróticos Anónimos59.

Se planteó que este espacio geográfico-sociocultural, al ser un polo de atracción de migrantes internos -principalmente provenientes de zonas rurales de la región- y de migrantes internacionales en tránsito y tener una autoproclamada identidad multicultural, configura un caso de interés para la exploración del objeto de estudio. En este artículo el interés se centró en analizar las maneras en que la condición étnica y la estructura sociocultural en la que se inscribe -o mejor dicho, se construye- configuran maneras particulares de enfermar y atender los padecimientos en el campo de la salud mental, en el marco de las trayectorias analizadas.

METODOLOGÍA

Se desarrolló un abordaje cualitativo. Los sujetos de estudio fueron jóvenes indígenas, de entre 18 y 30 años, residentes de la Zona Metropolitana de Oaxaca, que reportaran haber buscado atención para un problema de “salud mental” y profesionales de la salud, curanderas o responsables de grupos de ayuda mutua que se desempeñaban en algunos de los espacios que ofrecen atención a la salud mental en la zona de estudio. Cabe señalar que cuatro de estos actores tenían una relación terapéutica con las y los jóvenes entrevistados. Se realizó también observación no participante en los espacios en los que se solicitó colaboración, para establecer contacto con los actores a entrevistar. El trabajo de campo se desarrolló de principios de mayo hasta finales de agosto de 2023.

Con las y los jóvenes (cuatro mujeres y tres hombres) se realizaron entrevistas en profundidad orientadas a conocer sus trayectorias de atención. Con los profesionales (cinco participantes), curanderas (dos participantes) o responsables de grupos de ayuda mutua (dos participantes) se llevaron a cabo entrevistas semiestructuradas orientadas a conocer los rasgos centrales de la atención que se ofrece a las personas jóvenes (indígenas o en general) que presentan trastornos mentales. En la Tabla 1 y la Tabla 2 se presentan las características de las personas participantes.

Tabla 1. Características generales de las personas participantes (jóvenes indígenas). Zona Metropolitana de Oaxaca, México, 2023.

Pseudónimo Edad Estado civil Lugar de nacimiento Experiencia migratoria Lugares de residencia Lengua indígena Religión Nivel de estudios Ocupación Derecho-habiencia
Alma 22 Soltera Ciudad Juárez Chihuahua A los 16 años migró a la ZMO para escapar del acoso escolar en su localidad de origen Oaxaca de Juárez (ZMO) Ninguna Se asume como católica pero casi no la practica Estudiante de licenciatura Estudiante Ninguna
Julia 29 Casada Santa Catarina Juquila A los 15 años migró a la ZMO para estudiar el bachillerato San Bartolo Coyotepec (ZMO)/Miahuatlán de Porfirio Díaz Chatino Católica Licenciatura en Enfermería Enfermera ISSSTE
Paula 28 Unión libre Asunción Cacalotepec A los 13 años migró a la ZMO para estudiar la secundaria San Sebastián Tutla (ZMO)/ Miahuatlán de Porfirio Díaz Ayuuk (mixe) Católica Licenciatura en Enfermería Estudiante de posgrado IMSS-Bienestar
Magali 29 Soltera Cuilapam de Guerrero (ZMO) Ninguna (nació y vive actualmente en la ZMO) Cuilapam de Guerrero (ZMO) Ninguna Ninguna Licenciatura en Arqueología Arqueóloga Ninguna
Fernando 24 Soltero San Juan Quiahije, Juquila A los 12 años migró a la ZMO para estudiar la secundaria Oaxaca de Juárez (ZMO) Chatino Católica Pasante de Ingeniería Técnico de mantenimiento de máquinas industriales IMSS-Bienestar
Ismael 29 Unión libre Santiago Atitlán A los 27 años migró a la ZMO en busca de atención en la Casa Hogar de Neuróticos Anónimos Oaxaca de Juárez (ZMO) / Santiago Atitlán Mixe Católica Bachillerato trunco Músico Al parecer IMSS-Bienestar (no estaba seguro)
Nicolás 26 Soltero Miahuatlán de Porfirio Díaz Migró a la ZMO a los 5 años, junto con su familia, quienes buscaban mejores oportunidades laborales Santa María Atzompa (ZMO) Zapoteco (solo entiende pocas palabras) Ninguna Bachillerato y carrera trunca Mecánico Ninguna

Fuente: Elaboración propia.

ZMO = Zona Metropolitana de Oaxaca.

ISSSTE = Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado.

IMSS-Bienestar = Subsistema del Instituto Mexicano del Seguro Social orientado a la atención de la población sin seguridad social.

Tabla 2. Características generales de las personas participantes (profesionales, curanderas y responsables de grupos de ayuda mutua). Zona Metropolitana de Oaxaca, México, 2023.

Participante Género Edad Lengua indígena Formación
Curandera y partera Mujer 84 Zapoteco Empírica
Curandera Mujer 60 Zapoteco Empírica, diplomada en Herbolaria
Psicóloga práctica privada Mujer 30 Entiende un poco de mixe, pero no lohabla Licenciada en Psicología
Psicóloga servicio público 1 Mujer - Ninguna Licenciada en Psicología Clínica,especialista en Pareja y Familia
Psicóloga servicio público 2 Mujer 32 Ninguna Licenciada en Psicología
Psicólogo servicio público Hombre 30 Ninguna Licenciado en Psicología, maestrante en Psicoterapia Humanista
Psiquiatra práctica privada Mujer 30 Entiende muy poco zapoteco Médico cirujano, especialista enPsiquiatría
Representante de grupo de AlcohólicosAnónimos Hombre 48 Entiende un poco de zapoteco Licenciatura (no relacionada con Salud)
Representante de grupo de NeuróticosAnónimos* Mujer 37 Mazateco Licenciatura (no relacionada con Salud)

Fuente: Elaboración propia.

* Se construyeron códigos similares a los últimos ocho para aplicarlos a cada una de las formas de atención a las que recurrieron las y los sujetos de estudio: medicina tradicional, atención biomédica, atención psicológica, atención psiquiátrica y grupos de ayuda mutua.

Para el desarrollo de las guías de entrevista y el plan de análisis se llevó a cabo un proceso inicialmente deductivo, en el cual se partió de un conjunto de temas a indagar derivados de los objetivos y el estado del arte, y se mantuvo la apertura para la inclusión de líneas temáticas emergentes. Las líneas temáticas a priori estuvieron relacionadas con los criterios para identificar(se) como joven indígena, las concepciones sobre la salud y la enfermedad/trastorno mental, las condiciones de vida y su impacto en la salud-enfermedad/trastorno mental, representaciones sobre el trastorno asumido, y las trayectorias de atención. A partir de estas líneas -que se asumieron como las categorías para desarrollar el análisis- se creó un conjunto de códigos. La presentación de los resultados se estructuró de acuerdo con las líneas temáticas señaladas. La Tabla 3 describe la correspondencia entre los subtítulos, las líneas temáticas y los códigos. Aquellos códigos que se muestran en cursiva emergieron del análisis de los datos y se integraron a los códigos siguiendo un procedimiento inductivo. Más que temas no previstos de manera a priori, se trató de formas no esperadas de conceptualizar los procesos de interés para el estudio. Por ejemplo, inicialmente se pensaba indagar el impacto de las condiciones de vida en la salud-enfermedad/trastorno mental; sin embargo, se evidenció la necesidad de crear un código que permitiera además apuntar a aquellas experiencias de desdicha no consideradas patológicas por los participantes, por lo que se prefirió utilizar el concepto de condicionantes de sufrimiento psíquico para nombrar a dicho código. De igual manera, se consideraba manejar un código que refiriera al diagnóstico de los sujetos participantes, pero dado que muchos de ellos en realidad habían realizado un autodiagnóstico (no elaborado por un profesional) se modificó dicho código y se nombró como diagnóstico asumido y manifestaciones. Cabe puntualizar que estas modificaciones no son solo a nivel de los nombres de los códigos, sino del campo de referencia al que cada código apunta, al “contenido” real o potencial del código.

Tabla 3. Correspondencia entre subtítulos, líneas temáticas y códigos.

Subtítulo Líneas temáticas Códigos
Jóvenes indígenas: tensiones en la construcción de la identidad Criterios para identificar(se) como joven indígena Criterios de juventud
Criterios indígenas
El entorno comunitario, las violencias vividas y la producción del malestar emocional Condiciones de vida y su impacto en la salud-enfermedad/trastorno mental Condicionantes de bienestar
La vida urbana y la salud mental: entre la libertad, el anonimato y la discriminación Condiciones de vida y su impacto en la salud-enfermedad/trastorno mental Condicionantes de sufrimiento psíquico
Caracterización de los malestares y diagnósticos asumidos Concepciones sobre la salud y la enfermedad/trastorno mental Concepciones salud-enfermedad mental
Representaciones sobre el trastorno asumido Diagnóstico asumido y manifestaciones
Etiología asumida
Pronóstico asumido
Formas de atención utilizadas y su pertinencia cultural Trayectorias de atención Identificación de anormalidad
Inicio de búsqueda de ayuda
Medicina tradicional*: Motivos acudir, disponibilidad y acceso, diagnóstico, tratamiento, apego y abandono, resultados, experiencia, especificidad étnica y adecuación

Fuente: Elaboración propia.

* Se construyeron códigos similares a los últimos ocho para aplicarlos a cada una de las formas de atención a las que recurrieron las y los sujetos de estudio: medicina tradicional, atención biomédica, atención psicológica, atención psiquiátrica y grupos de ayuda mutua.

Las entrevistas se grabaron con autorización de las y los participantes, previa firma del consentimiento informado, y se transcribieron para su posterior codificación y sistematización con apoyo del software para el análisis cualitativo de datos Atlas.ti versión 8. Los datos se manejaron mediante pseudónimos para proteger la confidencialidad y el anonimato de los participantes.

La observación no participante se llevó a cabo en los espacios en los que se solicitó la colaboración para establecer contacto con los actores a entrevistar. La observación se orientó al registro de elementos relacionados con la forma de representarse en los espacios institucionales a las y los jóvenes indígenas, a su salud mental, y a las maneras adecuadas de atender sus necesidades en el campo de la salud mental. A los datos derivados tanto de las entrevistas como de la observación se aplicó un análisis de contenido temático.

El proyecto fue avalado por el Subcomité de Ética en Investigación en Salud del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Folio interno 005.

RESULTADOS

Jóvenes indígenas: tensiones en la construcción de la identidad

La mayoría de las y los jóvenes entrevistados cursaron estudios superiores y manifestaron tener una continua movilidad entre la Zona Metropolitana de Oaxaca y su lugar de origen (generalmente en un contexto rural o semiurbano). Esta movilidad ha implicado también una movilidad sociocultural que ha producido tensiones en la forma de concebirse a sí mismos como “jóvenes”, pues en tanto en la Zona Metropolitana de Oaxaca esta categoría está plenamente legitimada como parte del ciclo de vida, en sus lugares de origen es una categoría de emergencia reciente, a partir de la disponibilidad de niveles de educación media superior y superior, del acceso a Internet y de los procesos migratorios.

Las y los jóvenes entrevistados han resuelto estas tensiones privilegiando e introyectando una concepción occidental de juventud y han asumido la mayoría de los rasgos que la caracterizan, tales como un estado civil de soltería, desempeñar un rol de estudiante, asumir cierta libertad y autonomía respecto a los padres o asumir el derecho a la diversión en compañía de pares. Sin embargo, esta identidad se ve cuestionada por sus familiares que permanecen en sus comunidades de origen, quienes suelen comunicarles la exigencia social de transitar a la adultez en edades en las que, en el contexto urbano, se hacen corresponder a la categoría de adolescencia (13 o 14 años). Si bien ninguna de las personas entrevistadas refirió que estas situaciones le hubieran generado un sufrimiento emocional importante, sí mencionaron cierta confusión y frustración al no lograr una completa adaptación de sus modos de vida, prácticas y experiencias subjetivas a la consecución de etapas que se asumen universales desde el planteamiento del ciclo de vida occidental.

En cuanto a su autoadscripción étnica, las personas jóvenes entrevistadas identificaron una serie de rasgos que las distinguía de las personas “mestizas”, principalmente la lengua y las costumbres y tradiciones, aunque algunas incluyeron elementos fenotípicos como el color de la piel. Sin embargo, señalaron que preferían ser identificadas con el gentilicio de su región o pueblo o con el nombre de su etnia/lengua especifica (zapoteca, mixteca, chatina, etc.), que con el concepto genérico de “indígena”. Uno de los jóvenes reflexionó sobre esta preferencia y la asumió relacionada con experiencias vividas en el contexto urbano, en las que se utilizaba el término “indígena” para manifestar burla y desprecio.

“…tal vez en mi pasado esté esa palabra como malinterpretada, porque en realidad no es mala, yo no la considero mala ahora, pero sí cuando me decían indígena, chatino o indio en la secundaria. No sé cómo expresarlo, pienso en mi cabeza de que alguien con mayor autoridad quiera hacerme de menos cuando dice eso [pero] yo sé que no es una palabra mala, es un orgullo ser una persona de raíces indígenas”. (Fernando)

Refirieron que este tipo de experiencias les produjo sufrimiento emocional; sin embargo, es preciso destacar que también en sus comunidades de origen enfrentaron situaciones que les generaron diversos grados de malestar, tal como se describe en el siguiente apartado, destacando que algunas de ellas fueron consideradas como causa de los trastornos mentales que desarrollaron.

El entorno comunitario, las violencias vividas y la producción del malestar emocional

Las manifestaciones de malestar emocional descrito por las y los jóvenes fueron variadas, pero tuvieron un denominador común: estar relacionadas con diferentes tipos de violencia que vivieron en sus comunidades de origen. Ismael, uno de los jóvenes entrevistados refirió que la violencia que presenció de su padre hacia su madre, cuando su padre se alcoholizaba, contribuyó al desarrollo de su “neurosis”. También Nicolás refirió que el alcoholismo de su padre y la violencia de éste hacia su madre lo había afectado emocionalmente. Si bien la violencia intrafamiliar no es exclusiva de contextos indígenas, en los relatos analizados se identificó cómo la permisividad del contexto respeto del control masculino sobre la vida de las mujeres o la existencia de matrimonios arreglados y en muchos casos forzados -rasgos característicos de algunas comunidades rurales e indígenas de México- favorecieron la producción de este tipo de violencia.

Por su parte, Alma señaló que la envidia que despertaba en sus compañeros de escuela por destacar en el ámbito académico contribuyó al acoso escolar que sufrió, y que identificó como uno de los detonantes de su depresión. Señaló que este tipo de dinámicas, basadas en la envidia, constituyen uno de los rasgos culturales de su comunidad de origen. También en su caso pudo apreciarse cómo los valores comunitarios respecto a la importancia de la unión y las lealtades familiares favorecieron la impunidad ante situaciones de violencia sexual por parte de familiares.

Creo que la idea de familia que hay en mi pueblo hace que este tipo de cosas se encubran más. Porque incluso si tu familia sabe lo que te pasó, pero fue… no sé, tu abuelo, o tu tío, es más importante para la familia mantener el vínculo, y entonces es ‘no digas nada porque es tu familiar’”. (Alma)

Algunas de las personas profesionales entrevistadas señalaron la importancia de los medios de comunicación en la construcción de las expectativas sobre las relaciones familiares o los modos de ser joven, lo que puede producir un malestar emocional entre quienes no pueden desarrollar los estilos de vida y formas de relacionarse que se legitiman en estos medios. Uno de los jóvenes entrevistados señaló que al comparar la imagen de familia que veía en los medios con su propia realidad familiar experimentaba frustración y que fue el inicio de una serie de insatisfacciones que lo llevaron más adelante a un consumo problemático de sustancias.

“…aunque yo vivía en el pueblo, muchas veces no lo aceptaba, por la idea que te venden a través de la televisión de cómo es una familia perfecta […] tengo una imagen muy clara en mi mente de cuando yo veía la tele, y veía cómo una familia se ponía a jugar en el pasto con sus hijos, con un juego nuevo, o no sé, y pues eso me imaginaba que era una familia feliz, una familia tranquila, y en mi casa no había sino la necesidad de trabajar muy duro [entonces] yo empecé a rechazar, yo empecé a querer más cosas. Entonces yo por insatisfacciones yo le atribuyo que pasó esas cosas [consumo de sustancias]”. (Fernando)

Como puede apreciarse, algunos de los rasgos de la cultura de las comunidades de origen de las y los jóvenes favorecieron la producción de violencias de diverso tipo: intrafamiliar, sexual, escolar o simbólica, con un evidente componente de género, de las cuales fueron testigos o víctimas, y que les produjeron un sufrimiento emocional significativo.

La vida urbana y la salud mental: entre la libertad, el anonimato y la discriminación

Solo una de las jóvenes entrevistadas (Magali) nació en la Zona Metropolitana de Oaxaca, el resto era originario de localidades rurales y tuvo diferentes experiencias migratorias: uno de los jóvenes (Nicolás) llegó siendo niño, como parte de una familia que buscaba mejores oportunidades laborales. Tres de las personas entrevistadas (Julia, Paula y Fernando) migraron durante su etapa escolar (secundaria o bachillerato) motivados por el deseo de continuar sus estudios en la ciudad, aunque en el caso de Fernando la motivación incluía aprender español y lograr cambiar sus condiciones de vida.

