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. 2025 Oct 8;21:e5631. [Article in Spanish] doi: 10.18294/sc.2025.5631
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La praxis de la atención en salud mental y la manifestación del estigma: un estudio etnográfico en centros de salud mental de la Región del Biobío, Chile

Romina Jara-Ogeda 1, Pamela Grandón Fernández 2, Daniela Leyton Legües 3
PMCID: PMC13356486  PMID: 41513442

RESUMEN

En este artículo nos preguntamos cómo la praxis en salud mental reproduce el estigma hacia usuarios de los centros de salud mental en la Región del Biobío en Chile, partiendo del espacio relacional de las interacciones, donde el estigma se expresa y sostiene. Desde un diseño de investigación cualitativa con enfoque etnográfico, de junio a septiembre de 2018, se realizó observación participante en contextos formales e informales de los dispositivos de salud, entrevistas de tipo etnográfica y entrevistas semiestructuradas. Identificamos una constante tensión entre el modelo comunitario en salud mental, promovidas por las políticas de salud pública, y las formas biomédicas en la atención de usuarios con diagnóstico psiquiátrico, que impactan en la práctica cotidiana de atención del personal de salud y, por ende, en el tipo de intervención que los usuarios reciben en la interacción y participación en los dispositivos de salud. Dichas tensiones se manifiestan en al menos dos ámbitos: por un lado, en la preponderancia del modelo biomédico frente a otras prácticas médicas, impactando y constriñendo el ejercicio de su rol profesional; y, por otro, se expresa en las condiciones del trabajo que deben desempeñar los profesionales en salud mental, lo que los conduce a experimentar agotamiento. Sostenemos que ambos ámbitos, de manera interrelacionada, impactan en las trayectorias de atención en salud mental e inciden en la reproducción del estigma hacia personas que padecen enfermedades de salud mental.

PALABRAS CLAVE: Salud Mental, Trastorno Mental, Estigma Social, Sistemas de Salud, Etnografía, Chile

Introducción

Las personas con diagnóstico psiquiátrico son frecuentemente objeto de estigma lo que tiene múltiples y negativas consecuencias para los afectados1. El estigma alude al proceso de etiquetamiento, pérdida de estatus, y discriminación hacia personas que presentan una característica devaluada socialmente2. Para Goffman3, los procesos de construcción social son fundamentales para comprender el estigma. Este se configura a partir de atributos negativos que desvalorizan al individuo, reduciéndolo a estos y relegando a un segundo plano las demás características que lo definen, lo que permite que el estigma llegue a ser percibido como el rasgo identitario central de la persona. Este proceso de internalización del estigma, acompañado del comportamiento que se ajusta al rol de paciente, ha sido denominado por Goffman como la “carrera moral del enfermo”. Este concepto revela cómo, más allá del tratamiento clínico, el personal de salud contribuye -consciente o inconscientemente- a la construcción social del estigma y a la imposición de un rol restringido a las personas con diagnóstico psiquiátrico

Cuando las personas son definidas principalmente por su diagnóstico y se validan representaciones asociadas a la cronicidad, la incapacidad o la peligrosidad en la práctica cotidiana de la atención sanitaria, las y los profesionales de salud mental del nivel secundario de atención suelen reproducir el estigma hacia las personas con diagnóstico psiquiátrico4. Así, se materializan las concepciones de los miembros de los equipos de salud mental sobre los usuarios, las formas en que entienden lo que les sucede y cómo abordan sus situaciones, es decir, el modelo de atención que poseen y aplican en su práctica5.

En Chile, la política de salud mental está basada en el modelo comunitario de atención en salud mental, entendido como un conjunto de principios y prácticas necesarias para promover la salud mental de grupos y comunidades a través de, principalmente, la organización y estructura de los servicios sanitarios6. En el país, el nivel secundario de salud entrega cuidados a las personas con diagnóstico de trastornos mentales de mayor complejidad en las Unidades de Psiquiatría Ambulatorias, los Centros Comunitarios de Salud Mental (COSAM) y los hospitales de día7. Estos dispositivos de salud son del sector público que atiende a cerca del 80% de la población del país a través del Fondo Nacional de Salud (FONASA), que es un seguro estatal de salud8. El FONASA concentra gran parte de la población adulta mayor y vulnerable. Su cobertura es mayor en mujeres (81,2%) que en hombres (76,6%), y alcanza a más del 90% en los dos primeros quintiles de ingresos, mientras que en el quintil más alto se reduce al 37,9%9. Por recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) estos servicios deben estar en el territorio en el que residen las personas usuarias y sus comunidades, integrados a los servicios de salud general y contar con equipos multidisciplinarios. Desde esta perspectiva las y los usuarios son entendidos como sujetos integrales y autónomos, y lo que les sucede se deriva de aspectos no solo biológicos, sino que también psicosociales10. Las personas diagnosticadas con trastorno mental, en esta visión, habitan en un contexto social vulnerable y presentan distintas capacidades cognitivas, emocionales y relacionales que le hacen difícil afrontar las dificultades11. Este enfoque disminuiría la intolerancia y prejuicio y aumentaría la empatía y deseo de apoyo hacia las personas con diagnóstico de trastorno mental12.

No obstante, en la praxis sigue primando el enfoque o modelo biomédico de atención. De acuerdo con Menéndez13,14, la biomedicina se ha conformado como el modelo médico hegemónico (MMH) frente a otras formas de abordar los procesos de salud, enfermedad y atención, producto de conformaciones históricas, socioeconómicas y políticas particulares acaecidos en las sociedades occidentales. El MMH se caracteriza, entre otros aspectos, por una relación jerárquica entre médico-paciente, por la individualización y el reduccionismo del sujeto al desvincularlo de su contexto sociohistórico, y por un biologicismo exacerbado13,14. En el campo de la salud mental, el MMH aborda los llamados trastornos mentales, desde una lógica biomédica en la que estos se explican por una disfunción del cerebro, es decir, son enfermedades basadas en anormalidades genéticas y neurobiológicas y, por consiguiente, tienen la misma naturaleza que las enfermedades físicas; de ahí que su tratamiento se fundamenta en un adecuado diagnóstico y prescripción farmacológica, para los que se buscan signos y síntomas de la patología15. De esta forma, el sufrimiento de las personas se individualiza y despoja de su contexto sociocultural. En este enfoque jerárquico, el médico, en este caso el psiquiatra es quien tiene el mayor estatus, seguido por el psicólogo16. Ambos profesionales “psi” están legitimados socialmente para hacer diagnóstico psicológico o psiquiátrico, mientras que la prescripción médica es realizada por el psiquiatra. En este modelo, la persona termina siendo monitoreada desde la presencia o ausencia de síntomas17 que son cotejados en el manual diagnóstico DSM-5. La relevancia del diagnóstico y la medicación en la atención es tal, que otros profesionales terminan enfatizando estos aspectos pese a tener otras miradas sobre los usuarios16. En el personal de salud, se ha encontrado que este modelo aumenta el deseo de distancia social, disminuye la empatía e interfiere en la relación terapéutica con el usuario de salud mental18, lo que puede generar actitudes negativas y deshumanización hacia estos19,11.