Yo decidí venir, yo insistí a mis papás, les decía que yo quería venir a estudiar acá, más que nada para cambiar, no me gustaba mucho estar en el pueblo, mi trabajo era trabajar en el campo, ir por leña, ayudar a mis papás, a meterle en la albañilería, entonces no me gustó mucho y decidí que quería aprender español, el objetivo era aprender español y también terminar una carrera […] para aprender más”. (Fernando)

Otra de las participantes migró durante su etapa escolar para dejar atrás una situación de acoso escolar (Alma), y uno de los jóvenes (Ismael) llegó en busca de ayuda para su malestar.

Como puede apreciarse, en algunos casos, el proceso migratorio incluía expectativas personales o familiares que, en términos generales, fueron alcanzadas. A excepción del joven que migró en busca de atención en un centro de internamiento voluntario gestionado por el movimiento de Neuróticos Anónimos, el resto tuvo acceso a oportunidades educativas e ingresaron o terminaron sus estudios superiores. Además, las personas jóvenes entrevistadas relacionaron la vida urbana con elementos positivos, como la oportunidad de conocer nuevos lugares y personas, salir a caminar, salir a comer, tener acceso a espacios recreativos y tener más libertad que en sus comunidades. Uno de los jóvenes aludió también a un cambio de mentalidad, pues identificó un contraste entre la mente de quienes viven en el pueblo y quienes viven en la ciudad, mostrando una valoración positiva de la mentalidad citadina.

“…cuando uno es de pueblo la mente cerrada, de verdad yo lo digo y yo entiendo a mis papás, a mis primos, a otras personas que no han experimentado cosas de venir acá, o estar con personas con más pensamientos libres, o más liberales”. (Fernando)

Sin embargo, mudarse a la ciudad representó también la necesidad de adaptarse a un entorno desconocido y, en ocasiones, intimidante. En términos prácticos, como parte de los retos cotidianos, mencionaron aprender a desplazarse en la ciudad o usar el trasporte público sin perderse, o aprender los códigos de interacción locales. También señalaron dificultades para adaptarse a las formas de relacionarse, identificando una diferencia sustancial en el tipo de sociabilidad que se produce en la ciudad y en sus pueblos. Uno de los jóvenes señaló que en la ciudad

…como que cada quién está buscando lo suyo […] y allá [en su pueblo] es como… se hace como más la unidad, vamos a ir a traer la lluvia… para que llueva y crezcan las plantas, crezca el maíz”. (Fernando)

También referido al ámbito de las relaciones sociales, algunas personas participantes compartieron la sensación de anonimato en la ciudad, la cual contrastaba con el reconocimiento mutuo en sus comunidades.

La actitud de los citadinos hacia lo indígena/rural (binomio que en el imaginario de las personas entrevistadas parece estar íntimamente ligado) marcó su experiencia en la ciudad. Oaxaca de Juárez (capital del estado) se presenta como una ciudad multicultural, su máxima fiesta y sus atracciones turística exaltan y celebran la diversidad étnica. Sin embargo, se identificó una actitud ambigua hacia lo indígena caracterizada por la admiración y valoración de ciertos elementos que se asocian con las culturas indígenas a la vez que el desprecio y rechazo hacia algunos de los portadores de dichas culturas, sobre todo cuando se intersectan (realmente o en el imaginario) con condiciones de pobreza y marginalidad. Estas contradicciones fueron explicadas en los siguientes términos por uno de los profesionales entrevistados:

Depende de la temporada, porque en el mes de la Guelaguetza los aceptan mucho [a los indígenas], pero en otras temporadas la cuestión indígena se ha visto como un medio de discriminación. Te discrimino por venir de una comunidad, porque no llevas un calzado, porque a lo mejor no estás bien vestido, porque no traes una ropa normal, sino traes la ropa de tu región. En julio es bien visto, entonces se toman fotos, pero es más como… yo persona privilegiada estoy teniendo la oportunidad de convivir contigo, soy una mejor persona porque estoy conviviendo contigo”. (Psicólogo servicio público)

Esta ambigüedad se expresó también en el entorno escolar donde vivieron experiencias de reconocimiento y valoración de sus rasgos culturales (principalmente su lengua), a la vez que rechazo y burlas por este y otros marcadores, como el color de piel o la condición de “pueblerino o pueblerina”, lo que les produjo malestar emocional y los llevó a tratar de ocultar o disimular estos marcadores, por ejemplo, evitando hablar su lengua en público.

Se fueron enterando [los compañeros de la secundaria] que yo hablaba una lengua indígena […] Todavía me acuerdo de la palabra que me dijo, me dijo ‘india’ […] y en el bachillerato, ya que empecé a usar redes sociales, me acuerdo de que en una red social una cuenta anónima me puso algo así de que ‘regrésate a tu cerro con tus nopales y tus burros’. Eran muy despectivos los comentarios”. (Paula)

Cabe destacar que en el contexto urbano las personas jóvenes entrevistadas también encontraron relaciones amables y significativas que las ayudaron a integrarse a la vida en la ciudad y que representaron un importante apoyo emocional. No obstante, las experiencias de acoso, entendido como comportamientos hirientes, repetidos y en el contexto de diferencias de poder entre acosadores y víctimas60, produjeron un sufrimiento psíquico que generalmente se vivió en silencio, sin comunicarlo a profesores o familiares. Uno de los jóvenes compartió que nunca habló con nadie sobre el acoso que sufría porque pensaba que sus profesores lo verían con lástima y que su familia, al compartir la condición objeto de desprecio, iba a sentirse lastimada:

…dolía cuando te decían eso, es como una herida fuerte, y entonces si yo le preguntaba a mi hermano: ‘¿cómo ves esto?’, yo pienso que [para él] era una herida fuerte”. (Fernando)

Las y los jóvenes aludieron a situaciones que, sin estar directamente relacionadas con su condición étnica, fue posible identificar cómo esta condición le imprime a las situaciones características específicas. Por ejemplo, si bien el estrés escolar es una condición que puede presentarse sin distinción de etnia o contexto de residencia, algunas de las personas entrevistadas señalaron percibir una desventaja en su formación académica respecto a sus compañeros que habían cursado los niveles previos en contextos urbanos. De manera similar, la búsqueda de un sentido de pertenencia puede considerarse común en los jóvenes, lo que puede favorecer el inicio en el consumo de sustancias, tal como expresó Fernando: “la primera vez que consumí marihuana fue como para estar igual con la otra persona que convives, para sentirme bien, para sentirme parte”.

Algunos de los jóvenes entrevistados refirieron que el rechazo experimentado por su condición étnica hizo, en algunos casos, más urgente esta necesidad de reconocimiento y aceptación, además de que la legitimación de un consumo “fuerte” de alcohol en sus pueblos contribuyó a que se iniciaran en esta práctica. Sin embargo, la relación entre las experiencias de rechazo, lo que ellos denominaron depresión y el consumo de sustancias no la asumieron necesariamente como unidireccional ni configurando una cadena causal, pues, en algunos casos, lo que identificaban como depresión se presentaba previo o a la par de su consumo, consumían sin que mediara depresión, e incluso concebían el consumo de sustancias como una forma de automedicación.

Yo con la primera vez que consumí fue una sensación muy agradable, una sensación de risa, de felicidad muy al extremo, una felicidad inmensa, y cada vez que consumía buscaba regresar a ese grado de felicidad [pero] también lo que puedo detectar es de que consumo por todo y por nada, porque estaba yo triste, porque estaba yo enojado, porque estaba yo ansioso, porque tenía hambre, porque no tenía hambre, por todo, porque ganó México, porque perdió México”. (Fernando)

Caracterización de los malestares y diagnósticos asumidos

En el momento de las entrevistas solo una de las participantes utilizó una categoría nosológica propia de la medicina tradicional como su diagnóstico asumido (aunque al mismo tiempo utilizaba la categoría de “trauma”). El resto de las y los jóvenes utilizaron categorías propias de la psicología y psiquiatría para nombrar e interpretar su condición (Tabla 4).

Tabla 4. Diagnóstico asumido por las y los participantes del estudio. Zona Metropolitana de Oaxaca, México, 2023.

Pseudónimo Diagnóstico asumido Tipo de diagnóstico
Julia Trauma/espanto Autodiagnóstico
Paula Síndrome conversivo/ansiedad Psicológico
Magali Ansiedad Autodiagnóstico
Alma Trastorno de ansiedad generalizada con ataques de pánico Psiquiátrico
Nicolás Alcoholismo Autodiagnóstico
Fernando Depresión y alcoholismo Autodiagnóstico
Ismael Neurosis Autodiagnóstico

Fuente: Elaboración propia con base en los datos recabados.

De acuerdo con las personas jóvenes entrevistadas, las diversas experiencias desagradables que vivieron fueron produciendo condiciones emocionales y comportamentales que en algún momento identificaron como patológicas. En los cuadros incluidos en el Material Suplementario se describe el malestar o sufrimiento reportado por cada una de las personas participantes. Tristeza, depresión, llanto, sensación de soledad, miedos irracionales, agresividad, ansiedad y su somatización, ataques de pánico, consumo problemático de sustancias e intentos de suicidio formaron parte de los síntomas y problemas señalados. Durante las trayectorias analizadas, las y los jóvenes fueron nombrando y representando a su condición de diferentes maneras.

El hecho de que solo dos de las personas entrevistadas asumieron un diagnóstico propio de la psicología o la psiquiatría al momento de la entrevista, no implicaba que el resto de las y los jóvenes no accedieran en algún momento de su trayectoria a este tipo de servicios. De hecho, solo uno de los jóvenes no procuró atención psicológica (de un profesional titulado) y solo habló con una estudiante de psicología que estaba haciendo sus prácticas. Esta situación se explica por otras vías. Por una parte, de acuerdo con los relatos de las personas entrevistadas, desde algunas corrientes psicológicas cuestionan la importancia de establecer un diagnóstico y prefieren trabajar sobre los problemas y no etiquetar a sus consultantes. Por otro lado, dos de los jóvenes que sí accedieron a atención psicológica mencionaron que esta no les resultó significativa ni útil porque la psicóloga no comprendía su problema, o porque tuvieron reticencia a contarle su vida.

Yo creo que ya no fui [a una segunda sesión con la psicóloga] porque me vi amenazado de que alguien supiera como había sido mi vida y los problemas que en ese momento tenía, no quería que alguien viera realmente lo que era yo, lo que estaba sucediendo en mi vida”. (Nicolás)

Entre las personas entrevistadas cabe destacar una preferencia de las mujeres por la atención psicológica, lo cual coincide con el señalamiento de una de las psicólogas entrevistadas de que la mayoría de sus consultantes son mujeres; y una preferencia de los tres varones por los grupos de ayuda mutua como forma de atención significativa. Dado que en estos espacios no participan terapeutas profesionales, los varones asumieron el alcoholismo, la depresión y la neurosis como autodiagnósticos.

Formas de atención utilizadas y su “pertinencia cultural”

Las trayectorias de atención seguidas por las y los jóvenes mostraron gran diversidad en términos de duración, formas de atención utilizadas, orden de utilización de estas, experiencias durante la atención y eficacia percibida de dichas instancias.

Como se mencionó previamente, se considera que una trayectoria de atención se inicia al momento en que los sujetos identifican una condición de anormalidad. En la mayoría de los casos estudiados, esta identificación de la “sintomatología” se produjo de manera retrospectiva, una vez que se habían apropiado de los modelos etiológicos propuestos por las opciones terapéuticas a las que habían recurrido durante su trayectoria y que les habían resultado significativas. Ante la identificación de la anormalidad, las primeras prácticas que realizaron las y los jóvenes correspondieron a lo que Menéndez denomina el modelo basado en la autoatención61.

Prácticas de autoatención

En la mayoría de los casos las y los jóvenes refirieron haber desarrollado diversos procesos de autoatención, entendida esta como los saberes que los sujetos y microgrupos retoman de otras formas de atención y los utilizan, en términos generales, para asegurar la reproducción biosocial de los sujetos y microgrupos y, en un sentido acotado, para

“…diagnosticar, explicar, atender, controlar, aliviar, soportar, curar, solucionar o prevenir los procesos que afectan su salud en términos reales o imaginarios, sin la intervención central, directa e intencional de curadores profesionales, aun cuando éstos pueden ser la referencia de la actividad de autoatención”.61

Cabe destacar que este tipo de prácticas no se limitó a los momentos previos a la primera búsqueda de ayuda profesional, sino que se continuaron realizando durante toda la trayectoria, como la única forma de atención en un momento determinado, o a la par de otras formas de atención. Algunas de estas prácticas las desarrollaron de manera intuitiva (como tomar un baño para calmar la ansiedad), algunas se basaron en información encontrada en Internet, por ejemplo, sobre ejercicios de meditación y mindfullness, y algunas se derivaron de recomendaciones de profesionales consultados previamente. Algunas de estas prácticas fueron de tipo colectivo, por ejemplo, la participación en grupos de apoyo en Facebook, o acciones de la familia, como la ayuda práctica en las labores cotidianas, consejos o apoyo emocional. Cabe destacar que este tipo de prácticas se presentaron en mayor medida en las jóvenes, en tanto que entre los varones la forma de autoatención más destacada fueron los grupos de ayuda mutua sobre los que se profundizará más adelante. Se destacan también diversas prácticas de automedicación relativas al consumo -no necesariamente considerado problemático- de tabaco, alcohol y otras drogas, como una forma de aliviar los malestares.

Dos personas reconocieron y valoraron las prácticas rituales realizadas en familia como un recurso para la autoatención que, si bien no se realizaban para curar o prevenir alguna dolencia en particular, sí se orientaban a favorecer la salud (entre otros bienes valorados) o como una experiencia espiritual. Fernando ha participado, junto con su familia, en cultos a los Dioses y a la Madre Tierra, encontrando similitudes de estas prácticas con las enseñanzas de la Biblia y del programa de Alcohólicos Anónimos. Paula, por su parte, señaló que en los rituales que lleva a cabo su familia se articulan elementos “de los ancestros” y elementos del catolicismo y reconoció una eficacia simbólica derivada de una decisión personal sobre lo que creer, como un acto de fe.

Cuándo pasé lo de la amenaza de aborto, hubo tiempo en el que como que me quería agarrar otra vez la ansiedad, de sobre pensar demasiado las cosas, imaginarme los peores posibles escenarios, pasé por eso, pero en ese entonces mi mamá empezó a hacer estos rituales de ir a las casas de los rayos, entonces aunque yo no estuviera presente, de cierta forma como que me confortaba el saber que ella lo estaba haciendo […] no tanto como eficacia médica, sino que uno como persona se dé cuenta de que creer en algo, tener fe en algo puede ayudarte […] creo que es no tanto como eficacia médica, sino como cuestión personal […] en este caso como yo metí ahorita más mi fe a la parte de los rituales indígenas que tenemos allá en la comunidad, como que me ha ayudado mucho, como que personalmente me da mucha fortaleza, pero es una decisión que decidí tomar yo”. (Paula)

La búsqueda de ayuda profesional se inició ante una diversidad de circunstancias, entre ellas, un malestar físico evidente, la incapacidad para llevar a cabo sus actividades cotidianas, o un sufrimiento emocional que se tornó insoportable. Esta búsqueda de ayuda estuvo condicionada, de acuerdo con los relatos de las personas participantes, por los recursos terapéuticos disponibles en el entorno, los recursos económicos personales y familiares, las experiencias previas (positivas o negativas) con opciones terapéuticas específicas, el impacto del trastorno en su vida y los modelos explicativos de la enfermedad que los sujetos y/o sus padres suscribían en cada momento de la trayectoria. En los siguientes apartados se describen algunos aspectos relacionados con las diferentes formas de atención utilizadas por las y los jóvenes. El orden de presentación no corresponde a un patrón de orden cronológico de utilización en las trayectorias analizadas, patrón que no es posible identificar pues los caminos recorridos de las personas participantes fueron heterogéneos.

La utilización de la medicina tradicional

La medicina tradicional fue una de las formas de atención utilizadas principalmente cuando las y los jóvenes se encontraban residiendo en sus pueblos. Su utilización estuvo relacionada con su disponibilidad y facilidad de acceso en términos de cercanía, costos y horarios, así como con la confianza propia y/o de sus familiares en su eficacia. Cuando residían en el contexto urbano su utilización fue limitada, a pesar de estar disponible.

El susto fue la categoría nosológica tradicional más mencionada por las y los participantes y varios de ellos asumieron al menos la posibilidad de haber presentado los signos. Dos jóvenes refirieron haber acudido a un curandero para tratar el susto, derivado principalmente de accidentes, con buenos resultados terapéuticos.

Las curanderas entrevistadas explicaron la condición de espanto o susto como resultado de la separación del alma de su cuerpo físico y explicaron que la terapéutica se orientaba a lograr el regreso del alma a su cuerpo. Por su parte, las y los jóvenes que buscaron atención tradicional para tratar el susto hicieron énfasis en los procedimientos de cura y solo ante la solicitud explícita se refirieron a las creencias que orientaban esas prácticas. Respecto a la eficacia terapéutica de las “limpias” para tratar su condición de susto o espanto, Fernando afirmó que fue eficaz, en tanto que Julia reconoció la posibilidad de una eficacia real fundamentada en su compatibilidad con el conocimiento científico.