Por tanto, los equipos de salud mental utilizan diversos modelos de atención, entre ellos, el modelo comunitario de atención en salud mental y el MMH, que se contradicen en su comprensión de los usuarios y la forma de abordar lo que les sucede. Al personal de salud mental se le solicita una comprensión integral del usuario desde el modelo comunitario de atención en salud mental, pero en la práctica se ven compelidos a funcionar bajo la lógica del MMH, lo que les genera tensión y termina tiñendo su experiencia de trabajo20,21. Consideramos entonces, que es importante tener en cuenta el impacto que tiene en los profesionales su trabajo en salud mental y estar atentos a sus necesidades, para evitar la afectación de su propia salud mental22.

Podemos destacar que, en Chile, aún es reducida la investigación sobre el estigma hacia los trastornos mentales entre el personal de salud. La mayoría de los estudios se han realizado con profesionales de atención primaria; estos presentan rechazo, desconfianza, minimizan los síntomas físicos de los usuarios y los ven como peligrosos23,24,25. Las pocas investigaciones con el personal especializado en salud mental muestran que también estigmatiza a los usuarios, pero lo hace desde interacciones que menoscaban y restringen sus derechos y posibilidades de participación en el tratamiento, lo que obstaculiza la recuperación26,27. Estos resultados son incipientes por lo que estimamos que se requiere mayor investigación para conocer cómo se presenta el estigma en este grupo de trabajadores, sobre todo teniendo presente que su reducción es parte del Plan Nacional de Salud Mental7.

El ingreso etnográfico a centros de salud mental en la región del Biobío

La realización de una etnografía para llevar a cabo la investigación, la sustentamos en la necesidad de explorar la manifestación del estigma desde la perspectiva de los profesionales en su contexto habitual de trabajo, permitiéndonos describir las situaciones ocurridas con base en la observación de las acciones de los propios protagonistas28. Asimismo, buscamos indagar en las ideas, creencias, significados, conocimientos y prácticas compartidas por un grupo particular29, en este caso, desplegadas en el contexto laboral cotidiano de los profesionales de la salud que trabajan en centros públicos de atención secundaria en salud mental de la región del Biobío. A partir del enfoque etnográfico, desarrollamos una descripción contextualizada sustentada en la observación participante28, aproximándonos a las interacciones sociales entre los profesionales. Los datos etnográficos surgen a partir de nuestro análisis e interpretación como equipo de investigadoras, respecto de la información producida mediante observaciones, entrevistas o conversaciones etnográficas y entrevistas semiestructuradas29.

El trabajo de campo etnográfico se realizó en dos de los tres Centros Comunitarios de Atención en Salud Mental (COSAM) y el único hospital de día situados en la Región del Biobío en el centro-sur de Chile. La elección se debió a que son centros de referencia para el tratamiento de personas diagnosticadas con trastornos mentales, y los tres lugares mencionados accedieron a participar en el estudio. El trabajo de campo se llevó a cabo durante tres meses, desde el 11 de junio al 11 de septiembre del año 2018, distribuyendo equitativamente entre los tres centros de salud el tiempo semanal de la observación participante.

Como equipo de investigadoras, coincidimos respecto a las formas de producción de conocimiento enfocadas desde el paradigma constructivista y crítico, que sostienen que las realidades son construidas localmente y en contexto, sin negar la existencia de aspectos estructurales que condicionan dicha realidad. Las interacciones entre las investigadoras y los participantes ocurren en distintos niveles de colaboración lo que nos permite comprender el fenómeno de estudio de manera co-creada, sin olvidar, de forma coincidente con las perspectivas críticas, que los hallazgos se encuentran mediados por valores, es decir, que nuestra posición e historia como sujetos afecta a todo el proceso de investigación30. En ese sentido, destacamos que el acceso al campo se vio facilitado por la formación profesional en psicología de la autora principal, quien había realizado previamente una pasantía profesional en un centro de salud aledaño, lo que ayudó a que los profesionales accedieran a participar de forma voluntaria y accedieran a la observación de sus interacciones cotidianas.

Las técnicas de investigación utilizadas para producir la etnografía correspondieron a la observación participante durante tres meses, entrevistas etnográficas en contextos informales de interacción con profesionales y entrevistas semi-estructuradas. La observación participante se efectuó en los espacios de interacción entre los profesionales; y entre profesionales y las personas que acuden a buscar atención. La participación se dió en espacios formales, tales como reuniones clínicas de cada equipo, reuniones de ingreso en hospital de día, actividades grupales y visitas domiciliarias; como también, en situaciones cotidianas de tipo informal como los horarios de colación de los profesionales. Las observaciones se complementaron con las entrevistas etnográficas, comprendidas como una conversación entre investigadora y participantes que ocurre en el contexto de la observación de manera casual, sin estar previamente definidas, pero guiadas por los objetivos de la investigación31. Estas se realizaron durante todo el trabajo de campo, buscando abrir e identificar temáticas emergentes, así como también, profundizar en temas que surgieron durante las observaciones.