Hay ciertas cosas que creo que sí ayudan, por ejemplo, algunas plantas medicinales son muy benéficas porque en realidad los fármacos y demás vienen de las plantas, de la naturaleza… siento que sí creo en esas cosas… son compatibles”. (Julia)

Otra de los trastornos abordados por las y los jóvenes fue el mal producido por envidia, que algunos refirieron como brujería. Respecto a este constructo, Julia reconoció la posibilidad de que las personas puedan provocar un mal a otras por envidia pues “como existen pensamientos buenos también existen pensamientos malos”; sin embargo, limitó esta posibilidad al hecho de que la persona hacia la que va dirigido el mal efectivamente crea que puede ser afectada, y que la persona que desea ese mal sea alguien cercano. Al respecto señaló:

“…yo digo, por más que me haga [brujería] no va a pasar nada porque no me está dando de comer, no se preocupa por mí, no está viendo por mí, yo soy la que anda apurada o agitada en mis cosas”. (Julia)

También señaló que esto difiere de las creencias de otras personas de su comunidad, que consideran que la envidia las puede afectar, sin mediar las consideraciones mencionadas.

Si bien en la mayoría de las y los jóvenes no se produce una desacreditación explícita de la medicina tradicional, ni se niega de manera determinante su potencial eficacia, en las jóvenes con formación universitaria en el área de la salud se identificó cierta toma de distancia respecto a la utilización de la medicina tradicional, poniendo en duda su eficacia respecto de ciertas condiciones y prácticas (psicosis, suicidio) y privilegiando concepciones y abordajes de la medicina científica, evidenciando la introyección de una lógica cientificista.

El hermano de mi pareja tiene psicosis, algo así, pero es por estrés […] sus papás me dijeron ‘es que se volvió loco porque lo embrujaron, porque nos odian mucho’ […] y lo llevaban [con un brujo] y él cada vez estaba más mal […] yo siempre les decía ‘es que sí es bueno que le estén haciendo curas, que pongan esas velas o entierren un candado, pero también hay que apoyarnos en la ciencia’. Ya cuando vieron al límite la situación de que se estaba poniendo agresivo fue cuando me dijeron ‘sí, vamos a llevarlo’. Tienen que llegar a un cierto punto para que acepten la ciencia o acepten otra forma que no sea de su mundo”. (Julia)

Pareciera también asumirse que en estos casos se asume un pensamiento de corte evolucionista, en donde se considera que el momento de aceptar la noción biomédica de la enfermedad mental está por llegar a las comunidades, lo cual es deseable, pues correspondería a una aproximación correcta a la realidad. Una de las jóvenes relacionó explícitamente esta forma de pensar con su formación profesional.

Como que [en las comunidades] aún no está esta idea de que hay patologías que afecten a la mente y que la persona pudiera estar sana físicamente, pero mentalmente no […] en caso de que alguien se haya suicidado, como que no se tenía esa noción de un padecimiento mental, que en este caso podría ser la depresión. Entonces lo primero que decían era ‘es que no quiere trabajar’ o ‘se quitó la vida porque no quiere mantener a sus hijos’ […] pero, en realidad era eso, [un trastorno mental] pero yo creo que mi mentalidad cambió desde que empecé a estudiar enfermería”. (Paula)

En los casos de trastornos depresivos, ansiosos y consumo de sustancias que configuran una trayectoria larga (trayectorias mayores o iguales a cuatro años), algunas de las y los jóvenes señalaron haber acudido en su etapa infantil o adolescente a un curador tradicional por decisión de sus padres, quienes asumieron que su mal podría tratarse de un espanto o brujería, pero señalaron que no les resultó eficaz para tratar su padecer.

Como puede apreciarse, es posible señalar que las y los jóvenes realizaron prácticas de atención basadas en la medicina tradicional, aceptaron la existencia de algunas de sus categorías nosológicas, pero establecieron distancia respecto a la forma en que se concibe su etiología en su comunidad. Respecto a la eficacia de estos recursos terapéuticos se identificó que en algunos casos explicaron la posibilidad de una eficacia real, recurriendo a los fundamentos del conocimiento científico.

Formas de atención occidentales

La residencia en un contexto urbano favoreció la disponibilidad de diferentes formas de atención. El dominio del español, la utilización de las tecnologías de la información y comunicación (centralmente Internet), un nivel educativo mayor al básico (en la mayoría, incluso, nivel superior), contar con una forma de aseguramiento o con recursos personales o familiares favoreció el acceso a las consultas privadas pagas. En el entorno urbano las y los jóvenes entrevistados refirieron haber utilizado servicios de medicina general, psicología, psiquiatría y de grupos de ayuda mutua. En este apartado se presentan algunos de los hallazgos, centrándonos en la adecuación cultural de las opciones terapéuticas utilizadas. Cabe señalar que, en la mayoría de los relatos, este tema no emergió de manera espontánea como una barrera de acceso o un motivo de insatisfacción; sin embargo, cuando se planteó el tema, las personas entrevistadas relataron diversas situaciones relacionadas.

La atención biomédica

Las y los jóvenes refirieron haber recurrido al médico general o a los servicios de urgencias cuando su enfermedad se atribuyó a un trastorno orgánico, o ante un evidente deterioro físico derivado del malestar emocional. Esta forma de atención no resultó significativa para la atención del malestar de las y los jóvenes; sin embargo, contribuyó a descartar un problema orgánico y a orientar la trayectoria hacia los servicios de psicología mediante la recomendación o la derivación formal.

La atención psicológica

En el entorno urbano, la atención psicológica estuvo disponible y, desde el punto de vista de las y los entrevistados, resultaba accesible tanto en los servicios públicos como en los privados, pues en estos últimos el costo por consulta oscilaba entre $100 y $500 pesos mexicanos (entre $7 y $30 dólares), lo cual no representaba una barrera económica, aunque en algunos casos sí representó un gasto que se salía del presupuesto mensual. Seis de los jóvenes acudieron al menos una vez a atención psicológica durante su trayectoria.

Los servicios psicológicos a los que accedieron las y los jóvenes tuvieron enfoques diversos. A partir de sus relatos, se pudieron identificar intervenciones con tintes religiosos, intervenciones centradas en ofrecer estrategias para el control del estrés, otras centradas en motivar a las personas consultantes, o psicoterapia con enfoque de género e interseccional (siendo éste el más apreciado por las jóvenes entrevistadas). Las y los psicólogos entrevistados corroboraron que existe una diversidad de enfoques dentro de su disciplina.

En cuanto a la pertinencia cultural de los servicios, entre algunos de los profesionales de esta disciplina se identificó una representación de los indígenas basada solo en el criterio lingüístico o el lugar de origen, pero desconociendo la variedad de criterios utilizados por las y los jóvenes para configurar su identidad étnica. Una de las psicólogas ubicó este referente identitario en el pasado “porque indígena, la raza, raza en sí de indígena, ya ni existen, todos somos mezcladitos” (Conversación con psicóloga durante el desarrollo de la observación)

Se identificó también entre algunos profesionales una imagen estereotipada del indígena como aquel que habita en contextos rurales y marginados, es pobre y tiene bajos niveles educativos. Sin negar que esta es una realidad para la mayoría de la población indígena en México, estas nociones evidencian el desconocimiento de la diversidad -y desigualdad- al interior de este colectivo.

La percepción de aceptabilidad cultural de esta forma de atención fue variable. En algunos casos, las jóvenes identificaron cierta distancia entre las recomendaciones de las y los profesionales y la posibilidad de llevarlas a cabo dada la cultura propia.

Me atendieron como una persona más que vivía en una población urbana […] no tomaron en cuenta que yo venía de un contexto indígena y que las situaciones en cuestión de patologías mentales son muy invisibilizadas, y que el hecho de que estallara mi ansiedad por no expresar mis sentimientos y emociones, pudieran estar relacionadas con el contexto en que crecí […] en ese tipo de culturas es muy difícil que la gente exprese lo que siente, sus sentimientos y sus emociones libremente. [Es difícil] que los papás te hablen sobre aspectos de salud mental, sobre la confianza, sobre platicar problemas […] el hecho de que yo no pueda expresar mis sentimientos es algo con lo que vengo creciendo, entonces creo que cuándo me dan estas estrategias de ‘háblalo, coméntalo’, como que no tenían en mente que se me iba a hacer complicado”. (Paula)

No obstante, tanto jóvenes como profesionales señalaron que la psicología dispone de una variedad de encuadres teóricos, y que los abordajes contextuales, interseccionales o narrativos cuentan con herramientas para abordar la diversidad cultural y la desigualdad social, partiendo de la aceptación de que las características sociales y fenotípicas dan lugar a formas diferentes de opresión y, por ello, a necesidades específicas de atención.

Ella [la psicóloga que la atiende] está consciente de que las mujeres somos diferentes y que dependiendo de nuestra situación tenemos necesidades diferentes, entonces nunca he sentido que la teoría de la que ella me habla sea solo para mujeres blancas, o que yo no lo pueda aplicar por la… el contexto en el que me desarrollo, o que yo tenga un requerimiento como de ‘tienes que hacer esto y esto’ que parezca… o sea que sea imposible de hacer […] es como ubicar los tipos de opresión o discriminación que cada persona vive tomando en cuenta sus propias características, o sea una persona indígena no vive el mismo tipo de opresión que una persona blanca, una mujer negra no vive el mismo tipo de opresión que una mujer… no sé, europea que tiene dinero, es como ubicar nuestras características sociales, físicas, o sea todo lo que te construye como una persona y entender que a partir de eso tú sufres de cosas diferentes”. (Alma)

Se destaca que, en algunas trayectorias, las personas jóvenes recurrieron más de una vez a la atención psicológica y las experiencias fueron diferentes en función del enfoque y la personalidad de quien los atendía. Tanto mujeres como varones señalaron que algunas de las personas con las que se atendieron no los comprendían, en tanto que las jóvenes mencionaron que con algunas o algunos terapeutas sí lograban establecer una relación basada en la escucha y la confianza. En algunos casos, sobre todo entre las mujeres, esta forma de atención se reconoció como eficaz, asumiendo su diagnóstico, aunque generalmente reinterpretado. En otros casos, principalmente entre los varones, no lograron confiar en sus terapeutas y externarles su vida y sus problemas, no les resultó eficaz esta forma de atención, y los sujetos continuaron su búsqueda de alivio en otras instancias.

La atención psiquiátrica

En la Zona Metropolitana de Oaxaca la atención psiquiátrica estaba disponible, aunque podría decirse que su costo de entre $700 y $1.000 pesos mexicanos por consulta (entre $40 y $60 dólares), podría significar una limitante para el acceso efectivo. Solo una de las jóvenes entrevistadas utilizó este tipo de atención (y una de las responsables de grupos de ayuda mutua entrevistadas, durante su juventud). Ambas utilizaron servicios privados, a pesar del gasto que esto representó. En ambos casos se recurrió a esta forma de atención por recomendación de otro tipo de terapeuta (médico o psicólogo). Quienes recurrieron a esta forma de atención coincidieron en identificar, como uno de sus rasgos, el abordaje farmacológico basado en un diagnóstico centrado en la dimensión orgánica.

La experiencia relatada por las entrevistadas respecto a esta forma de atención fue variada y se incluyeron algunos ejemplos de inadecuación del abordaje terapéutico respecto a sus condiciones de vida; sin embargo, esto no estuvo relacionado con su nivel de satisfacción ni con su decisión de continuar o abandonar el tratamiento.

La psiquiatra entrevistada compartió situaciones en las que identificó la importancia de la cultura para la construcción de la enfermedad mental y su adecuado diagnóstico; sin embargo, reconoció que en su formación de especialidad no le brindaron herramientas para abordar este tema.

Una señora aseguraba que en su casa había espíritus, bueno, en mi evaluación psiquiátrica debo descartar que esté psicótica, pero resulta que toda la familia y en la comunidad es parte de la creencia que hay espíritus, incluso se les venera, se les tiene ciertas consideraciones, y eso es normal. Para otra persona podría pasar como que sí tiene un trastorno psicótico… creo que se conoce muy poco sobre qué adaptaciones se deberían hacer”. (Psiquiatra práctica privada)

Dicha profesional, aunque reconoció el rol de lo social en la construcción del padecimiento psiquiátrico, afirmó que solo una práctica clínica multidisciplinaria, en donde la psicología se encargara del abordaje de lo social, posibilitaría una atención que integrara los aspectos culturales del paciente.

La joven que recurrió a esta forma de atención tuvo experiencias diferentes con dos psiquiatras. El primero al que consultó (un varón) por iniciativa de su madre le comunicó desde la primera cita su diagnóstico y le indicó medicación. Su experiencia con este psiquiatra fue negativa, pues el diagnóstico la asustó y los medicamentos le provocaron fuertes efectos secundarios.

Él me dijo que yo tenía un trastorno de ansiedad generalizada con ataques de pánico, y pues al principio el diagnóstico asusta mucho porque yo no tenía la idea de nada, entonces eso me hizo sentir mal también, y luego vino el medicamento que creo que nunca se reguló de manera correcta para mí porque pues cuando empecé a tomarlo pues era muy joven, tenía diecinueve, y entonces me sentía como muy fuera del mundo, no entendía cuando me hablaban, y después de un tiempo cuando yo hablaba decía las cosas en desorden, o decía cosas que no tenían nada que ver con la conversación […] no tenía emociones, ya no lloraba ni me quería matar, pero no hacía otra cosa”. (Alma)

Ante esta reacción a los medicamentos y el hecho de que el psiquiatra no respondiera sus llamadas, sus padres decidieron que abandonara el tratamiento. Años después acudió con otra psiquiatra, por recomendación de su psicóloga tratante, quien confirmó el diagnóstico del psiquiatra previo, agregó “episodios de trastorno obsesivo compulsivo” y también le prescribió medicamentos. Sin embargo, la experiencia en esta ocasión fue positiva, pues la médica le explicó las razones para medicarla, los posibles efectos de los medicamentos, y estuvo monitoreando su reacción a la medicación para ajustarla, además, refirió que la atención articulada de la psicóloga y la psiquiatra le estaba dando buenos resultados.

Grupos de ayuda mutua

Los grupos de ayuda mutua son agrupaciones de personas que asumen compartir una problemática similar y que se reúnen para compartir sus experiencias, basados en un programa estructurado, y el que no participan de manera directa profesionales. En la Zona Metropolitana de Oaxaca los grupos de Alcohólicos Anónimos y de Neuróticos Anónimos son una opción disponible, aunque también pueden encontrarse en el medio rural. Para integrarse a un grupo de este tipo no se requiere hacer un pago o realizar trámites, lo que favorece su accesibilidad.

Los tres jóvenes varones entrevistados refirieron encontrar en estos espacios conocimientos y dinámicas que les fueron útiles para lograr sus objetivos en cuanto al control de su enfermedad, destacando la comprensión encontrada, el respeto de los compañeros, y la posibilidad de expresarse libremente en un marco de confidencialidad. Solo una de las jóvenes utilizó una modalidad de esta forma de atención que se denomina “Cuarto y quinto pasos”, y que consiste en un retiro voluntario por algunos días. Sin embargo, consideró que esta fue una mala experiencia pues refirió que los participantes compartían sus vivencias con gritos y groserías, que las actividades realizadas como parte de la terapia le produjeron miedo y que no se sintió identificada con los demás participantes pues hablaban de experiencias ajenas a ella (como haber cometido delitos o participar en el narcotráfico).

Es como un retiro, te llevan a un lugar en el que no hay nada, y te llevan con los ojos vendados para que tú no sepas en dónde estás, te convencen de que te van a meter a un lugar primero en donde hay perros bravos, escuchas los sonidos de los perros en la noche en medio de la nada y tienes mucho miedo, después cuando entras solo hay unas mesas pero antes de eso firmas un consentimiento de que tú quisiste hacerlo, hay unas mesas en donde los sientan a todos, te dan unas hojas y un lápiz y entonces empiezan a entrar… o sea son como temas, ahorita vamos a hablar de los celos, no sé, del abuso, entonces entra una persona que ya estuvo en el retiro y que ahora forma parte de los ponentes y te empieza a hablar de su historia pero o sea con palabras… no sé o sea todo fuera de empatía, con groserías, con gritos, como que es gente que no ha abordado los problemas y piensa que haciéndolo así va a conseguir algo, pero todavía tienen crisis hablando de eso enfrente de ti, y gritan y lloran y… pues como es gente en realidad adicta la que va ahí pues han hecho cosas muy raras”. (Alma)

En cuanto al tema de la pertinencia cultural, en el marco de estos grupos de ayuda mutua, se atribuye a la enfermedad que tratan un carácter universal. Se asume que, aunque las manifestaciones concretas puedan variar, la enfermedad es la misma, por lo que no se requeriría adecuar la terapia para la atención de grupos sociales particulares, como pueden ser las y los jóvenes indígenas. A lo sumo se requeriría traducción cuando exista la diferencia del idioma. En sintonía con esta lógica, las y los jóvenes no señalaron aspectos que afectaran la pertinencia cultural de la terapia, solo uno de ellos comentó que algunas de las experiencias cotidianas que relataba en las juntas no encontraban eco en sus compañeros de grupo pues no tenían experiencias al respecto (por ejemplo, cuando compartía situaciones relacionadas con el cultivo de la tierra); sin embargo, no consideró que esta situación impactara en la eficacia de la terapia. Otro de los jóvenes consideró que en el grupo de su pueblo sí se hacen adecuaciones, tanto relacionadas a la lengua, como en relación con diferencias culturales o formas de pensar. Sin embargo, consideró que en el grupo al que asiste en la ciudad no es necesario realizar adecuaciones culturales.