Las entrevistas semiestructuradas se realizaron con la finalidad de profundizar en los temas emergentes del trabajo de campo etnográfico, tales como: experiencia de trabajo en salud mental; percepción sobre las instancias de reunión clínica; apreciaciones personales sobre funcionamiento de la farmacia de salud mental y prescripción de fármacos como práctica en salud; conceptualización y abordaje de “casos complejos”; y, por último, descripción y percepción sobre los talleres ofrecidos e instancias de visitas domiciliarias. Se llevaron a cabo cinco entrevistas semiestructuradas, realizadas a un representante de cada profesión con la que cuentan los dispositivos estudiados, correspondiendo a: una terapeuta ocupacional, una psicóloga, un asistente social, un psiquiatra y un técnico en enfermería de nivel superior. Todas las entrevistas semiestructuradas fueron grabadas en audio y transcritas, mientras que, para la observación participante y entrevistas etnográficas, se llevó a cabo un riguroso registro en el diario de campo, información que posteriormente fue transcrita. El material de campo producido por las distintas técnicas de investigación mencionadas fue sistematizado y sometido a un análisis de tipo temático.

De este modo, las unidades de análisis quedaron constituidas por el total de trabajadores y profesionales que brindan atención en salud mental en los centros de salud participantes, los que correspondieron a cuatro técnicos en enfermería de nivel superior, una enfermera, un médico general y seis médicos psiquiatras, tres terapeutas ocupacionales, ocho psicólogos, tres asistentes sociales y cuatro secretarias.

Por otra parte, la escritura del presente texto la elaboramos de manera colaborativa haciendo uso de diversas voces; a veces, a partir de la narrativa de la primera persona singular, ya que el protagonismo en el trabajo de campo lo tuvo la investigadora principal y, en otros segmentos, usamos el plural de la primera persona o la tercera persona en singular, buscando dar cuenta de la reflexividad en el proceso de investigación y en el análisis y la escritura conjunta. De este modo, la reflexividad como estrategia de validez, fue una práctica habitual entre el equipo de investigadoras. Mediante la reflexividad, buscamos no caer en interpretaciones paternalistas frente a colegas o usuarios o, por el contrario, denostativas hacia el tipo de trabajo realizado por el personal de salud. Consideramos que dicho posicionamiento, permitió generar confianzas con los participantes, para profundizar en la comprensión del fenómeno de estudio.

La validación desde la perspectiva de los participantes la realizamos a través de una jornada de devolución al equipo de salud, instancia en la que la investigadora principal, dio a conocer los resultados de la investigación, abriendo un diálogo y entregándoles el insumo producido, lo que fue bien acogido por el personal.

La investigación contó con los estándares éticos exigidos, tanto por el Comité de Ética de la Universidad de Concepción, como también por el Comité de Ética Científico del Servicio de Salud al que pertenecen los centros (orden No. 2164) al tratarse de una investigación con seres humanos en el ámbito médico. El estudio fue diseñado teniendo en cuenta los derechos de los participantes incluidos en La Declaración de Helsinki; por lo tanto, se contó con el consentimiento informado y voluntario de cada uno de los participantes, como también se aseguró la confidencialidad mediante el tratamiento anónimo de los sujetos y organismos involucrados. La protección de la información recabada estuvo a cargo de la investigadora principal, quien custodia los datos de manera anonimizada en un disco duro. Por otro lado, en congruencia a los estándares éticos solicitados por el Comité de Ética Científico, la investigación se enfocó solo en las perspectivas de los profesionales, lo que implicó tener un acceso a los usuarios solo en la relación establecida con el personal de la salud, y no de manera individual y autónoma.

El texto que presentamos surge de una investigación más amplia cuyo objetivo fue comprender cómo se presenta la estigmatización del personal de atención secundaria de salud mental hacia personas con diagnóstico de trastorno mental, en centros de salud mental de la Región del Biobío en Chile.

Resultados

Praxis en salud mental: la manifestación del estigma en la atención en salud mental secundaria

Con base en la investigación etnográfica realizada, en un trabajo anterior21 planteamos que la estigmatización hacia las personas con un diagnóstico de trastorno mental se desarrolla en su trayectoria de atención en salud, perpetuándose desde el funcionamiento y accionar cotidiano en los distintos niveles en que se organiza la atención en salud mental. Logramos pesquisar dinámicas de estigmatización vinculadas a los niveles macro, meso y microsociales que componen el sistema de atención, es decir, desde lineamientos estructurales del modelo de atención en salud, hasta prácticas cotidianas que manifiestan los profesionales que ejercen las labores en la atención secundaria.

Proponemos que es en estos distintos niveles desde los que se gesta una concepción limitada sobre las personas que padecen un trastorno de salud mental; sin embargo, identificamos que la imbricación entre los distintos niveles del sistema de atención incide no solo en la estigmatización hacia los usuarios, sino también en la práctica profesional y en las concepciones laborales que tiene el personal de salud sobre su quehacer y su propia salud mental, incidiendo en la reproducción del estigma.

Esto se observa a nivel macrosistema en lo que hemos identificado como una tensión entre modelos de atención en salud mental; es decir que se produce una disonancia entre lo discursivo dado por el modelo comunitario y la praxis en la atención médica y clínica dada por el modelo biomédico. Aquella disonancia también repercute a nivel mesosistema, es decir, lo que identificamos en la práctica institucional cotidiana, mediante las formalidades y estructuras para brindar la atención; como también a nivel microsistema, en lo que hemos identificado como una institucionalización de la identidad de los usuarios y la repercusión que tiene para el personal de salud trabajar en salud mental.

Tensión de miradas entre el modelo comunitario y el enfoque biomédico de atención a los trastornos mentales

El personal de salud valora el modelo comunitario de atención en salud mental, señalando un mayor impacto de la intervención en salud mental desde dicho lineamiento. Así lo hicieron notar en las reflexiones ocurridas en el contexto de las reuniones clínicas, como fue el caso de una madre de un joven diagnosticado con esquizofrenia hace aproximadamente cuatro años. La madre indicó que el taller de fútbol en el que participa su hijo ha impulsado cambios positivos en este. Los profesionales, al analizar posteriormente el caso, opinan que los talleres que ofrece el centro diurno han “levantado” a muchos usuarios (Notas de campo 12 de junio, 2018). Sin embargo, independientemente del reconocimiento de cierta eficacia de las intervenciones comunitarias, los profesionales reconocen la preponderancia de lo que se entiende como parte del modelo de atención biomédico, es decir, centrado en el individuo y en lo farmacológico, tal como menciona una de las psicólogas en entrevista semiestructurada:

Actualmente en lo que es sectores de salud mental -porque los COSAM los desaparecieron- por esta visión biomédica que impera estos últimos años, el psicólogo está en su oficina y ve un paciente tras otro y hace lo clásico que es de un psicólogo clínico, digamos: evaluaciones, terapia, diagnóstico, eso. Terapias más bien individuales, pocas grupales. Esto es una clínica donde la gente viene, pide su hora, ve a un profesional y se va; y ese profesional lo puede mandar donde otro y se va; y esos profesionales cada cierto tiempo tienen una reunión clínica donde hablan de este paciente y listo; eso no tiene el impacto que tiene un acercamiento comunitario. (Entrevista con psicóloga, 7 de septiembre de 2018)

En la práctica clínica es posible apreciar la vigencia del modelo biomédico en salud sobre el comunitario, lo que se expresa principalmente en el abordaje de “los casos”, como son llamadas las personas que solicitan atención por los profesionales. Estos acostumbran a monitorear los avances de “los usuarios” y se alegran y sienten satisfacción cuando observan el progreso. No obstante, el análisis de estos avances se suele centrar en lo farmacológico, es decir, en cómo los medicamentos han ido generando cambios positivos en el usuario o en cómo lograr que lo hagan, llevando a enfocar el tratamiento en subir dosis, modificar el esquema o barajar la posibilidad de añadir fármacos que tienen muy buena reputación dentro de este contexto como, por ejemplo, la clozapina. Así, las mejorías son atribuidas mayormente a lo farmacológico, y los profesionales lo destacan durante la reunión clínica:

Una vez que los usuarios abandonan la reunión clínica, [los profesionales] conversan sobre su evolución [del usuario], “está mucho mejor”, dice el psiquiatra y la psicóloga dice “ha cambiado su postura”, refiriendo a que el usuario mostraba menos rigidez corporal por la medicación. […] Revisamos el caso de un usuario que se encuentra internado en corta estadía, pero durante el día está en hospital de día. El psiquiatra le consulta sobre cómo está de apetito y sueño y pregunta por los “remedios”: “¿Quién te los da?”, a lo que el usuario responde que las personas de corta estadía. Cuando sale el usuario, se habla de su evolución, a lo que el psiquiatra comenta “qué ganas de darle clozapina, pero no tiene red de apoyo”, por lo que consulta a los colegas quién lo acompaña, le responden que su mamá, pero asistente social comenta “la madre es bien paranoide” y cuando consulta si es que ella recibe algún tipo de intervención, le dicen que no. (Notas de campo, 3 de julio de 2018)

En el caso anterior, si bien el equipo médico pesquisa la necesidad de que la madre del usuario esté involucrada en el tratamiento, debido a la complejidad y las repercusiones en la salud del usuario que puede tener el uso de la clozapina, no existen intentos por abordar temáticas familiares o activar redes para que la madre pueda recibir intervención de tipo psicológico, pese a que ellos ya la tienen “diagnosticada” como “bien paranoide”. De esta manera. el equipo percibe que solo su “paciente” es quien ingresó formalmente, y así el trabajo con las redes cotidianas, es decir lo social, no alcanza a ser visto como una parte de la intervención, sino solo como un contexto que otorga pistas, de lo que farmacológicamente se puede hacer o no. En ciertas situaciones, los profesionales se reconocen como equipos “clínicos” a los que les falta la mirada y el abordaje psicosocial; sin embargo, cuando un caso requiere fundamentalmente este tipo de enfoque, perciben que no le corresponde al segundo nivel de atención, barajando la posibilidad de que sea atendido por el primer nivel.

Dicha distinción entre casos clínicos y casos psicosociales implica que los primeros son los que deben ser atendidos por estos dispositivos de atención secundaria. Lo psicosocial, en cambio, no está integrado como aspecto esencial del sujeto y es percibido como un abordaje de menor complejidad. “Es que nosotros somos muy clínicos” es lo que responde la psicóloga, frente a la desazón del médico al señalar “no creo que ya valga la pena que se siga atendiendo”, refiriéndose al caso de una usuaria que no asume su diagnóstico psiquiátrico o “sin conciencia de enfermedad”, tal como lo catalogan los profesionales. A esto, la psicóloga añade que cree que es un caso de tipo psicosocial, por lo que la modalidad que tienen allí no se adecúa (Nota de campo, 9 de julio de 2018).

Esta diferencia consignada entre “casos clínicos” y “casos psicosociales” impacta en la oferta de tratamiento que desde el propio dispositivo se hace, pues pareciera ser que la complejidad que amerita el ingreso al nivel secundario de salud mental, desestima las variables psicosociales, reduciendo las alternativas de respuesta del COSAM a barajar alternativas farmacológicas que remitan o disminuyan síntomas clínicos, o bien hospitalizaciones de los usuarios cuando esta sintomatología no responde a los fármacos. Así se comienza a ver cómo la complejidad psicosocial, tan presente en usuarios con trastornos de salud mental, se delega a la esfera del primer nivel de atención, introyectando una visión desde el propio dispositivo del segundo nivel, en la que se disocia la necesidad de intervención de las problemáticas comunitarias y psicosociales, que sustentan e incluso perpetúan la sintomatología.

La tensión derivada de la coexistencia de ambos modelos permea el tratamiento, puesto que la fuerte presencia de la mirada biomédica lleva a que exista una naturalización de las explicaciones biológicas del comportamiento, lo cual contribuye a los prejuicios y discriminación19. Esto se vincula al carácter biologicista de la biomedicina, desde la cual el sujeto es abordado bajo una perspectiva reduccionista, al desprenderlo de su contexto social e histórico13,14, para sobrevalorar la explicación biológica de su padecimiento en desmedro a otras posibilidades que permitirían hacer frente al sufrimiento.