…ahí en el pueblo, por el grupo en que estoy, me doy cuenta de que uno, pues, se adecúa, porque ellos hablan chatino, hay que hablar chatino, y entender que su manera de pensar es diferente, o pensamos diferente cuando estamos en el pueblo, -pues hoy me tocó ir al cerro a hablarle a Dios-, y acá no […] porque es diferente la cultura”. (Fernando)

Por otra parte, algunos de los jóvenes destacaron como un aspecto positivo la similitud entre la concepción del alcoholismo que se maneja en Alcohólicos Anónimos -como una enfermedad física, mental y espiritual- y la forma de concebir a la persona en sus comunidades como un ser físico, social y espiritual. Otro elemento que parece favorecer la aceptabilidad cultural de esta terapia es el hecho de basarse en compartir experiencias de vida, que corresponderían a la realidad (cambiante y culturalmente diversa) de los diferentes colectivos en donde se materializa esta forma de atención.

DISCUSIÓN

Los hallazgos de este trabajo coinciden con los abordajes de la juventud en tanto construcción histórica que alude a una clasificación social y a una identidad62. Dicha construcción responde, en las y los sujetos de estudio, a una forma occidentalizada de representarse y vivir la juventud y que puede entrar en conflicto con las concepciones sobre el ciclo de vida que priman en los contextos rurales y semiurbanos de donde son originarias. También la identidad étnica la viven de manera ambigua y conflictiva, en estrecha relación con las actitudes, también ambiguas, de un entorno urbano en el que puede convivir un reconocimiento-desconocimiento de las culturas indígenas, y una celebración-menosprecio de estas.

Las y los jóvenes se asumieron como indígenas, utilizando el criterio de la autoadscripción, haciendo referencia a tradiciones y costumbres compartidas con su comunidad y destacando, como en trabajos previos63, la importancia del sentido de pertenencia a un grupo definido en términos étnicos, que puede ser la familia, los parientes o la comunidad. Similar a lo identificado entre estudiantes de secundaria de Oaxaca64, las y los jóvenes asumieron una identidad étnica basada en la diferencia cultural, pero manifestaron incomodidad respecto al término “indígena”, al que relacionaron con experiencias de rechazo y desprecio en el entorno urbano.

Estudios previos han identificado el impacto de la experiencia migratoria en la salud mental de personas indígenas debido al contacto con una cultura ajena, la discriminación y la situación marginal en la que suelen insertarse en las ciudades16,19,64,65,66,67. Sin embargo, en este trabajo se pudo identificar que el trastorno mental, de acuerdo con los relatos de las y los jóvenes participantes, se construyó a lo largo de toda la trayectoria vital, incluyendo sus experiencias en sus comunidades de origen, por lo que se exploró el rol de las culturas indígenas en la producción de afectaciones a la salud mental.

Una forma de caracterizar estas culturas es mediante la categoría de comunalidad, que hace referencia a una forma de organización social basada en las relaciones de parentesco, la reciprocidad, las formas de trabajo comunal y el control real o simbólico de la desigualdad68. Se reconoce que estos aspectos pueden contribuir al bienestar colectivo, pero se plantea que pueden también impactar negativamente en el bienestar individual a través de procesos como la envidia, en tanto mecanismo de control social69, que produce un tipo particular de acoso escolar, o la valoración de la unión familiar que puede favorecer la impunidad ante la violencia sexual al interior de la familia. Estos hallazgos coinciden con estudios previos18,70,71,72 que han señalado el impacto negativo que algunas prácticas tradicionales -como el matrimonio infantil forzado o la mutilación genital femenina- y otras formas de violencia (física, psicológica, económica y sexual) tienen en la vida de niñas y mujeres indígenas, y en su salud sexual, reproductiva y mental. Se plantea que no reconocer estos procesos podría configurar una forma sutil de racismo, al atribuir a los pueblos indígenas estereotipos que impiden asumir su complejidad.

Al integrarse a la ciudad, las y los jóvenes enfrentaron un contexto sociocultural diferente y tuvieron que hacer adaptaciones de índole pragmático y simbólico. Desde autores clásicos se ha visto a la ciudad y su forma de vida como una amenaza para la salud mental de quienes la habitan. Para Kraepelin, desde un abordaje organicista, las condiciones de la vida moderna en las grandes urbes provocaban la degeneración de los individuos y de las razas, y una de las manifestaciones de esta degeneración eran precisamente las enfermedades mentales73. Desde un enfoque más sociológico, Simmel atribuía a la vida citadina de principios del siglo XX la capacidad de producir transformaciones importantes en el espíritu de los sujetos y analizaba los contrastes entre la vida en el campo y en las ciudades74. Más de un siglo después, la esencia de los contrastes señalados por Simmel parece seguir vigente y reflejarse en la experiencia de las personas entrevistadas, quienes identificaron oposiciones entre la vida en sus pueblos y en el entorno citadino de la Zona Metropolitana de Oaxaca. Para ellos y ellas, la ciudad fue sinónimo de libertad, rapidez y anonimato, mientras que en su pueblo se vivía con un ritmo lento y, para decirlo en los términos utilizados por Simmel, había fuertes lazos sociales (sin que esto fuera siempre positivo), así como limitaciones a la diferenciación individual. Estos contrastes les implicaron importantes retos para adaptarse a la ciudad.

Sin embargo, es preciso puntualizar los tipos de procesos migratorios que experimentaron las y los jóvenes de este estudio para comprender de mejor manera su impacto en su salud mental. Los motivos para migrar relacionados con sus expectativas de continuar sus estudios y mejorar sus formas de vida (expectativas que en gran medida resultaron satisfechas) contribuyeron a vivir la llegada a la Zona Metropolitana de Oaxaca como una experiencia deseada y valorada, en la que no todos los aspectos de la cultura que dejaban atrás dolía perderlos. Además, debe tomarse en cuenta que se trató de una migración regional del campo a la ciudad, que facilitó el retorno constante a sus comunidades de origen. Ese “ida y vuelta” físico y simbólico les permitió a las y los jóvenes mantener vínculos estrechos con sus familias y comunidades, atenuando la experiencia de duelo y desarraigo que caracteriza a las migraciones internacionales75. También, por su condición juvenil (principalmente el rasgo de ser solteros y sin hijos), la familia que dejaban atrás era la de origen y no la de procreación, lo que produjo una experiencia distinta a la de los migrantes adultos, quienes suelen dejar atrás a sus parejas e hijos y suelen añorar la vida familiar que dejaron en sus comunidades de origen75. Entre la mayoría de las y los jóvenes de este estudio su futuro imaginado se encontraba fuera de su comunidad.

Estos elementos pueden contribuir a explicar la experiencia migratoria de las personas participantes de este estudio que, si bien representó un reto para la adaptación, no significó per se una fuente de sufrimiento social importante. Fueron las peculiaridades del contexto de llegada las que identificaron como fuente de su sufrimiento psíquico, el cual devino en la producción de lo que identificaron como entidades psicopatológicas.

Estas peculiaridades se refirieron a una actitud citadina ambigua respecto de su condición étnica en articulación con otros ejes de discriminación como el colorismo y el clasismo, en tanto manifestación de la ideología del privilegio blanco que, como han señalado estudios previos, contribuye al establecimiento de las jerarquías raciales en nuestro país75.

Esta actitud se caracterizó por presentar un discurso de respeto a las diferencias a la par que se producían actitudes de violencia y discriminación en los distintos espacios donde desarrollaban sus vidas, centralmente en los espacios escolares y frente a algunas formas de atención a las que recurrieron. Cabe destacar que esta discriminación no fue necesariamente basada en un trato en el que se negara explícitamente un trato igualitario, pues las personas jóvenes que participaron en el estudio tuvieron un acceso efectivo a las instituciones educativas y sanitarias, públicas y privadas. Se trató más bien de un conjunto de prácticas que produjeron resultados desiguales afectando el acceso a ciertos derechos y reproduciendo así la desigualdad social, lo que de acuerdo con Solís76 puede considerarse también discriminación. Esto destaca la importancia de la comprensión de la actitud de la cultura de acogida ante los inmigrantes para la comprensión del impacto de la migración en la salud mental16 y reitera la importancia de que las intervenciones en salud mental en estos colectivos incluyan estrategias dirigidas a la desarticulación de estas violencias que, como se ha señalado, comprenden desde las agresiones interpersonales (lo que Scheper-Hughes llamaba violencia de todos los días) hasta formas de violencia estructural referidas a las organización política y económica de la sociedad que impone a los sujetos condiciones de opresión e inequidad77.

Los trastornos construidos a partir de los procesos descritos se enmarcaron en los de tipo ansioso y depresivo, abuso de sustancias e ideación suicida, los cuales se encuentran entre los problemas generalmente referidos como “menores” o “no graves” cuya prevalencia se ha incrementado durante la pandemia por covid-19 y las estrategias de contención desarrolladas78. Estos problemas son también los de mayor prevalencia para esta categoría etaria en la población general79 y en adolescentes que viven en comunidades indígenas67.

A diferencia de estudios que han identificado concepciones indígenas de persona en las que se niega una separación de la mente y el cuerpo26,65 y que han analizado síndromes de filiación cultural con manifestaciones a la vez psíquicas y orgánicas26,29, en este estudio se identificó una “occidentalización” en las formas de nombrar, explicar -y con ello producir- el trastorno. Esto puede deberse a que los sujetos, al integrarse al contexto urbano desempeñando roles específicos (estudiante, novio, novia, amigo, amiga) en espacios particulares (escuela, lugares de ocio y diversión) se exponen a problemática “juveniles” que producen malestares emocionales a los que nombran (y, en ese sentido, elaboran y significan) utilizando categorías nosológicas provenientes de los discursos escolares, mediáticos y sanitarios a los que han estado expuestos durante su trayectoria vital y que hacen parte de los saberes psicológico-psiquiátricos hegemónicos en el contexto urbano al que se han integrado. Esto coincide con los planteamientos de estudios previos80 sobre los complejos procesos de desindianización en personas indígenas que se integran a la vida urbana en Perú, que identificó que los indígenas urbanos mantienen una conciencia de otredad respecto de los no indígenas basada en diversos marcadores culturales, y que integran formas de conocimiento del contexto urbano, al que se suelen subordinar los conocimientos propios.

Se ha señalado que las poblaciones indígenas enfrenten barreras de acceso a servicios de salud relacionadas con su residencia rural y con su condición de pobreza y marginalidad19,24; sin embargo, en este estudio se trabajó con un grupo de jóvenes que residen en un contexto urbano y cuya posición social no es -en la mayoría de los casos- marginal. Esto favoreció la disponibilidad y el acceso a diversas formas de atención, públicas y privadas, pero se identificó otro tipo de exclusión, que afecta ya no a las personas, sino a sus saberes.

Estudios previos sobre trayectorias de atención de personas indígenas de enfermedades en general o de la salud mental en particular42,43,44,51 reportaron un uso articulado de la medicina indígena y la biomedicina a lo largo de la trayectoria. Sin embargo, en este estudio se identificó una escasa utilización de la medicina tradicional y un limitado conocimiento de sus fundamentos teóricos y simbólicos o, mejor dicho, una importante reinterpretación de estos conocimientos, en los que se aprecia su articulación con una lógica cientificista y evolucionista para explicar la producción de los trastornos mentales y su atención. Este proceso parece ir contracorriente de lo que se propone desde la salud mental colectiva: el reconocimiento de que lo mental no debería considerarse como separado de lo orgánico81 y una crítica y distanciamiento de la lógica cientificista.

En cuanto a las características de las trayectorias analizadas, se identificaron algunas similitudes con estudios previos realizados en Argentina, Chile y México46,47,48,49,50, a pesar de que estos últimos trabajaban con poblaciones diferentes (por ejemplo, adultos, niños o adolescentes infractores, en ningún caso indígenas), o con problemas de salud mental distintos (como problemas del desarrollo), se centraban solo en el consumo de sustancias como el trastorno eje, o algunos se limitaban a estudiar las trayectorias institucionales dentro del sistema de salud oficial47.

Entre las similitudes mencionadas se destaca la heterogeneidad de las trayectorias analizadas, tanto en su extensión en el tiempo, como respecto a la variedad de formas de atención utilizadas, tales como servicios psicológicos y psiquiátricos -públicos y privados-, profesionales (psicólogos y trabajadores sociales) de instituciones escolares y gubernamentales; y terapias grupales y holísticas. En cuanto a la valoración que hacen los sujetos de las formas de atención que utilizaron, se coincide en identificar señalamientos críticos a la escasa empatía de algunos profesionales, su trato impersonal, sus limitaciones para comprender el trastorno que aqueja a sus consultantes, la escasa utilidad de algunas de las herramientas que aportan y las relaciones asimétricas entre especialistas y consultantes (especialmente en el caso de la psiquiatría, que es la forma de atención más criticada). Por su parte, las personas consultantes valoraron de manera positiva las relaciones terapéuticas profesional-paciente horizontales y empáticas, la comunicación fluida con los psiquiatras para superar la desconfianza en la medicación, y las intervenciones colectivas (incluso las que se desarrollaban al interior de instituciones hospitalarias) que permitían conocer las vivencias de los compañeros y posibilitaban las relaciones de confianza y la comprensión entre pares. También valoraron positivamente las terapias holísticas tales como meditación, yoga, homeopatía y acupuntura. Estas opciones eran generalmente utilizadas por sectores medios y no fueron utilizadas por las y los participantes de nuestro estudio; sin embargo, estos sí valoraron algunos elementos relacionados con estas terapias que encontraban en la forma de atención colectiva más utilizada por los jóvenes varones: los grupos de ayuda mutua, como fueron una concepción integrada mente-cuerpo y la búsqueda del autoconocimiento y la transformación espiritual.

Nuestro estudio, al trabajar con jóvenes indígenas, presentó ciertas particularidades, destacando el papel central de las violencias relacionadas con el racismo y la discriminación como determinantes de la construcción de los trastornos mentales, el papel de los saberes y recursos tradicionales para la atención de los trastornos y para la autoatención en general, así como retos específicos para el acceso efectivo a las formas de atención de su interés, debido a su posición en el entrecruce de diferentes ejes de desigualdad: la raza o etnia, la clase social y en algunos casos, el género.

En este sentido, se pudo identificar que, a pesar de que se ha documentado la presencia cada vez mayor de personas indígenas en las ciudades y la diferenciación social al interior de estos grupos82, persisten las dificultades para su reconocimiento en diversos ámbitos. En los servicios psicológicos se identificó una representación de la población indígena limitada (centrada en la lengua o el lugar de origen), estereotipada (en tanto pobres), racializada y anclada a las comunidades, similar a otros trabajos en los que se ha evidenciado representaciones estereotipadas del indio como campesino y analfabeto80, así como dificultades para definir lo indígena en fuentes de información oficiales83, evidenciando un patrón de invisibilización de los sujetos étnicos y de sus necesidades particulares.

Sin embargo, se plantea que esta limitación para el abordaje de la diversidad, que caracterizó el modelo de atención de la psiquiatría y los abordajes psicológicos individualistas y más cercanos a la concepción biologicista y universal de la enfermedad mental, es una manifestación de una limitación más amplia de la psiquiatría actual -y de algunos abordajes de la psicología- para la comprensión de los determinantes socioculturales de la salud mental. Este fenómeno puede interpretarse como resultado de los ecos de lo que algunos autores han denominado el “rearme neokraepeliniano” en la psiquiatría estadounidense de la década de 1970 -que a su vez produjo sus correspondientes movimientos de resistencia- caracterizado por una vuelta a la visión moderna positivista que centra su interés en la investigación biológica, el afán clasificatorio de los trastornos, la expansión de la psicofarmacología y la medicalización de la vida84.

Algunos autores19 han interpretado esta situación en términos de una inadecuación cultural, al no integrar la cosmovisión y formas de vida de los pueblos indígenas en la implementación de los servicios; sin embargo, se plantea que esta interpretación no integra un elemento fundamental, presente en los procesos analizados, que es la superioridad asumida del conocimiento occidental sobre el no occidental, por lo que se prefiere utilizar la categoría de racismo epistémico85, que implica una imposición de saberes que se expresa en el campo de la “salud mental” a través de lo que se ha denominado “colonialidad interna de la psicología”86 en tanto disciplina que legitima un sistema de representaciones adecuadas al proyecto de la modernidad87 y al servicio de la reproducción del capital85. Representaciones que impregnaron los imaginarios de los actores entrevistados y que permiten explicar por qué, a pesar de que las y los jóvenes refirieron situaciones que evidenciaban una falta de adecuación cultural, no interpretaron esa falta de adecuación como una barrera para la atención ni le dieron central importancia, evidenciando una naturalización de las exigencias sociales de adaptación a las concepciones, procesos y valores vigentes en el contexto urbano donde las y los jóvenes desarrollan sus vidas.

Revertir estos procesos discriminatorios se ha señalado como una prioridad para la política sanitaria regional que recomienda garantizar los derechos humanos de personas con problemas de salud mental y abordar cuestiones de género, racismo y discriminación como determinantes de la salud mental88. Desde diferentes frentes institucionales, políticos y académicos se ha propuesto el enfoque intercultural como una vía para lograr estas metas y, siguiendo las directrices del enfoque, se han realizado acciones en la región tales como las experiencias de hospitales interculturales, el desarrollo de departamentos de psiquiatría transcultural en centros de investigación y de atención a la salud, la inclusión de síndromes culturales en el DSM-5, o las propuestas de instrumentos adaptados a la cultura para indagar aspectos de la salud mental de poblaciones indígenas24,89. No obstante lo promisorio de estas propuestas y acciones, será necesario atender a las posibles contradicciones entre los discursos oficiales y las prácticas90 y al riesgo de instrumentación del discurso intercultural al servicio de lógica de reproducción de las relaciones de dominación existentes.

CONCLUSIONES

Las y los jóvenes indígenas participantes de este estudio vivieron problemáticas juveniles globales, pero matizadas por sus particularidades étnicas y su contexto específico, caracterizado por una actitud ambivalente hacia lo indígena y los indígenas. Estas condiciones produjeron formas específicas de enfermar, nombrar la condición patológica y atenderla, caracterizadas por la occidentalización de sus concepciones y experiencias y por la superación de barreras de acceso a servicios de salud mental, aunque con limitaciones en cuanto a la pertinencia cultural.

En estos procesos se evidenció una acción trasversal de lo que puede denominarse racismo estructural que jerarquiza personas y saberes y que impregna los modos de vida, las interacciones personales, las dinámicas institucionales y los saberes profesionales y populares. Un racismo que se puede manifestar también en las concepciones que romantizan la vida comunal y que no exploran su rol en la producción del malestar psíquico.

Se propone que el papel del racismo en la construcción de los trastornos mentales y su atención excede al generalmente reconocido, centrado en las interacciones personales entre pares y entre profesionales de la salud y pacientes. Si bien esta forma de racismo perdura, es perniciosa y es preciso trabajar en su superación, es importante identificar otras expresiones de racismo, tales como la invisibilización de sujetos y colectivos y la colonialidad de los saberes.

Consideramos importante puntualizar que el abordaje crítico que se ha realizado en los procesos de desindianización u occidentalización de las formas de vida y pensamiento de las y los jóvenes indígenas, y su relación con la construcción y atención del trastorno mental, no implica un posicionamiento esencialista que rechace el cambio cultural. Lo que se cuestiona son las condiciones de ese cambio, caracterizado por una jerarquización de saberes y modos de vida que invisibiliza a los sujetos y sus necesidades y que favorece una adecuación de los sujetos respecto a los saberes hegemónicos, en sentido inverso al que se aspira en las propuestas interculturales.

Algunas de las corrientes psicológicas y formas de autoatención mencionadas por los participantes parecieran tener rasgos teóricos o procedimentales que favorecen el abordaje de la diversidad cultural, y la desigualdad social. Se plantea la conveniencia de profundizar en su análisis para establecer su potencial para el desarrollo de abordajes decoloniales en el campo de la salud-enfermedad mental, y se propone que el fortalecimiento de los diálogos interdisciplinarios entre las disciplinas del campo psi y las ciencias sociales, entre ellas, la sociología y la antropología médica, pueden contribuir en este sentido, sobre todo si logran traspasar los límites de la academia y reflejarse en aspectos prácticos de la formación profesional y continua de los profesionales encargados de la atención a la salud mental.

Por último, cabe señalar que entre las limitaciones del estudio se señala la dificultad que se tuvo para contactar con los sujetos de estudio (las y los jóvenes), lo cual pudo afectar la variabilidad de la muestra. Esta situación se atribuye a que la identificación como indígena y como persona con un trastorno mental supone un doble estigma, lo que limita la visibilización dentro de los colectivos de los sujetos con estas características. Otra limitación fue que, por el tiempo disponible acotado, no se realizaron entrevistas con profesionales que trabajaran en instituciones públicas de seguridad social o para la atención a población no derechohabiente (por el tiempo que suelen tomar los trámites para la autorización del trabajo de campo al interior de estas instituciones). También por limitaciones de tiempo no se profundizó en la recopilación de datos sobre una forma de atención que emergió durante las entrevistas: la religiosa. Por consiguiente, se recomienda seguir desarrollando líneas de investigación que integren estos espacios y actores, que profundicen en líneas que en este estudio son solo esbozadas -tales como las implicaciones del género en la conformación de las trayectorias- y que aborden el tema en otros tipos de poblaciones en términos étnicos, etarios, de residencia y de clase social, a fin de comprender las diferentes aristas de los procesos estudiados. También se reconoce como una limitación la dificultad, generalmente presente en los estudios de corte biográfico, para contrastar los relatos de las y los participantes con otro tipo de datos, a fin de lograr una mejor aproximación a la manera en que se desarrollaron las trayectorias.

AGRADECIMIENTOS

Al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) por la oportunidad de participar en el Programa de Profesores-investigadores y Estudiantes Huéspedes durante la estancia sabática en la que se desarrolló el estudio que dio origen a este artículo. A los colegas de la línea de Antropología Médica del CIESAS-Pacífico Sur por su retroalimentación al proyecto. A las instituciones y organizaciones que facilitaron el contacto con los sujetos de estudio y, sobre todo, a las y los participantes que generosamente compartieron sus experiencias.

MATERIAL SUPLEMENTARIO.

Sistematización de las trayectorias de atención analizadas (ver Material suplementario).

Footnotes

FINANCIAMIENTO: Esta investigación fue posible gracias a la beca recibida en el marco de la convocatoria 2022 de los “Apoyos Complementarios para Estancias Sabáticas Vinculadas a la Consolidación de Grupos de investigación”, del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencia y Tecnologías (CONAHCYT).

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Racism and mental health among indigenous youth living in the Metropolitan Area of Oaxaca, Mexico

María Alejandra Sánchez Bandala 1,2, Paola María Sesia 1,2

ABSTRACT

Indigenous populations show high prevalence rates of mental disorders and limited access to mental health services. The aim of this study was to analyze the mental health care trajectories of indigenous youth living in the Metropolitan Area of Oaxaca, Mexico. Between May and August 2023, we conducted a qualitative study involving non-participant observation, in-depth interviews with seven indigenous youth, and semi-structured interviews with nine health professionals, healers, or leaders of mutual support groups. We identified Westernization processes, not exempt of tensions, in how these young people perceive themselves as both young and indigenous, in the development of their mental disorders, and in the ways they seek treatment. Their care involved the use of psychological and psychiatric services, mutual support groups, and, to a limited extent, traditional medicine. This study concludes that these dynamics are interwoven and amplified by interpersonal, institutional and epistemic racism, which must be dismantled to improve the mental health of indigenous youth.

KEY WORDS: Indigenous Peoples, Mental Health in Ethnic Groups, Mental Health Services, Racism, Mexico

INTRODUCTION

The growing burden of mental disorders, coupled with treatment gaps, represents one of the central public health challenges in the Americas.1 Despite widespread acknowledgment of the urgency of this issue, there is no single way to conceptualize mental health and illness. Some perspectives adopt the medical model, emphasizing a biologicist and individualistic approach focused on psychopathology.2 Moving beyond this reductionist view, although still trapped within an individualist framework, the World Health Organization (WHO) defines mental health as “a state of well-being in which the individual realizes their abilities, copes with the normal stresses of life, works productively, and contributes to their community”.3) In contrast, the Latin American collective health framework understands illness - including mental illness - as a multifaceted marker linked to biological, cultural, historical, and social dimensions. This perspective aims to comprehend the “collective fabric in which illnesses are generated and addressed”, opening possibilities for developing a “comprehensive therapeutic approach”.4 Within this framework, collective mental health focuses on the study of “experiences of affliction”, recovering the “social world” of psychological suffering.5 It addresses the social determinations of mental health, particularly the violence embedded in material living conditions and power dynamics. At the same time, it acknowledges the agency of individuals experiencing psychological suffering, valuing their understanding of their processes and their participation in health care strategies.6

As one can observe, mental health and health can be conceptualized in various ways, often reflecting opposing perspectives. For example, some define mental health as the individual capacity to adapt, cope with the “normal” stresses of life and adversity, and maintain harmony in relationships.3 In contrast, others view it as the ability to transform living conditions.7

This polysemy also extends to how we describe what might be considered the opposite of mental health. The concept of mental illness typically refers to discrete entities aligned with biomedical approaches. However, this term has become less common in academic literature, where “mental disorder” is now preferred. According to Braunstein, ”mental disorder” remains a euphemism for a construct that closely resembles mental illness.8) The WHO defines a mental disorder as “a clinically significant disturbance in an individual’s cognition, emotional regulation, or behavior”.9 Definitions of mental disorders often incorporate criteria such as deviation from norms, functional limitations, experiences of distress, and a notion of dangerousness (though the latter two criteria have been subject to debate).10 In practice, mental disorders refer to constructs that align with the diagnostic criteria outlined in dominant nosological classifications, such as the International Classification of Diseases (ICD) and the Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM).11

Critical approaches employ alternative categories to describe experiences distinct from mental health. One such category is psychic suffering, understood as a harmful experience perceived as subjective but rooted in the network of relationships surrounding the individual.12 These forms of suffering are seen as part of life’s challenges that, while causing distress, are not pathological. This concept aligns somewhat with the idea of malaise although some authors use the latter to emphasize the social conflicts and contradictions (often not consciously recognized by individuals) that underlie such experiences.13) In this study, we use the terms illness and disorder to explore the constructs participants perceive as pathological, while we apply the categories of suffering or discontent to experiences of distress not necessarily regarded as pathological by the individuals themselves.

When addressing the mental health of Indigenous populations, two major perspectives emerge. Epidemiological studies and critical medical anthropology - focused on power asymmetries and structural inequalities14,15) - have identified globally high prevalence rates of disorders such as depression, substance abuse, alcoholism, and suicide among Indigenous populations, often exceeding those of non-Indigenous counterparts. These conditions are linked to social stressors stemming from migration,16 discrimination, loss of culture, and diminished control over living conditions.17) For instance, a study in Mexico that analyzed 2014 official mortality data reported that the national suicide rate among Indigenous men (including adolescents and young adults) was higher than among the general population. Additionally, the mortality rate related to alcohol use was 2.5 times higher among Indigenous compared to non-Indigenous peoples.18 In Colombia, another study found that the suicide rate among Indigenous populations reached over 500 per 100,000 inhabitants, more than 100 times higher than the national average of 4.4 per 100,000 inhabitants.19 Indigenous peoples also face worse indicators for the availability of and access to biomedical health services, primarily due to rural residency and poverty.20,21 Moreover, the care they receive in biomedical services is often inadequate. Biomedical professionals tend to overlook cultural syndromes, reframe their suffering within Western psychiatric categories, neglect the socio-relational aspects of their conditions, and ignore or reject their community-based therapeutic resources.19,22,23 This occurs despite an extensive legal and institutional framework at both national and international levels promoting intercultural and rights-based approaches to Indigenous health care.24,25

In contrast, approaches that acknowledge the cultural relativity of defining and experiencing mental health and illness emphasize the need to understand these dynamics through the worldviews of Indigenous peoples, rather than forcing them into Westernized frameworks. This perspective has revealed that some Indigenous communities lack an equivalent concept for “mental health,” and when such a concept exists, it differs from the Western biomedical notion, focusing instead on elements like spirituality, well-being (buen vivir), and/or harmony with the community and nature.17

Fields such as medical anthropology, ethnopsychiatry, and transcultural psychiatry have produced extensive literature aimed at understanding “culturally bound syndromes” like mal de ojo (evil eye), aire (air), nervios (nerves), susto (fright), envidia (envy), vergüenza (shame), muina (anger), or bilis (bile). These conditions are characterized by both physical and psychological manifestations, and various traditional therapeutic practices addressing them have been documented.23,26,27,28,29 However, critiques have pointed out that some studies focus exclusively on traditional medicine without delving into its real-world interactions with modern medicine, which ultimately limit their explanatory scope.30

This highlights the need to approach Indigenous health-illness-care processes by acknowledging the significance of cultural change, which has intensified in recent decades due to factors like migration, increased levels of education, and access to various information and communication technologies.31 These conditions position young, Indigenous, and migrant individuals as key subjects for exploring processes of cultural transformation and their impact on how they conceptualize mental health and illness, as well as how they prevent and address related challenges, likely drawing from multiple forms of mental health care.

A useful theoretical and methodological tool for addressing the complexity of these dynamics is the concept of care trajectories, understood as the steps individuals take to seek therapy in response to a health issue, often involving different therapeutic options32. Osorio suggests that this approach analyzes the decisions and strategies individuals use to confront-and, in the process, make sense of-their episodes of suffering.33

The concept of care trajectories has been widely used to study various health-illness-care processes. 34,35,36,37,38,39,40,41 These studies have highlighted the sequential or parallel use of different therapeutic options and the significance of self-care dynamics, and have provided insight into the meanings and subjective experiences of patients and their families. Some research has focused on the care-seeking behaviors of Indigenous populations or those living in rural settings, revealing the syncretism and complementarity between biomedical and traditional knowledge systems.42,43,44,45 However, studies on care trajectories in mental health remain scarce in the global literature46,47,48,49 or in Mexico,50 and are even rarer when focusing on Indigenous populations.51

This article stems from a broader research project titled Care trajectories in mental health among indigenous youth living in the Metropolitan Area of Oaxaca. In Oaxaca, the epidemiological burden of several mental disorders is on the rise. Among young people, certain disorders are particularly prevalent: for example, the incidence of depression in women rose from 47 to 77 per 100,000 inhabitants between 2014 and 2022,52 while suicides are most common among individuals aged 15 to 29, particularly men.53 The state of Oaxaca has the highest percentage of Indigenous language speakers in the country (31.2%, compared to the national average of 6.1%), with 69% of the population self-identifying as Indigenous,54 and experiences significant rural-to-urban migration.55)

The Metropolitan Area of Oaxaca comprises the city of Oaxaca de Juárez, the state capital with the largest Indigenous population in the region, and 22 surrounding municipalities. In terms of public mental health services, the state has a single psychiatric hospital, “Cruz del Sur,” located in the southern suburbs of Oaxaca City, and seven Specialized Units in Addiction Care (UNEME-CAPA for its acronym in Spanish), two of which are in the metropolitan area.56 Additionally, there are two Youth Integration Centers, one located in the Metropolitan Area of Oaxaca. For individuals covered by the Mexican Social Security Institute (IMSS), this institution provides psychological consultations at three first-level Family Medicine Units in the Metropolitan Area of Oaxaca and psychiatric consultations at the General Hospital in Oaxaca City.57 The largest support network, however, comes from mutual aid groups: in Oaxaca City and its metropolitan area, there are 81 Alcoholics Anonymous centers58) and 18 Neurotics Anonymous centers.59

This geographic and sociocultural space, is a hub for internal migrants - primarily from rural areas of the region - and for international migrants in transit. Along with its self-proclaimed multicultural identity, migration presents a compelling case for exploring the research topic. This article focuses on analyzing how ethnic identity and the sociocultural structure in which it is embedded and constructed shape specific ways of experiencing and addressing mental health issues within the framework of the care trajectories we could study.

METHODOLOGY

A qualitative approach guided the study. Participants included Indigenous youth aged 18 to 30, residing in the Metropolitan Area of Oaxaca, who reported seeking care for a “mental health” issue, as well as health professionals, healers, and leaders of mutual aid groups providing mental health services in the study area. Notably, four of these professionals had a therapeutic relationship with the interviewed youth. We also conducted non-participant observation in the spaces where we requested collaboration, to facilitate contact with the interviewees. Fieldwork took place from early May to late August 2023.

We conducted in-depth interviews with the youth participants (four women and three men) to explore their health care trajectories. We carried out semi-structured interviews with health professionals (five participants), healers (two participants), and mutual aid group leaders (two participants). These interviews focused on understanding the main characteristics of the care offered to young people - both Indigenous and non-Indigenous - experiencing mental health disorders. Tables 1 and 2 provide detailed characteristics of the participants.

Table 1. General characteristics of the indigenous youth participants. Metropolitan Area of Oaxaca, Mexico, 2023.

Pseudonym Age Marital Status Place of Birth Migration Experience Places of Residence Indigenous Language Religion Level of Education Occupation Social Security Coverage
Alma 22 Single Ciudad Juárez Chihuahua At the age of 16, she migrated to the MAO to escape school bullying in her place of origin Oaxaca de Juárez (MAO) None She identifies as Catholic but hardly practices it. Undergraduate student Student None
Julia 29 Married Santa Catarina Juquila At the age of 15, she migrated to the MAO to study high school San Bartolo Coyotepec (MAO)/Miahuatlán de Porfirio Díaz Chatino Catholic Bachelor's degree in Nursing Nurse ISSSTE
Paula 28 Common-law marriage Asunción Cacalotepec At the age of 13, he migrated to the MAO to study secondary school. San Sebastián Tutla (MAO)/ Miahuatlán de Porfirio Díaz Ayuuk (Mixe) Catholic Bachelor's degree in Nursing Postgraduate student IMSS-Bienestar
Magali 29 Single Cuilapam de Guerrero (MAO) None (was born and currently lives in the MAO). Cuilapam de Guerrero (ZMO) None None Bachelor's degree in Archaeology Archaeologist None
Fernando 24 Single San Juan Quiahije, Juquila At the age of 12, they migrated to the MAO to study secondary school. Oaxaca de Juárez (ZMO) Chatino Catholic Engineering graduate Industrial machine maintenance technician IMSS-Bienestar
Ismael 29 Common-law marriage Santiago Atitlán At the age of 27, they migrated to the MAO in search of care at the Casa Hogar of Neurotics Anonymous. Oaxaca de Juárez (ZMO) / Santiago Atitlán Ayuuk (Mixe) Catholic High school incomplete Musician It seems to be IMSS-Bienestar (he wasn't sure)
Nicolás 26 Single Miahuatlán de Porfirio Díaz Migrated to the MAO at the age of 5, along with his family, who was seeking better job opportunities. Santa María Atzompa (MAO) rudimentary Zapotec None High school and unfinished college degree Mekanic None

Source: Own elaboration.