Asimismo, esta tensión entre la visión comunitaria y la biomédica se ve facilitada por las diferencias que se dan entre los lineamientos institucionales que promueven un abordaje más comunitario y los recursos que existen para ello, como menciona una de las profesionales:

Yo creo que las políticas macro en lo que es salud mental, no van por mal camino, sin duda, pero no se condicen con la realidad ¿entiendes? Entonces llegan acá manuales, destilados [risas], destilados del ministerio, y la verdad es que tú ves cosas que no se condicen ni con la población, ni con la realidad de la población, ni con los recursos y, por lo tanto, ni con la cantidad de funcionarios, porque los recursos, los funcionarios son parte de los recursos. Entonces hay muy pocos recursos, en realidad hay muy pocos recursos. Así que las ideas son buenas, pero la mayoría se quedan ahí no más. (Entrevista con psicóloga, 7 de septiembre de 2018)

Los lineamientos institucionales comunitarios sobre el trabajo en salud mental son valorados, pero vistos como impracticables por su inadecuación a la realidad y, sobre todo, a los recursos profesionales. En este contexto, en la práctica de asistencia, lo biomédico puede ser priorizado pues requiere menos recursos humanos para su implementación ambulatoria, lo que deja a los equipos de salud en una constante escisión entre lo discursivo y su práctica profesional. En resumen, el enfoque biomédico se presenta principalmente a través de cómo son entendidas las intervenciones y cómo se mide su impacto. Dicha perspectiva hace que el éxito de la intervención sea evaluado a través de variables ligadas a lo conductual, que denoten disminución de los síntomas, dejando de lado aspectos sociales de la recuperación y enfatizando el poder que ha tenido el fármaco sobre la mejoría32. Este modelo condiciona cómo los profesionales se refieren a los usuarios y cómo actúan con ellos. En este sentido, se observa que las etiquetas diagnósticas son la guía indiscutible para el abordaje en salud, y las personas son homologadas a estas etiquetas33, generándose una visión reduccionista del usuario34,35. La etiqueta permite encarnar el rol de “paciente”, lo que también es generado desde las formas de organización y estructura institucional, como veremos a continuación.

La praxis institucional del enfoque y modelo biomédico de atención

El modelo de atención utilizado tiñe la trayectoria de atención de los usuarios y prescribe formas de pensar y de tratarlos que pueden denotar estigma. El usuario, en primera instancia debe tomar el rol de “paciente” y reconocerse como “enfermo” de acuerdo con las apreciaciones clínicas que el equipo profesional define, junto con adherir al tratamiento que estos ofrezcan con base en el diagnóstico.

Las dependencias de salud mental poseen un espacio exclusivo al interior del recinto hospitalario desde el año 2010. Estas fueron pensadas para ser usadas como centros comunitarios de salud mental (COSAM), destinados a la atención ambulatoria y también como hospitales diurnos. Las construcciones se conservan en muy buenas condiciones, poseen un estilo moderno, generando la sensación de brindar una atención médica actualizada y de calidad. En dichos lugares, existen salas para efectuar talleres y reuniones (Notas de campo, 12 junio de 2018). Si bien las edificaciones poseen un buen mantenimiento y se presentan como entornos agradables para la atención, en el espacio clínico las jerarquías rígidas que conforman la relación médico paciente se dejan entrever.

Para las reuniones clínicas se sitúa una mesa en el centro, en la cual el equipo médico se ubica en grupo formando una fila y, frente a ellos, la silla donde se ubica el usuario que ingresa a exponer sus afecciones y síntomas. Algunos profesionales ven cómo esta disposición física del espacio podría impactar negativamente en los usuarios, tal como reconoce uno de los psiquiatras en la entrevista:

lo que puede llegar a impactarles un poco más es eso, de repente llegar y encontrarse -si es que no lo han analizado a priori- con diez personas, un auditorio de personas en donde ellos están solos ahí, o a lo más con un acompañante, en que van a tener que exponer su caso, y su persona, en el fondo, a un equipo de diez. Pero yo te diría que eso, si no se les ha avisado, puede llegar a ser un impacto. Si se les ha avisado, es mucho menor. (Entrevista con psiquiatra, 23 de octubre de 2018)

A su vez, el terapeuta ocupacional del COSAM cuando se le consultó en entrevista semiestructurada sobre su apreciación de las reuniones clínicas menciona: “igual yo lo encuentro medio invasivo, entrar y que estén ahí, todos al frente y el usuario solo, contando sus cosas, además, como que igual podría ser diferente… una mesa redonda o no sé… algo más amigable”. (Entrevista semiestructurada con terapeuta ocupacional, 7 de octubre de 2018)

Notamos que tanto las maneras de organizar el espacio, como la infraestructura del lugar, también van colaborando en la construcción del rol de “paciente” en salud mental, al ir generando diferenciaciones en los usos de los espacios, tal como sucede con la farmacia del centro de salud mental, la que es llamada en tono jocoso por diversos usuarios como “la farmacia de los locos”, conformado un punto de referencia para las personas que circulan por el lugar. Si bien el hecho de contar con una farmacia propia al interior del centro es visualizado como un recurso y como algo altamente positivo, por la comodidad que brinda a los usuarios su fácil acceso, también genera, a nivel social, una diferenciación entre el tipo de atención de salud general y el de salud mental.

Aquello nos lleva a considerar cómo las disposiciones materiales y espaciales van modificando las maneras en que el entorno percibe a los usuarios de salud mental. En este caso, se los separó de la farmacia general del recinto hospitalario y se los deja en un espacio social distinto, que se llega a reconocer de manera general como exclusivo para “los locos”. En este mismo sentido, podemos añadir que el espacio de la reunión clínica antes mencionada es otra instancia de interacción fundamental en la que desde el ingreso del “paciente” se remarcan las diferencias de jerarquía y de roles en la dinámica de la interacción clínica, ayudando a producir y acatar el etiquetamiento.

Asimismo, las dinámicas de tensión en la praxis institucional no solo se ven afectadas por la infraestructura y equipamiento de los espacios, sino que también resultan relevantes las formas de administración y financiamiento de los centros, y así lo hace notar una de las profesionales entrevistadas:

en realidad hay muy pocos recursos […] porque, por ejemplo, acá debería haber muchas más residencias protegidas, muchas más, ¡y no hay residencias protegidas que sean del ministerio!, son residencias protegidas que son privadas, y como son privadas igual siempre esperan sacar una tajada. Entonces hay pacientes que han tenido que ser retirados porque no estaban bien atendidos, pagando además una buena, buen precio. Yo creo que debería haber más residencias protegidas; pero para eso también necesitas más personal del servicio público que pueda atender esas residencias protegidas, ¿me entiendes?, es por ponerte un ejemplo. (Entrevista con psicóloga, 7 de septiembre de 2018)

En Chile las formas de administración y financiamiento de la salud mental se producen de manera mixta, concentrando la atención en los centros de salud de carácter público, pero recurriendo también a entidades privadas que reciben financiamientos públicos por medio de licitaciones. Estas formas burocráticas e institucionalizadas impactan en las experiencias y trayectorias de atención de los usuarios, como bien lo señala el personal de salud, condicionando las posibilidades de acompañamiento de los usuarios. Al respecto, Jenkins36, analizando la situación de EEUU, logra dar cuenta de las incidencias que provocan en las continuidades y discontinuidades de los tratamientos las modificaciones presupuestarias y administrativas de centros de salud mental, afectando en las posibilidades de recuperación.

La trayectoria de atención en salud mental como institucionalización de la identidad de los usuarios y afectaciones en el quehacer del personal de salud

En este nivel apuntamos directamente a los estereotipos, prejuicios y conductas estigmatizadoras que los profesionales ejercen hacia los usuarios y que contribuyen a una institucionalización de su identidad, la que comienza a asociarse casi en su totalidad, con el diagnóstico que se la ha asignado a la persona. Lo anterior, dificulta el proceso de intervención y de recuperación del sujeto usuario de salud mental.

Asimismo, podemos observar que la aplicación de un tratamiento centrado, fundamentalmente, en un aspecto del usuario, como es la intervención farmacológica, favorece la “cronificación de los pacientes” en salud mental, entendida como la generación de una dependencia prolongada del usuario respecto a la atención en salud mental, derivada de intervenciones limitadas que no abordan la complejidad del contexto social del usuario21. La cronificación se relaciona con una percepción pesimista sobre las posibilidades de recuperación de los usuarios37. Esta visión influye en las alternativas de intervención que se ofrecen a la persona y merma su propia esperanza en salir adelante, lo que termina impactando en su recuperación. Las dificultades en la intervención y lo magro de los logros son consignadas por el personal como agotadoras, conduciéndolos a generar variadas estrategias de afrontamiento en pro de su bienestar.

Los procesos de institucionalización de la identidad de los usuarios en la trayectoria clínica

La institucionalización de la identidad se da, principalmente, mediante el ejercicio del papel de “paciente” ligado al diagnóstico psiquiátrico, lo que se vincula, como hemos mencionado con anterioridad, a que el usuario debe asumir y demostrar su “conciencia de enfermedad”.

En la reunión clínica, en general, los usuarios son emisores de sus vivencias, síntomas y afectaciones psicológico-psiquiátricas ante el equipo de salud, lo que los conduce a un rol mayoritariamente de receptores de las indicaciones y conclusiones profesionales; no obstante, en ocasiones, estos consultaban sobre los efectos de los medicamentos y los profesionales les respondían generalmente de una manera que desviaba la preocupación enunciada, o que devolvía al usuario la importancia de tomarse sus medicamentos, basándose en la ayuda que estos les brindarían. En la reunión clínica del 6 de agosto de 2018, el psiquiatra le responde a una usuaria que pregunta por dificultades para dormir, diciéndole que eso puede corregirse con un medicamento, a lo que ella indica que cree que quizás los medicamentos no la ayudan o le hacen mal, porque cree que ya son muchos, a lo que el psiquiatra le dice “son solo dos tabletas, de salud mental al menos son esas” cerrando la interacción, sin dar espacio a la usuaria para contrapreguntar o negociar el tratamiento.

En este sentido, durante una entrevista al psiquiatra le consulté explícitamente sobre la actitud de los pacientes al ser receptores de prescripciones farmacológicas:

Eh, a ver, yo creo que depende del paciente. Por eso, tú tienes que haber visto que hay pacientes que no, no tienen, digamos, mucha conciencia de lo que significa un tratamiento, las dosis. Entonces, por eso se implementa este sistema de los pastilleros, ¿no cierto?, en que lo trabaja la terapeuta ocupacional con los familiares y, a veces, con el mismo paciente. Ahora, nosotros tenemos una pequeña, entre comillas, desventaja en psiquiatría, que la polifarmacia es como la regla, es muy raro que un paciente esté con un solo medicamento; y eso no es porque queramos resolverlo todo con medicamentos, sino que porque la especialidad es así nomás. Entonces, de repente, claro, hay algunos pacientes que pueden llegar a sentir un cierto agobio, ¿no cierto?, respecto a tener como, no sé, tres o cuatro medicamentos que tomarse en el día y en distintas horas. Pero ese es un mal, llamémoslo así, o una característica propia de la especialidad; que yo diría que la polifarmacia es casi la regla. Y la monofarmacia es la excepción, o sea un paciente que está con un solo fármaco es la excepción. (Entrevista con psiquiatra, 23 de octubre de 2018)

Esta minimización de la posición del usuario no solo se observa en la prescripción farmacológica, sino que permea toda la trayectoria de atención38, afectando las posibilidades de tratamiento y recuperación. Los usuarios enfrentan restricciones en su participación, lo que vulnera sus derechos en la atención de salud39,40. La percepción de los usuarios está ligada a prejuicios sobre sus capacidades; estos son vistos como inhábiles y, por tanto, necesitados de protección y cuidados lo que genera actitudes paternalistas y/o extremadamente compasivas41,42. Esta práctica no se condice con lo que se propone en teoría desde el modelo comunitario de atención en salud mental, que considera como un valor-principio la participación del usuario y su familia en el tratamiento, es decir, legitima el saber del otro desde una relación horizontal y dignificadora43. Por otra parte, el enfoque biomédico supedita la visión del usuario al equipo de salud, quienes son los que saben y, por tanto, acrecienta las jerarquías en un plano de diferencias de poder44, lo que no da cabida a la negociación de tratamiento.