MAO = Metropolitan Area of Oaxaca.

ISSSTE = Institute of Security and Social Services for State Workers.

IMSS-Bienestar = Subsidiary of the Mexican Institute of Social Security serving the population without social security.

Table 2. General characteristics of the participants (professionals, healers, and leaders of mutual support groups). Metropolitan Area of Oaxaca, Mexico, 2023.

Participant Gender Age Indigenous language Education
Healer and midwife Woman 84 Zapotec Empiric
Healer Woman 60 Zapotec Empiric, diploma in Herbal Medicine
Private practice psychologist Woman 30 Understands some Mixe, but does not speak it. Bachelor's Degree in Psychology
Public service psychologist 1 Woman - None Bachelor's Degree in Clinical Psychology, Specialist in Couple and Family Therapy
Public service psychologist 2 Woman 32 None Bachelor's Degree in Psychology
Public service psychologist Man 30 None Bachelor's Degree in Psychology, Master's Candidate in Humanistic Psychotherapy
Private practice psychiatrist Woman 30 Understands very little Zapotec. Surgeon, specialist in Psychiatry
Alcoholics Anonymous group representative Man 48 Understands very little Zapotec. Bachelor's Degree (Not Health-Related)
Narcotics Anonymous group representative* Woman 37 Mazatec Bachelor's Degree (Not Health-Related)

Source: Own elaboration.

* She also shared her trajectory of care during her youth, information that was taken for the analysis due to the richness of the information.

We began to develop the interview guides and analysis plan deductively, deriving themes from the research objectives and the state of the art, while remaining open to emergent themes. The predefined thematic lines focused on criteria for self-identifying as Indigenous youth, conceptions of mental health and illness/disorder, the impact of living conditions on health and illness/disorder, representations of the ascribed disorder, and health care trajectories. We used these thematic lines as analytical categories, to create a set of initial codes.

We present the results according to these thematic lines, described in Table 3, which outlines the correspondence between subtitles, themes, and codes. Italicized codes in the table emerged during data analysis and were integrated inductively. These emergent codes did not introduce entirely new themes but revealed unexpected ways participants conceptualized the processes under study.

Table 3. Correspondence between subtitles, thematic lines, and codes.

Subtitle Thematic Lines Codes
Indigenous Youth: Tensions in the Construction of Identity Criteria for Identifying as an Indigenous Youth Criteria for Youth
Indigenous Criteria
The Community Environment, Experienced Violence, and the Production of Emotional Distress Living Conditions and Their Impact on Health-Illness/Mental Disorder Determinants of Well-being
Urban Life and Mental Health: Between Freedom, Anonymity, and Discrimination Living Conditions and Their Impact on Health-Illness/Mental Disorder Determinants of Psychological Suffering
Characterization of Distress and Assumed Diagnoses Conceptions of Health and Illness/Mental Disorder Conceptions of Health-Mental Illness
Representations of the Ascribed Disorder Ascribed Diagnosis and Manifestations
Ascribed Etiology
Ascribed Prognosis
Forms of Care Used and Their Cultural Relevance Care Trajectories Identification of Abnormality
Initiation of Halth-Seeking
Traditional Medicine*: Reasons for Seeking Care, Availability and Access, Diagnosis, Treatment, Adherence and Discontinuation, Outcomes, Experience, Ethnic Specificity and Appropriateness

Source: Own elaboration.

* Codes similar to the last eight were constructed and applied to each of the forms of care that the study subjects used: traditional medicine, biomedical care, psychological care, psychiatric care and mutual aid groups.

For example, while the initial plan included examining the impact of living conditions on health and mental illness/disorders, the data suggested the need for a code addressing experiences of distress that participants did not perceive as pathological. This led to the creation of the code determinants of psychological suffering. Similarly, the initial plan included a code for participants’ diagnoses. However, as many participants self-diagnosed themselves rather than receiving a professional diagnosis, we renamed this code ascribed diagnosis and manifestations.

It is important to note that these changes were not limited to the code names but extended to the scope and referents of each code, encompassing the “real” or potential content they addressed.

We recorded the interviews with participants’ consent, obtained through signed informed consent forms, and transcribed for subsequent coding and systematization using Atlas.ti software, version 8. To ensure confidentiality and anonymity, we assigned pseudonyms to all participants.

Non-participant observation took place in the spaces where we sought collaboration to establish contact with potential interviewees. The observation focused on documenting how institutional spaces represented Indigenous youth, their mental health, and appropriate ways to address their mental health needs. We applied a thematic content analysis to the data derived from both interviews and observations.

The project received ethical approval from the Health Research Ethics Subcommittee of the Center for Research and Advanced Studies in Social Anthropology, internal file number 005.

RESULTS

Indigenous youth: Tensions in identity construction

Most of the youth interviewed had completed higher education and reported ongoing mobility between the Metropolitan Area of Oaxaca and their places of origin (typically in rural or semi-urban contexts). This mobility has also led to sociocultural shifts, creating tensions in how they conceive of themselves as “youth.” While in the Metropolitan Area of Oaxaca the category of youth is fully legitimized as part of the life cycle, in their places of origin it is a more recent category, emerging in relation to the availability of higher education, access to the internet, and migration dynamics.

The youth interviewed have resolved these tensions by prioritizing and internalizing a Westernized conception of youth, adopting most of the traits associated with it, such as being unmarried, playing the role of a student, assuming a degree of freedom and autonomy from their parents, and claiming the right to socializing and having fun with peers. However, this identity is questioned by their relatives who remain in their communities of origin. These relatives often communicate the social expectation for them to transition into adulthood at ages that, in urban contexts, align with adolescence (around 13 or 14 years old). Although none of the participants reported experiencing significant emotional distress due to these situations, they did express some confusion and frustration at not being able to fully adapt their lifestyles, practices, and subjective experiences to fit the stages considered universal in the Western life cycle framework.

Regarding their ethnic self-identification, the young people interviewed identified a range of traits that distinguished them from “mestizo” people, primarily language and customs and traditions, although some also included phenotypic elements like skin color. However, they expressed a preference for being identified by the demonym of their region or town, or by the name of their specific ethnic group/language (Zapotec, Mixtec, Chatino, etc.), rather than the generic term “indigenous.” One of the young people reflected on this preference, linking it to experiences in the urban context where the term “indigenous” was often used to convey mockery and disdain.

“… maybe in my past that word was misunderstood, because in reality it’s not a bad word, I don’t consider it bad now, but yes, when they called me indigenous, Chatino, or Indian in high school. I don’t know how to express it, I think in my head that someone with more authority wants to belittle me when they say that [but] I know it’s not a bad word, it’s a source of pride to be a person with Indigenous roots.” (Fernando)

They reported that such experiences caused them emotional suffering; however, it is important to highlight that they also faced situations in their communities of origin that generated various degrees of discomfort, as described in the following section. Notably, they considered that some of these situations originated their mental disorders.

The community environment, the violence experienced, and the production of emotional distress

The people interviewed described a great variety of emotional distress, although this variety shared a common denominator: it was related to different types of violence they experienced in their communities of origin. Ismael, one of the young people interviewed, mentioned that the violence he witnessed from his father toward his mother, especially when his father became intoxicated, contributed to the development of his “neurosis.” Similarly, Nicolás said that his father’s alcoholism and the violence he inflicted on his mother had emotionally affected him. While domestic violence is not exclusive to Indigenous contexts, the narratives analyzed revealed how the permissiveness of the environment toward male control over women’s lives, or the existence of arranged and often forced marriages - characteristic traits in some rural and Indigenous communities in Mexico - contributed to this type of violence.

Alma, on the other hand, pointed out that the envy her classmates felt toward her for excelling academically contributed to the bullying she experienced, which she identified as one of the triggers for her depression. She noted that such dynamics, based on envy, are part of the cultural traits of her community of origin. In her case, it was also evident how community values about the importance of family unity and loyalty allowed for the impunity of sexual violence perpetrated by relatives.

“I think the idea of family in my town makes these things get covered up more. Because even if your family knows what happened to you, but it was… I don’t know, your grandfather or your uncle, it’s more important for the family to maintain the bond, so it’s ‘don’t say anything because it’s your relative.” (Alma)

Some of the professionals interviewed highlighted the importance of media in shaping expectations about family relationships and ways of being young, which can cause emotional distress for those who are unable to adopt the lifestyles and ways of relating that are legitimized by these media. One of the young people interviewed noted that comparing the image of family he saw in the media with his own family reality led to frustration, which he identified as the beginning of a series of dissatisfactions that eventually contributed to his problematic substance use.

“…although I lived in the village, many times I didn’t accept it, because of the idea they sell you through television about what a perfect family is like […] I have a very clear image in my mind of when I used to watch TV, and I’d see how a family would play on the grass with their kids, with a new toy, or I don’t know, and I imagined that was a happy family, a peaceful family, but in my house, all there was, was the need to work very hard [so] I started to reject it, I started to want more things. So, because of dissatisfaction, I attribute that those things [substance use] happened.” (Fernando)

As one can see, some of the cultural traits of the young people’s communities of origin facilitated the production of various forms of violence-whether domestic, sexual, school-related, or symbolic-with a clear gender component. These were experiences that the young people either witnessed or were victims of, and they caused them significant emotional distress.

The urban life and mental health: between freedom, anonymity, and discrimination

Only one of the young women interviewed (Magali) was born in the Metropolitan Area of Oaxaca; the rest were originally from rural areas and had different migratory experiences. One of the young men (Nicolás) arrived as a child, as part of a family seeking better job opportunities. Three of the interviewees (Julia, Paula, and Fernando) migrated during their school years (secondary or high school), motivated by the desire to continue their studies in the city. In Fernando’s case, the motivation also included learning Spanish and improving his living conditions.

“I decided to come, I insisted to my parents, I told them that I wanted to come study here, mostly to change, I didn’t like being in the village much, my job was to work in the field, gather firewood, help my parents with construction work, so I didn’t like it much and I decided that I wanted to learn Spanish, the goal was to learn Spanish and also finish a degree […] to learn more.” (Fernando)

One of the participants migrated during her school years to escape a situation of bullying (Alma), and another (Ismael) arrived seeking help for his distress.

In some cases, the migration process included personal or family expectations that, in general, young people were able to achieve. Except for the young man who migrated seeking care at a voluntary residential center managed by the Neuróticos Anónimos movement, the rest gained access to educational opportunities and either entered or completed higher education. Moreover, the young people interviewed associated urban life with positive elements, such as the opportunity to explore new places and meet new people, going out for walks, dining out, having access to recreational spaces, and enjoying more freedom than in their communities. One of the young men also referred to a shift in mindset, noting a contrast between the mentality of those who live in rural areas and those in the city, and expressed a positive view of the urban mindset.

“…when you’re from the village, your mind is closed, I really say this and I understand my parents, my cousins, and other people who haven’t experienced coming here or being with people who have more open, or more liberal, thoughts.” (Fernando)

However, moving to the city also meant adapting to an unfamiliar and, at times, intimidating environment. In practical terms, as part of their daily challenges, they mentioned learning how to navigate the city or use public transportation without getting lost, or learning the local interaction codes. They also noted difficulties adjusting to the ways of relating to others, pointing out a significant difference in the type of sociability in the city compared to their hometowns. One of the young people mentioned that in the city:

“…it’s like everyone is looking for their own thing... and there [in my village] it’s more like... there’s more unity, we go to bring the rain... so it will rain, and the plants will grow, the corn will grow.” (Fernando)

Also, in relation to social relationships, some participants shared the feeling of anonymity in the city, which contrasted with the mutual recognition in their communities.

The attitude of city dwellers toward the indigenous/rural (a binomial that, in the imagination of the interviewees, seems closely linked) shaped their experience in the city. Oaxaca de Juárez (the state capital) presents itself as a multicultural city, with its main festival and tourist attractions celebrating and exalting ethnic diversity. However, we identified an ambiguous attitude toward indigeneity, characterized by both admiration and appreciation for certain elements associated with indigenous cultures, alongside contempt and rejection toward some of the bearers of those cultures, especially when these elements intersect (either in reality or in the imagination) with conditions of poverty and marginality. One of the professionals interviewed explained these contradictions as follows:

“It depends on the season, because during the Guelaguetza month they accept [Indigenous people] a lot, but in other seasons, the Indigenous issue is seen as a form of discrimination. They discriminate against you for coming from a community, because you don’t wear shoes, because maybe you’re not well-dressed, because you don’t wear normal clothes, but instead wear the clothes from your region. In July, it’s well-regarded, so people take pictures, but it’s more like... I, the privileged person, am having the opportunity to be with you, I am a better person because I am spending time with you.” (Psychologist, public service)

This ambiguity also expressed itself in the school environment, where the young people experienced both recognition and appreciation of their cultural traits (mainly their language), alongside rejection and mockery due to these and other markers, such as skin color or the condition of being a “country person,” which caused emotional distress and led them to try to hide or conceal these markers, for example, by avoiding speaking their language in public.

They found out [my high school classmates] that I spoke an Indigenous language [...] I still remember the word she said to me, she called me ‘Indian’ [...] and in high school, once I started using social media, I remember that on one social media platform, an anonymous account posted something like ‘go back to your hill with your prickly pears and your donkeys.’ The comments were very derogatory.” (Paula)

It is important to highlight that in the urban context, interviewees also encountered kind and meaningful relationships that helped them integrate into city life and provided significant emotional support. However, they also experienced repeated and hurtful situations of bullying, in a context of power imbalances between perpetrators and victims; experiences which caused psychological suffering that they generally endured in silence, without communicating their occurrence to teachers or family members. One of the young people shared that they never spoke to anyone about the bullying they endured because they thought their teachers would pity them, and their family would feel hurt, if they shared why they were harassed:

“... it hurt when they said that to you, it’s like a deep wound, and so if I asked my brother: ‘What do you think about this?’ I think it was also a deep wound [for him]. (Fernando)

The young people referred to situations that, while not directly related to their ethnic condition, could be identified as being influenced by ethnicity. For example, although school stress is a condition that can affect individuals regardless of ethnicity or residence, some of the participants mentioned that they perceived a disadvantage in their academic preparation compared to their peers who had attended previous school years in urban settings. Similarly, we found that it was common among these young people the search for a sense of belonging, a troubled quest that could encourage the initiation of substance abuse, as Fernando expressed: “The first time I smoked marijuana, I did it to be on the same level as the other person I was hanging out with, to feel good, to feel like I belonged.”

Some of the young people we interviewed mentioned that the rejection they experienced because of their ethnicity in some cases, heightened their need for recognition and acceptance. Additionally, the legitimization of heavy alcohol consumption in their communities contributed to their initiation into this practice. However, they did not necessarily perceive the relationship between experiences of rejection, what they referred to as depression, and substance abuse as unidirectional or deterministic. In some cases, what they identified as depression occurred before or alongside substance abuse, or they used substances without feeling depressed; some even saw substance abuse as a form of self-medication.

“The first time I used it, it was a very pleasant sensation, a sensation of laughter, extreme happiness, an immense happiness, and every time I used it, I sought to return to that level of happiness [but] what I can also detect is that I used it for everything and for nothing, because I was sad, because I was angry, because I was anxious, because I was hungry, because I wasn’t hungry, for everything, because Mexico won, because Mexico lost.” (Fernando)

Characterization of distress and assumed diagnoses

At the time of the interviews, only one of the participants used an ethnomedical category from traditional medicine to name her condition (although she also used the psychological category of “trauma”). The rest used categories from psychology and psychiatry to label and interpret their conditions (Table 4).

Table 4. Diagnosis attribution by the study participants. Metropolitan Area of Oaxaca, Mexico, 2023.

Pseudonym Diagnosed condition Type of diagnosis
Julia Trauma/fright Self-diagnosis
Paula Conversion disorder/anxiety Psychological
Magali Anxiety Self-diagnosis
Alma Generalized anxiety disorder with panic attacks Psychiatric
Nicolás Alcoholism Self-diagnosis
Fernando Depression and alcoholism Self-diagnosis
Ismael Neurosis Self-diagnosis

Source: Own elaboration based on the data collected.

According to the interviewees, the multiple distressful experiences they lived through produced emotional and behavioral conditions that they I identified as pathological at some point later. The distress or suffering reported by each participant is described in the charts included in the Supplementary material. Sadness, depression, crying, feelings of loneliness, irrational fears, aggression, anxiety and its somatization, panic attacks, substance abuse, and suicide attempts were among the symptoms and problems identified. Throughout the trajectories analyzed, the young people named and represented their condition in different ways.

The fact that only two of the interviewees reported a diagnosis from psychology or psychiatry at the time of the interview did not mean that the rest of the young people did not seek such services at some point during their health-seeking trajectories. In fact, only one person did not seek psychological care from a licensed professional and only spoke with a psychology student who was doing her internship. We can explain this situation through other factors. On the one hand according to the narratives of the interviewees, some psychological approaches question the importance of establishing a diagnosis and prefer to work on problems without labeling their clients. On the other, two of the young people who did access psychological care mentioned that it was neither meaningful nor helpful because the psychologist did not understand their problem, or because they were reluctant to share their intimate life with her.