Es frecuente escuchar, en las instancias de reunión clínica, que los profesionales apelen a la necesidad de que el usuario cuente con “conciencia de enfermedad”, es decir, que la persona, una vez diagnosticada, debiera ajustar su conducta y concepción de sí misma, sobre la base de la etiqueta de salud mental asignada por el criterio profesional, que se sustenta principalmente en manuales estadísticos de enfermedades y problemas de salud como el CIE-10. Cuando la persona no posee “conciencia de enfermedad” el equipo profesional aboga para que surja, considerando que es un aspecto central para lograr éxito en la intervención. Ejemplo de ello es el intercambio en la reunión clínica, en el que la asistente social recuerda cómo se veía la usuaria antes y dice:

Ahora se le ve más como paciente, antes venía por cosas puntuales nomás a preguntar acá, a lo que la psicóloga dice: “no había conciencia de enfermedad” y como equipo valoran el trabajo hecho por los profesionales del hospital de día sobre el tema, tanto con la usuaria como con la familia. (Reunión clínica, 23 de julio de 2018).

Otra usuaria en el contexto de la reunión clínica pregunta sobre la posibilidad de que la ansiedad que está sintiendo sea efecto de un medicamento y el psiquiatra le menciona: “la medicación te está ayudando, no perjudicando”. Acto seguido el médico le consulta sobre sus hijos y si se siente capacitada para cuidarlos, cerrando la entrevista y agradeciéndole que haya venido le indica: “hagamos caso”, lo que alude al hecho de la toma de fármacos. (Notas de campo, 19 de junio de 2018)

En síntesis, puede apreciarse que, si bien la propuesta teórica apunta al abordaje comunitario, en la práctica suele mantenerse una fuerte tendencia a delegar el poder en el profesional, lo que promueve una mirada paternalista que menoscaba la autonomía y las capacidades del usuario, quedando este último supeditado a las indicaciones médicas, tal como puede apreciarse en las diversas situaciones de reunión clínica.

El impacto del trabajo en salud mental en los profesionales y sus estrategias de afrontamiento

La complejidad de las situaciones de vida de los usuarios, que exceden las posibilidades de intervención desde lo farmacológico y requieren un abordaje psicosocial, sumado, por un lado, a la limitada oferta de intervenciones psicosociales y, por otro, a la constante tensión entre el modelo que se promueve discursivamente y aquel que se impone desde lo estructural y cotidiano, contribuye a generar en los profesionales una visión limitada acerca de sí mismos en su rol y su alcance en la intervención. Esto repercute en el ejercicio profesional, facilitando el agotamiento a nivel afectivo y cognitivo. El trabajo en salud mental va generando distintos sentimientos en los profesionales, entre los que predominan la pena y la rabia. En palabras de una profesional, lo que resulta más agotador para ella es:

Que los casos que se ven son complejos, hay problemas de todo tipo y a mí la verdad es que me genera pena… a cualquiera le puede pasar tener una patología de salud mental, yo tengo hijos, no sé qué les pueda pasar más adelante, a veces doy gracias de que en mi familia está todo bien. Más que nada es eso, el trabajar con problemas de personas. (Entrevista con asistente social, 10 de agosto de 2018)

La rabia, por otro lado, parece estar ligada a los usuarios que no siguen los requerimientos del equipo, lo que genera desgaste, en tanto la pena surge ante casos donde su situación vital es desfavorable. El psiquiatra, en una de las reuniones de equipo, analiza lo que les ocurre ante el caso de una usuaria (Ana) a la que se piensa nuevamente “encuadrar”, es decir, establecer, marcar o reforzar los límites y lo esperado como paciente de salud mental. Para ello, se la compara con otra usuaria (Berta), que estaba citada para ese mismo día y que igualmente faltó y que más o menos asiste con la misma intermitencia, pero que, pese a ello, no los ha llevado a replantear el trato y el “encuadre” que harán. En ese contexto el médico le pregunta al equipo:

“¿Qué diferencia hay entre Berta y Ana?, que Berta nos genera pena y Ana nos genera rabia, tenemos que manejar eso, es parte del burnout de nuestro trabajo”. Frente a ello, los colegas comparten la apreciación y luego el psiquiatra suspira diciendo: “quedamos cansados con el caso… y solo con hablarlo”. (Notas de campo, 25 de junio de 2018)

Existen instancias en que los casos conmueven a los profesionales y los afectan a nivel emocional, cuando por algún motivo la vivencia del usuario resuena con el profesional en un ámbito más personal. Como es el caso de una usuaria de 50 años, aproximadamente, que acude acompañada de su pareja. Posterior a la entrevista, el equipo comenta lo impactante del relato de la usuaria. Una psicóloga del equipo dice:

...“a mí personalmente me afectó mucho sentir el sufrimiento de ella” y el médico comenta: “ella está sufriendo de verdad ah”, a lo que otra de las psicólogas participantes de la reunión añade: “ay a mí me da pena él, me acordé de un tío que está así, tan enamorado de su esposa y la acompaña y sufre porque ella no está bien”. Luego, una asistente social pregunta: “¿Qué hacemos?” Y el psiquiatra, que se integró a mitad de la entrevista, comenta que él cree que el diagnóstico efectivamente es una esquizofrenia. (Notas de campo, 21 de agosto de 2018)

Los efectos que produce la pena en los profesionales también dependen de las estrategias de afrontamiento que cada uno posea y de cómo las implemente. Existen quienes la evaden y se enfocan en volver a lo práctico y definir alguna acción concreta respecto al usuario, mientras otros son movilizados por este sentimiento y se involucran más allá de lo esperado en su rol, como menciona una de las profesionales:

A mí me da pena, se ve tanto problema, que a veces me afecta harto y eso mismo hace que trate de ayudar a veces más allá de lo que correspondería, por ejemplo, si veo un paciente con problemas y me voy dando cuenta que no tiene pega [trabajo], tiene niños chicos, voy y le compro yo cosas, pero después le digo que lo gestioné con otros y se le mandaron a él ¿me entiendes? O a veces he ido a verlos a la casa así en mi vehículo nomás si ¿qué me cuesta? Y no es tanto por asistencialismo, es más que nada porque si yo puedo ayudar, ¿por qué no hacerlo? (Entrevista con asistente social, 10 de agosto de 2018)

Este sentimiento puede llevar a los profesionales a tener actitudes positivas hacia los usuarios45,46, las que en ocasiones se traducen en excesiva compasión42. Por otra parte, el agotamiento cognitivo, alude al cansancio que genera la carga administrativa propia de trabajar en salud y, a su vez, al esfuerzo intelectual que implica el análisis clínico constante de los casos atendidos. Sumado a ello, el hecho de contar con una agenda copada constantemente por el gran número de usuarios que se deben atender produce que deban realizarse múltiples atenciones individuales por día, sin contar con mayor espacio para descomprimir y generar pausas entre cada una, lo cual es percibido como estar “atomizados” y se conceptualiza como algo que resulta desagradable.