“I think I didn’t go [to a second session with the psychologist] because I felt threatened that someone would know what my life had been like and the problems I was facing at that moment. I didn’t want anyone to really see who I was, what was happening in my life.” (Nicolás)

Among the interviewees, it is notable that women preferred psychological care, which aligns with the observation of one of the psychologists interviewed, who noted that most of her clients are women. In contrast, the three men expressed a preference for mutual aid groups as a meaningful form of care. Since professional therapists do not participate in these spaces, the men attributed their condition to alcoholism, depression, and neurosis as self-diagnoses.

Selected forms of care and their “cultural appropriateness”

The care trajectories followed by the interviewees showed great diversity in terms of duration, selected forms of care, the order in which they were utilized, experiences during care, and their perceived effectiveness.

As mentioned previously, a care trajectory is considered to begin when individuals identify an abnormal condition. In most of these cases, the identification of symptoms occurred retrospectively, once these people had internalized the etiological models proposed by the therapists they had sought and that had been meaningful to them during their trajectory. Upon identifying the abnormality, the first practices that the young people engaged in aligned with what Menéndez refers to as the self-care model.61

Self-care practices

In most cases, the young people reported that they had followed multiple self-care trajectories; self-care is understood here as the knowledge that individuals and social groups adopt and use from other forms of care, generally to ensure their biosocial reproduction and more specifically:

...to diagnose, explain, treat, control, relieve, endure, cure, solve, or prevent the conditions that affect their health in real or imagined terms, without the central, direct or intentional intervention of health professionals, even though they may be the reference for the self-care activity.61

It is important to note that interviewees did not limit these practices to the moments before they searched for professional help for the first time, but were continued throughout the entire health-seeking trajectory, sometimes as the only form of care at a given moment, or alongside other forms of care. Some of these practices were developed intuitively (such as taking a bath to calm anxiety), while others were based on information found on the internet; for example, meditation and mindfulness exercises. Some practices came from recommendations of previously consulted professionals.

Some of these practices were collective in nature, such as participation in support groups on Facebook, or family actions like practical help with daily tasks, advice, or emotional support. It is worth noting that these latter practices were more common among women, while among the men, the most notable form of self-care was participation in mutual aid groups, which will be discussed further later. Various forms of self-medication were also prominent, related to the consumption - not necessarily considered problematic - of tobacco, alcohol, and other substances, as a way to alleviate distress.

Two individuals recognized and valued ritual practices performed within their families as a self-care resource. Although these rituals did not specifically pursue curing or preventing any particular ailment, they were aimed at promoting health (along with other valued goods) or as a spiritual experience. Fernando, for example, participated with his family in rituals honoring Gods and Mother Earth, finding similarities between these practices, the teachings of the Bible and the Alcoholics Anonymous program. Paula, on the other hand, mentioned that in her family’s rituals, elements from “the ancestors” and Catholicism were combined, recognizing a symbolic efficacy derived from a personal decision about what to believe, as an act of faith.

When I went through the abortion threat, there was a time when anxiety wanted to take over again, overthinking everything, imagining the worst possible scenarios, I went through that, but at that time my mom started doing these rituals of going to the houses of the shamans, so even though I wasn’t there, in a way it comforted me to know that she was doing it […] not so much for medical efficacy, but because as a person, realizing that believing in something, having faith in something, can help you […] I think it’s not so much for medical efficacy, but more of a personal matter […] in this case, because I’ve focused more of my faith on the indigenous rituals we have in the community, it has helped me a lot, personally it gives me a lot of strength, but it’s a decision I decided to make.” (Paula)

The search for professional help began in response to a variety of circumstances, including obvious physical discomfort, an inability to carry out daily activities, or emotional suffering that became unbearable. According to the participants’ accounts, this search for help was influenced by several factors, including the availability of therapeutic resources in their environment, their personal and family financial resources, previous positive or negative experiences with specific therapeutic options, the impact of the disorder on their lives, and the illness explanatory models that the individuals and/or their parents subscribed to at different points in their trajectories. The following sections describe the different forms of care used by the young people. The order in which we present them does not correspond to a sequential use throughout the trajectories, as it is impossible to identify clear chronological patterns in the heterogeneous paths followed by the participants.

The use of traditional medicine

Young people resorted to traditional medicine primarily when they lived in their rural communities. Its use was related to its availability and accessibility in terms of proximity, cost, and consultation hours, as well as the trust they or their families had in its effectiveness. When they lived in urban areas, the use of traditional medicine was limited, despite its availability.

Susto (fright) was the most mentioned ethno-medical nosological category, and several participants acknowledged the possibility of having experienced its symptoms. Two young people mentioned visiting a healer to treat a susto primarily caused by an accident, with positive therapeutic results.

The healers interviewed explained susto as the result of the soul’s separation from the physical body, and they described the objective of the therapeutic ritual to return the soul to its body. This contrasts to the young people who sought traditional care for susto who emphasized the healing procedures, and only when explicitly asked did they refer to the beliefs guiding these practices. Regarding the therapeutic effectiveness of the limpias (spiritual cleansings) used to treat their condition of susto, Fernando stated that it was effective, while Julia acknowledged the possibility of its healing efficacy based on its compatibility with scientific knowledge.

There are certain things that I believe do help, for example, some medicinal plants are very beneficial because, in reality, pharmaceuticals and other medications come from plants, from nature... I feel that I do believe in those things... they are compatible.” (Julia)

Young people also addressed the issue of the harm caused by envy, which some referred to as witchcraft. Regarding this construct, Julia acknowledged the possibility that people could cause harm to others out of envy, saying, “just as there are good thoughts, there are also bad thoughts.” However, she limited this possibility to people who actually believe that they can be affected by the harm directed toward them, and that the person wishing them harm must be someone close to them. She noted:

...I say, no matter how much they do [witchcraft] to me, nothing is going to happen because they’re not feeding me, they’re not worrying about me, they’re not looking out for me, I’m the one who’s rushing or getting worked up about my own things.” (Julia)

She also pointed out that this differs from the beliefs of other people in her community, who consider that envy can affect them regardless of the conditions she mentioned.

Although most of the young people did not explicitly discredit traditional medicine, nor did they decisively deny its potential effectiveness, those with university training in health-related fields showed further distance from the use of traditional medicine. They questioned its effectiveness concerning certain conditions and practices (such as psychosis and suicide), favoring the concepts and approaches of scientific medicine, thus reflecting their internalization of a scientistic logic.

My partner’s brother has psychosis, something like that, but it’s because of stress […] his parents told me ‘he went crazy because they put a spell on him, because they hate us so much’ […] and they took him [to a witch doctor] and he kept getting worse […] I always told them ‘it’s good that they’re doing healing rituals, putting those candles or burying a lock, but we also need to rely on science.’ When they saw that he was becoming aggressive and things were getting out of hand, that’s when they told me ‘yes, let’s take him.’ They need to reach a certain point before they accept science or any other approach that’s not from their world.” (Julia)

It also seems that, in these cases, they assume an evolutionist mindset, where the acceptance of biomedical categories of mental illnesses is seen as something that will eventually reach their rural communities, which they consider desirable as it would align with a correct approach to reality. One of the young women explicitly linked this way of thinking to her professional training.

Like, [in the communities] this idea that there are pathologies that affect the mind and that a person could be physically healthy but not mentally… isn’t really there yet […] in cases where someone has committed suicide, they didn’t have that concept of a mental disorder, which in this case could be depression. So, the first thing they’d say was ‘he doesn’t want to work’ or ‘he took his life because he didn’t want to support his children’ […] but, in reality, it was [a mental disorder], but I think my mindset changed since I started studying nursing.” (Paula)

In cases of long (four years or more) trajectories of depressive disorders, anxiety, and substance abuse), some mentioned that they sought traditional healing during their childhood or adolescence at the decision of their parents, who assumed that their condition could be treated as a result of fright or witchcraft. However, they indicated that it was ineffective in treating their suffering.

As one can see, it is possible to point out that the young people engaged in traditional medical practices, accepted some of its nosological categories, but distanced themselves from how their etiology is conceived in their community. Regarding the effectiveness of these therapeutic resources, in some cases, they explained the possibility of real efficacy, drawing on the foundations of scientific knowledge.

Westernized forms of care

Living in an urban context facilitated the accessibity to different forms of care. Proficiency in Spanish, the use of information and communication technologies (primarily the Internet), a higher-than-basic education (in most cases, even with a university degree), and access to social security or personal/family resources supported access to paid private consultations. In the urban setting, the interviewees reported having used general medicine services, psychology, psychiatry, and mutual help groups. This section presents some findings, focusing on the cultural appropriateness of the selected therapeutic options. It is important to note that in most of the accounts, barriers to access this type of care or dissatisfaction with previous biomedical treatments did not emerge spontaneously in the narratives as an accessibility barrier or as a reason for dissatisfaction; however, when we raised the topic, the interviewees did share having experienced these situations.

Biomedical care

The young people reported seeking a general practitioner or emergency services when they attributed their illness to an organic disorder, or when they clearly experienced physical deterioration due to emotional distress. This form of care did not prove significant for addressing the young people’s distress; however, it helped rule out an organic problem and directed their health-seeking trajectories toward psychology services through either recommendations or formal referrals.

Psychological care

In the urban setting, psychological care was available and, from the interviewees’ perspective, accessible in both public and private services. The cost per session in private services ranged from 100 to 500 Mexican pesos (about $7 to $30 USD), which did not represent a significant economic barrier, although in some cases it was considered an excessive expense for their monthly budget. Six of the interviewees sought psychological care at least once during their care trajectories.

Young people accessed a variety of psychological services. Their accounts highlighted religious interventions, strategies for stress management, motivational approaches, and gender and intersectionality-based psychotherapy, which was the most appreciated by the young women interviewed. The psychologists interviewed confirmed that there is a diversity of approaches within their discipline.

Regarding the cultural appropriateness of the services, some professionals in the field were found to define Indigenous identity solely by linguistic criteria or place of origin, while disregarding the range of identity markers that the young people used to shape their ethnicity. One psychologist referred to this identity in the past tense, stating, “Because Indigenous, the race, the race of Indigenous people, they don’t even exist anymore, we are all mixed” (conversation with psychologist during observation).

Some professionals also held a stereotypical view of Indigenous people as those who live in rural and marginalized contexts, are poor, and have low educational levels. While it is true that this reflects the reality for many Indigenous people in Mexico, these notions reveal a lack of understanding of the diversity - and inequalities - within this group.

The perception of cultural acceptability regarding this form of care was variable among the interviewees. In some cases, women identified a gap between the recommendations made by the professionals and the possibility of implementing them due to their own cultural context.

They treated me like just another person who lived in an urban area […] they didn’t take into account that I came from an Indigenous background and that mental health issues are very invisible, and that the fact that my anxiety erupted because I couldn’t express my feelings and emotions could be related to the context in which I grew up […] in these types of cultures, it’s very difficult for people to express what they feel, their feelings and emotions freely. [It’s difficult] for parents to talk to you about mental health, about trust, about discussing problems […] the fact that I can’t express my feelings is something I’ve grown up with, so I think that when they gave me these strategies like ‘talk about it, share it,’ they didn’t have in mind that it would be hard for me.” (Paula)

However, both the young people and the professionals pointed out that psychology offers a variety of theoretical frameworks, and that contextual, intersectional, or narrative approaches provide tools to address cultural diversity and social inequality. These approaches start from the acceptance that social and phenotypic characteristics lead to different forms of oppression and, therefore, to specific care needs.

She [the psychologist who treats her] is aware that women are different and that depending on our situation, we have different needs, so I’ve never felt that the theory she talks to me about is just for white women, or that I can’t apply it because of the… the context in which I live, or that I have a requirement like ‘you have to do this and this’ that seems… I mean, that it would be impossible to do […] it’s about identifying the types of oppression or discrimination that each person experiences, taking into account their own characteristics. I mean, an Indigenous person doesn’t experience the same type of oppression as a white person, a Black woman doesn’t experience the same type of oppression as a woman… I don’t know, a European woman with money, it’s about identifying our social, physical characteristics, everything that makes you who you are, and understanding that because of that, you suffer from different things.” (Alma)

It is notable that, in some trajectories, young people sought psychological care more than once, and their experiences varied depending on the approach and the personality of the person providing care. Both women and men mentioned that some of the professionals they saw did not understand them, while some women noted that with some therapists they were able to establish a relationship based on listening and trust. In some cases, particularly among the women, there was a recognition that this form of care is effective and they accepted their diagnosis, although it was also common for them to reinterpret it. In other cases, mainly men, they were unable to trust their therapists and share their lives and problems with them. As a result, psychological care was not effective for them, and they continued seeking relief through other avenues.

Psychiatric care

In the Oaxaca Metropolitan Area, psychiatric care is available, but its cost, ranging from 700 to 1,000 Mexican pesos per consultation (approximately $40 to $60 USD), becomes a barrier to effective access for many. Only one of the women interviewed used this type of care, along with one of the leaders of a mutual aid group who sought psychiatric care in her youth. Both resorted to private services, despite the cost. In both cases, they turned to psychiatric care upon the recommendation of another therapist (either a doctor or psychologist). Those who sought psychiatric care agreed that one of the main characteristics of this approach is the pharmacological treatment based on a diagnosis centered on the organic dimension of their condition.

The experiences shared by the interviewees were varied and they provided examples of the inadequacy of this therapeutic approach for their life circumstances. However, these circumstances did not significantly affect their satisfaction or their decision to continue or abandon the treatment.

We also interviewed a psychiatrist who acknowledged the importance of culture in constructing mental illness and making an accurate diagnosis. However, she recognized that her specialty training did not provide her with the tools to address this cross-cultural issue.

A woman claimed that there were spirits in her house. Well, in my psychiatric evaluation, I have to rule out whether she is psychotic, but it turns out that the entire family and the community share the belief in spirits, and they even revere them and show certain respect towards them, and that is normal. For someone else, it might seem like she has a psychotic disorder... I believe there is very little knowledge about what adaptations should be made.” (Psychiatrist, private practice)

This professional, while acknowledging the role of social factors in the construction of psychiatric conditions, argued that only a multidisciplinary clinical practice, where psychology addresses the social aspects, would enable care that integrates the cultural dimensions of the patient.

The young woman who sought psychiatric care had different experiences with two psychiatrists. The first, a male psychiatrist, whom she consulted at her mother’s suggestion, communicated her diagnosis from the very first visit and prescribed medication. Her experience with this psychiatrist was negative, as the diagnosis frightened her, and the medication caused severe side effects.

He told me that I had generalized anxiety disorder with panic attacks, and at first, the diagnosis was very scary because I had no idea about any of it, so it made me feel bad as well. Then came the medication, which I think he never properly regulated for me because, when I started taking it, I was very young, I was nineteen, and I felt very out of touch with the world. I didn’t understand when people spoke to me, and after a while, when I spoke, I would say things in a disorganized way, or say things that had nothing to do with the conversation... I had no emotions, I didn’t cry, nor did I want to kill myself, but I didn’t do anything else.” (Alma)

In response to the adverse reaction to the medication and the psychiatrist’s failure to return her calls, her parents decided she should discontinue the treatment. Years later, she sought help from another psychiatrist, recommended by her treating psychologist. This psychiatrist confirmed the previous diagnosis, added “obsessive-compulsive disorder episodes”, and also prescribed pharmaceuticals. However, this experience was positive because the doctor explained the reasons for medicating her, the possible side effects, and closely monitored her response to the medication to adjust the treatment as needed. She also mentioned that the coordinated care between the psychologist and the psychiatrist was yielding good results.

Mutual aid groups

Mutual aid groups are gatherings of people who share a similar problem and come together to share their experiences, typically based on a structured program without direct involvement from professionals. In the Oaxaca Metropolitan Area, groups such as Alcoholics Anonymous and Neurotics Anonymous are available, and they can also be found in rural towns. Accessing these groups does not require payment or bureaucratic procedures, which makes them more accessible.

The three young men interviewed found these spaces valuable for managing their illness. They emphasized the understanding, respect, and the opportunity to express themselves freely in a confidential setting. Only one young woman attended a version of this form of support called the “Fourth and Fifth Steps,” which involves a voluntary retreat for several days. However, she described the experience as negative, noting that participants shared their stories in a loud and vulgar manner, the therapeutic activities scared her, and she felt disconnected from the group, as many spoke about experiences that were foreign to her (such as committing crimes or involvement in drug trafficking).

It’s like a retreat, they take you to a place where there is nothing, and they blindfold you so that you don’t know where you are. They convince you that they are going to put you in a place where there are aggressive dogs, and you hear the sounds of the dogs at night in the middle of nowhere, and you are really scared. Then when you enter, there are only tables, but before that, you sign a consent form saying that you wanted to do this. There are tables where they sit everyone down, they give you a sheet of paper and a pencil, and then they start talking about different topics. For example, they say, ‘Now we are going to talk about jealousy,’ or maybe abuse. Then, someone who has already been to the retreat and is now one of the speakers comes in and starts talking about their story, but with words… I don’t know, it’s all so lacking empathy, with swear words, with yelling. It’s like people who haven’t addressed their problems and think that doing it this way is going to achieve something, but they are still having crises while talking about it in front of you. They yell and cry… and since it’s mostly people struggling with addiction who go there, they’ve done really strange things.” (Alma)

Regarding cultural relevance, these mutual help groups attribute a universal character to the mental illnesses they treat. They assume that, although the specific manifestations may vary, the illness itself remains the same, and thus the therapy does not need to be adjusted for particular social groups, such as Indigenous youth. The only adjustment required would be to provide translation in cases where there is a language difference. Similarly, the young people did not identify any cultural discrepancy affecting the effectiveness of the therapy. Only one person mentioned that some of the everyday experiences they shared in the meetings did not resonate with their group peers, as others had no experience with them (for example, when sharing stories related to farming). However, they did not believe this affected the therapy’s effectiveness. Another interviewee thought that in the mutual aid group in his hometown, they did make cultural adjustments, including language use and different ways of thinking. However, they felt that in the group they attended in the city, no cultural adjustments were necessary.

…there in the village, because of the group I’m in, I realize that one, well, adapts, because they speak Chatino, so you have to speak Chatino, and understand that their way of thinking is different, or we think differently when we are in the village - well, today I had to go to the hill to talk to God - and here, not… because the culture is different.” (Fernando)

On the other hand, some highlighted as a positive aspect the similarity between the conception of alcoholism in Alcoholics Anonymous - understood as a physical, mental, and spiritual illness - and the way people in their indigenous communities view individuals as physical, social, and spiritual beings. Another element that seems to favor the cultural acceptability of this therapy is its foundation in sharing life experiences, which aligns with the changing and culturally diverse realities of the various communities where this form of care is implemented.

DISCUSSION

The findings of this study align with theoretical approaches to youth as a historical construction that refers to both social classification and group identity.62 This construction, among the study participants, reflects a Westernized way of representing and experiencing youth, which may conflict with the conceptions of the life cycle prevalent in the rural and semi-urban contexts from which they originate. Additionally, they experienced their ethnic identity in an ambiguous and conflicting manner, closely related to the contradictory attitudes of an urban environment where both the recognition and denial of Indigenous cultures coexist, along with a simultaneous celebration and devaluation of these cultures.

The young people identified as Indigenous, using self-adscription as the criterion, referring to traditions and customs shared with their community, and emphasizing, as observed in previous works,63 the importance of belonging to a group defined in ethnic terms, such as family, relatives, or the community. Similar to what another study identified among high school students in Oaxaca,64 these young people assumed an ethnic identity based on cultural differences but expressed discomfort with the term “Indigenous,” associating it with experiences of rejection and disdain in urban life.

Previous studies have highlighted the impact of the migratory experience on the mental health of Indigenous people due to contact with an external culture, discrimination, and the marginalization they often experience in cities.16,19,64,65,66,67 However, this study found that the narratives of the young participants constructed mental health disorders throughout their entire life trajectories, including in their communities of origin. Therefore, we could explore the role of Indigenous cultures in the production of mental health issues.

One way to characterize these cultures is through the category of “communalism,” which refers to a form of social organization based on kinship relations, reciprocity, communal labor practices, and the real or symbolic control of inequality.68 We recognize that these aspects can contribute to collective well-being, but we also propose that they can negatively impact individual well-being through dynamics such as envy, which acts as a mechanism of social control.69 They can produce a particular type of school bullying or devalue individual freedom in the face of family unity, potentially allowing for impunity in cases of sexual violence within the family. These findings align with previous studies18,70,71,72 that have highlighted the negative impact of certain traditional practices - such as forced child marriage or female genital mutilation - and other forms of violence (physical, psychological, economic, and sexual) on the lives of Indigenous girls and women, as well as on their sexual, reproductive, and mental health. We suggest that failing to recognize these shortcomings may constitute a subtle form of racism, as it attributes stereotypes to Indigenous peoples that prevent the acknowledgment of their complexities.

Upon integrating into the city, these young people faced a different sociocultural context and had to make both pragmatic and symbolic adaptations. Classic authors have often seen the city and its way of life as a threat to the mental health of its inhabitants. For Kraepelin, with an organicist approach, the conditions of modern life in large cities led to the degeneration of individuals and races, and one manifestation of this degeneration was precisely mental illnesses.73 From a more sociological perspective, Simmel attributed to urban life at the beginning of the 20th century the ability to produce important transformations in the spirit of individuals, analyzing the contrasts between rural and urban life.74 More than a century later, the essence of the contrasts identified by Simmel seems to remain relevant in the experiences of the interviewees, who identified oppositions between life in their rural towns and in the urban environment of the Metropolitan Area of Oaxaca. For them, the city was synonymous with freedom, speed, and anonymity, while life in their town was slower and, in terms used by Simmel, characterized -not always positively - by strong social bonds, as well as limitations on individuality. These contrasts posed significant challenges for their adaptation to urban life.

However, it is important to clarify the type of migration experienced by the young people in this study to better understand its impact on mental health. The reasons for migrating were related to their expectations of continuing their studies and improving their quality of life, expectations that were largely fulfilled. These reasons contributed to experience their arrival in the Metropolitan Area of Oaxaca as a desired and valued event, while not all aspects of the culture they left behind were painful to lose. Additionally, we should consider that theirs was a regional migration from the countryside to the city, which facilitated frequent returns to their communities of origin. This physical and symbolic “back and forth” allowed the young people to maintain close ties with their families and communities, easing the experience of grief and uprootedness that typically characterizes international migrations.75 Also, their youth, the fact that they were single and without children implied that the family they left behind was their family of origin, not a family they had created, which led to a different experience than that of adult migrants, who often leave behind partners and children and tend to yearn for the family life they left in their communities of origin.75 For most of the young people in this study, their imagined future lay outside their community.

These elements can help explain the migratory experience of the participants in this study, which represented a challenge for adaptation, but did not, in itself, constitute a significant source of social suffering. The peculiarities of their arrival, however, were identified as the source of their psychological suffering, which led to what they recognized as the emergence of psychopathological illnesses.

These peculiarities included an ambiguous urban attitude toward their ethnic condition, in conjunction with other forms of discrimination such as colorism and classism, as manifestations of the ideology of white privilege, which, as previous studies have pointed out, contributes to the establishment of racial hierarchies in our country.75

This attitude was characterized by a discourse of respect for differences, while simultaneously fostering subtle or not so subtle expressions of violence and discrimination in the various spaces where the study participants lived their lives, particularly in schools and in health care services. It is important to note that this discrimination did not necessarily stem from an outright denial of equal rights, as these young people did have effective access to both public and private educational and healthcare institutions. Rather, it consisted of a set of practices that produced unequal and mixed outcomes, affecting access to certain rights and thereby reproducing social inequality, which, according to Solís,76 can also be considered discrimination. This highlights the importance of understanding the attitude of the host culture toward immigrants to comprehend the impact of migration on mental health.16. It also reaffirms the need for mental health interventions in these communities to include strategies aimed at dismantling these forms of violence, which, as previously noted, range from interpersonal aggression (what Scheper-Hughes called “everyday violence”) to forms of structural violence related to the political and economic organization of society that imposes conditions of oppression and inequity on individuals.77

The disorders resulting from these dynamics were categorized as anxiety and depression, substance abuse, and suicidal thinking, which are generally referred to as “minor” or “non-severe” problems. Their prevalence increased during the COVID-19 pandemic and different containment strategies were developed.78 These problems are also the most prevalent for this age group79 and among adolescents living in Indigenous communities.67

Unlike studies that have identified Indigenous conceptions of the person that deny the separation of mind and body26,65 and have analyzed cultural syndromes with both psychological and organic26,29 manifestations, this study identified a process of “Westernization” in the ways of naming, explaining, and thus producing mental disorders. This may be due to the fact that, as the participants integrated into urban life, they took on specific roles (student, boyfriend, girlfriend, friend) in particular spaces (school, places of leisure and fun), and they were exposed to “youth” concerns that produced emotional distress. They named, elaborated on, and gave meaning to this distress, using nosological categories derived from mainstream education, media, and healthcare ideologies to which they were exposed and which are part of the hegemonic psychological-psychiatric knowledge prevalent in the urban context. This finding aligns with previous studies80 on the complex dynamics of de-indianization among Indigenous people who integrate into urban life in Peru. These studies identified that urban Indigenous people maintain a self-consciousness of otherness based on various cultural markers, while they integrate forms of knowledge from the urban context, to which their own knowledge systems are often subordinated.

It has been noted that Indigenous populations face barriers to accessing healthcare services due to their rural residence, as well as their poverty and marginality.19,24 However, this study worked with a group of young people residing in an urban context, and whose social position is not - in most cases - marginal. This facilitated access to various forms of care, both public and private; at the same time, we identified another type of exclusion that affects not the people themselves, but their knowledge.

Previous studies on the healthcare trajectories of Indigenous people with general or mental health issues42,43,44,51 reported a combined use of Indigenous medicine and biomedicine throughout the trajectory. However, this study identified a limited use of traditional medicine and a limited understanding of its theoretical and symbolic underpinning, or rather, a significant reinterpretation of this knowledge, which now participants articulated with a scientific and evolutionary logic to explain the production of mental disorders and their treatment. This process seems to run counter to what collective mental health proposes: the recognition that the mental should not be considered separate from the organic,81 and a critique and distancing from scientific logic.

Regarding the characteristics of the trajectories, we identified some similarities with previous studies conducted in Argentina, Chile, and Mexico,46,47,48,49,50 despite the fact that these studies worked with different populations (for example, adults, children, or juvenile offenders, none of which were Indigenous) or with different mental health issues (such as developmental problems), and focused only on substance abuse as the primary disorder, or limited themselves to studying institutional trajectories within the official healthcare system.47

Among the similarities, the heterogeneity of the analyzed trajectories stands out, both in terms of the duration and the variety of selected forms of care, such as public and private psychological and psychiatric services, professionals (psychologists and social workers) from educational and governmental institutions, and group and holistic therapies. Regarding how participants evaluated the forms of care they used, they shared a criticism of the lack of empathy from some professionals, their impersonal treatment, their limited understanding of the disorder afflicting their clients, the limited usefulness of some of the tools they provided, and the asymmetrical relationships between specialists and patients (especially in the case of psychiatry, which was the most criticized form of care). On the other hand, they positively evaluated horizontal and empathetic professional-patient therapeutic relationships, smooth communication with psychiatrists to overcome mistrust of medication, and collective interventions (even those conducted within hospital institutions) that allowed them to learn about their peers’ experiences and facilitated trust and understanding between peers. They also valued holistic therapies such as meditation, yoga, homeopathy, and acupuncture. These options, though, are generally used by middle-class sectors and were not utilized by the participants in our study; however, they did value positively some elements related to these therapies that they found in mutual aid groups, such as the integration of mind and body and the pursuit of self-knowledge and spiritual transformation.

Our study on Indigenous youth, provides some new insights, notably the central role of violence related to racism and discrimination in the construction of mental disorders; the role of traditional knowledge and ethnomedical resources in addressing such disorders and in self-care in general; as well as specific challenges that Indigenous youth face in accessing their preferred forms of care, due to their specific positionalities at the intersection of race or ethnicity, social class, and in some cases, gender.

We also identified that, despite the increasing presence of Indigenous people in cities and the growing recognition that these groups are socially differentiated internally,82 difficulties persist in the institutional recognition of their diversity and complexity. In psychological services, professionals tend to take for granted that language and place of origin define who the Indigenous people are, while they stereotype them as poor, racialized, and anchored to rural communities. This finding is similar to other works that highlight stereotypical and reductionist representations of Indigenous people as peasants and illiterate;80 it also echoes parallel difficulties on the part of professionals and policy-makers in defining and labeling who is “Indigenous” in official sources of information,83 revealing a systematic pattern of invisibilization that ends up discounting their specific needs.

This inability in addressing diversity characterizes the psychiatric model of care as well as the more individualistic psychological approaches that subscribe to the biologicist and universalist conceptions of mental illness. We propose that this inability is a manifestation of a broader limitation in both current psychiatry and those forementioned psychological approaches in understanding the sociocultural determinants of mental health. This phenomenon echoes what some authors have termed the “neokraepelinian rearmament” in U.S. psychiatry in the 1970s (which, in turn, produced counter-resistance) characterized by a return to the modern positivist view that focuses on biological research, the drive for the classification of mental disorders, the expansion of psychopharmacology, and the medicalization of life in general.84

Some authors19 interpret this situation in terms of cultural inadequacy, as mental health services don’t integrate in their approaches the worldview and ways of life of Indigenous peoples. However, we argue that this interpretation does not take into account an element that was very much present in the dynamics we studied: the naturalization of the superiority of Western knowledge over non-Western knowledge. We then prefer the conceptual category of epistemic racism85which presumes an imposition of knowledge in the field of “mental health” through what is known as the “internal coloniality of psychology”:86 a discipline that legitimizes a system of representations aligned with the project of modernity87 and at the service of the reproduction of capital.85 These representations permeated the imaginaries of the interviewees and help explain why, despite the fact that they referred to situations that evidenced a lack of cultural adequacy, they did not interpret cultural inadequacy as a barrier to care nor did they attach any importance to it. These attitudes on the part of this youth evidence the incorporation and naturalization of the social demands to adapt to the prevailing conceptions, dynamics and values of the urban space where the interviewees live.

Regional health policy in the Americas gives priority to reversing these discriminatory dynamics and recommends guaranteeing the human rights of people with mental health issues, addressing gender, racism, and discrimination as determinants of mental illness.88 From different institutional, political, and academic fronts, the intercultural approach has been proposed as a way to achieve these goals. The region has taken actions in line with the approach, such as the establishment of intercultural hospitals, the development of transcultural psychiatry departments in research and healthcare centers, the inclusion of cultural syndromes in the DSM-5, and proposals for culture-adapted instruments to explore aspects of mental health in Indigenous populations.24,89 Despite the promising nature of these proposals and actions, it will be necessary to address the gaps and contradictions between official discourses and actual practices,90 as well as the risk of instrumentalizing the intercultural approach to serve the logic of reproducing existing relations of domination.

CONCLUSIONS

The Indigenous participants in this study experienced global youth issues, but these were nuanced by their ethnic specificities and the local contexts where they live, where prevails an ambivalent attitude towards Indigenous people and being Indigenous. These conditions led to specific ways of falling ill, naming the pathological condition, and addressing it, marked by the Westernization of their conceptions and experiences and by overcoming barriers to mental health services, which are accessible although with limitations regarding cultural relevance.

These dynamics revealed the transversal action of what we call structural racism, which hierarchizes people and knowledge, and which permeates ways of life, personal interactions, institutional dynamics, and both professional and popular knowledge. Racism can also manifest in conceptions that romanticize communal life and fail to explore its role in producing psychological distress.

We propose that the role of racism in the construction of mental disorders and their care exceeds the generally recognized forms, which focus on personal interactions between peers and between healthcare professionals and patients. While this form of racism persists, is harmful, ad requires concerted efforts to overcome it, it is important to identify other expressions of racism, such as the invisibilization of Indigenous individuals and collectives and the coloniality of knowledge.

It is important to clarify that the critical approach we chose to analyze the processes of deindianization or Westernization of the ways of life and forms of thinking of Indigenous youth, and their relationship with the construction and care of mental disorders, does not imply an essentialist stance that rejects cultural change. What we question are the conditions of that change, characterized by the hierarchization of knowledge and ways of life that render individuals and their needs invisible, and that favor an adaptation to hegemonic knowledge, which imply moving in the opposite direction of what the intercultural approach proposes.

Some of the psychological therapies and forms of self-care mentioned by the study participants show theoretical or procedural promises for the cultural diversity approach and against social inequality. For future research we suggest to assess their potential for developing decolonial approaches in the field of mental health and illness, and to strengthen interdisciplinary dialogues between psychiatry and psychology, on the one hand, and other social sciences, including sociology and medical anthropology, on the other, in order to transcend academic boundaries and to contribute to ongoing training for professionals responsible for mental health care.

Finally, we acknowledge that a limitation of this study was the difficulty we encountered in contacting the study participants which affected and reduced the variability of the sample. We attribute this difficulty to the double stigma surrounding self-adscription to an ethnic identity and the recognition of suffering a mental disorder, limiting visibility within the collectives of individuals with either of these characteristics. Another shortcoming was the limited availability of time for the research, which did not allow to conduct interviews with mental health professionals working in public social security or Ministry of Health institutions because of the time required for the institutional research approval. Also, due to time constraints, we could not explore in depth religious-related care; a form of care that emerged during the interviews. For future research, we recommend to incorporate therapeutic spaces and actors related to religion and spirituality, investigate the implications of gender in shaping care trajectories, and address mental health issues among diverse populations in terms of ethnicity, age, residence, and social class. Lastly, we acknowledge a typical shortcoming of biographical studies: the inability to contrast and complement participants’ narratives with other data sources, in order to achieve a more accurate understanding of how the care trajectories actually developed.

ACKNOWLEDGMENTS

To the Center for Research and Higher Studies in Social Anthropology (CIESAS) for the opportunity to participate in the Professors-Researchers and Guest Students Program during the sabbatical period in which the study that led to this article was developed. To the colleagues from the Medical Anthropology line at CIESAS-Pacífico Sur for their feedback on the project. To the institutions and organizations that facilitated contact with the study participants, and especially to the participants who generously shared their experiences.

SUPPLEMENTARY MATERIAL.

Systematization of the analyzed care trajectories (see Supplementary material).

Footnotes

FUNDING: This research was made possible by a 2022 Sabbatical Residency Complementary Grant for the Consolidation of Research Groups, awarded by the National Council for Humanities, Science and Technology (CONAHCYT).


Articles from Salud Colectiva are provided here courtesy of Universidad Nacional de Lanús

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