Otro aspecto que también se incluye dentro de este tipo de agotamiento, son los efectos que producen actitudes de usuarios que sean categorizadas como de difícil manejo para el profesional como los casos de “encuadre” que mencionamos anteriormente. Resulta común que los profesionales mencionen “me dejó agotado”, tal como señala el psiquiatra, haciendo alusión a que un usuario estaba muy verborreico y eso dificultaba el poder controlar sus turnos de habla en la entrevista (Notas de campo, 19 de junio de 2018). De aquí desprendemos que lo que agota es aquello que no permite el fluir habitual de la dinámica de entrevista y que demanda que el profesional deba modificar su actuar, ajustándose a la situación, lo que implica un mayor esfuerzo. Esto puede impactar en que se extiendan las jornadas de reunión pues las situaciones son complejas de abordar.

El agotamiento también es producido por las distintas destrezas que deben desplegarse al trabajar en salud mental. Esta es un área de desempeño en la que se debe poner mucha atención sobre qué se hace y cómo se hace, por ende, requiere contar con competencias tanto técnicas como socioemocionales. El trabajo se percibe como difícil por lo demandante, y se necesitan capacidades que exceden lo habitual. Sumado a ello, en este trabajo, se requiere ser integral, en el sentido de que haya un equilibrio entre lo técnico y lo personal. Es decir, requiere prestar atención tanto al entorno como a sí mismo, lo cual en ocasiones vuelve desgastante la labor y está claramente plasmado en las palabras de uno de los profesionales durante la entrevista semiestructurada:

Aparte de tener que estar pendiente de la cosa técnica, de lo que es formular la hipótesis diagnóstica, hacer el planteamiento del tratamiento, hay que también estar muy atento a uno mismo, ¿no cierto?, a lo que a uno le está pasando… porque los pacientes generan emociones, generan, no cierto, lo que se conoce como “contratransferencia”. Entonces es un trabajo doble, ¡un trabajo doble que también se hace con los otros pacientes! También uno tiene que estar pasando: “A ver, bueno, este es esquizofrénico, ¿estoy metiéndome realmente en su caso clínico?, ¿estoy logrando llegar a lo…?”, si es que eso no ocurre. Pero es mucho menos dificultoso que en este otro caso, en los otros casos de trastornos de personalidad, por ejemplo, en que tú tienes que echar mano a todas tus herramientas terapéuticas para mantener la neutralidad que es sumamente necesaria para lograr el éxito de estos casos. Ahora, dependiendo de la experiencia, de la edad, del tiempo que uno lleve, esto se tiende a hacer de manera más automática, ¿ya? Pero cuando uno, de repente, está entrampado o sientes que como que algo está pasando que no está funcionando, tienes que detenerte un poquito y empezar a ver: “bueno, a ver, ¿qué me está pasando?, ¿cuál es la contratransferencia? (Entrevista con psiquiatra, 23 de agosto de 2018)

El agotamiento producido por trabajar en salud mental, sobre todo lo emocional, es reconocido por los profesionales como un “gaje del oficio”, es decir, como parte de la responsabilidad que les toca asumir como trabajadores de la salud. El agotamiento emocional sería un efecto inevitable, al tener que espectar y/o conectar continuamente con sintomatologías, comportamientos y/o condiciones psicosociales adversas, que denotan el sufrimiento de las personas que atienden.

Por ello, se han implementado ciertas estrategias que permitan la descompresión en los trabajadores, generando instancias que denominan de “autocuidado”, las cuales tienen una frecuencia mensual, en la que destinan media jornada a hacer algo juntos de carácter extralaboral como, por ejemplo, salir a comer a un espacio externo distinto. Esta instancia es financiada de forma mixta, con aportes desde la institución y desde los trabajadores, buscando crear interacciones desde la distención y poder brindar así espacios de relajo compartido.

Por otra parte, frente al agotamiento descrito, otro de los aspectos que los profesionales reconocen y valoran como un factor protector son los espacios de interacción existentes entre colegas dentro de la praxis laboral, como los análisis conjuntos que se llevan a cabo en las reuniones clínicas. Dicha instancia laboral, se vive también como un espacio para el llamado “autocuidado”, destacando que allí pueden hablar de lo que les sucede con determinado usuario y, en ocasiones, también emplear sentido del humor entre colegas, como forma de limitar la carga afectiva que acarrea su trabajo.

No obstante, se observa que en algunos profesionales este agotamiento emocional, al ser cotidiano y continuo, como un mecanismo de defensa, desemboca en que se desconecten de la emocionalidad y sufrimiento que presentan las personas atendidas. Lo anterior lleva, en algunos casos, a una estandarización y automatización de los procesos de atención e intervención, ya que se tiende a percibir como homologable, la conducta, el comportamiento y los síntomas de los distintos usuarios, limitando de este modo, que se pueda hacer un ejercicio de comprensión fenomenológica de la experiencia de cada persona que busca atención.

Asimismo, consideramos que esto puede desensibilizar al profesional, quien tenderá a enfocarse más en el síntoma y el diagnóstico que en la experiencia individual de la persona. Así se incrementa el riesgo de deshumanizar los procesos de atención y de perpetuar el estigma, al reforzar estereotipos sobre cómo puede y debe ser un usuario de salud mental.

Discusión

Los hallazgos presentados en esta investigación permiten reflexionar sobre las tensiones y contradicciones que emergen entre el enfoque biomédico y las perspectivas en salud mental comunitaria. Particularmente, se ponen en evidencia las dificultades y las convergencias entre un discurso institucional que no se condice necesariamente con la práctica de atención en salud mental20,21. Observamos que la implementación del modelo comunitario de atención en salud mental, si bien forma parte de una adecuación de los servicios de salud mental a las desigualdades y diversidad de la realidad sociocultural47, aún no logra consolidarse plenamente48.

Esto se sostiene en la oposición entre el modelo biomédico de atención y el modelo comunitario. Esta tensión permea no solo el tratamiento de las personas que padecen un trastorno en salud mental, sino que también afecta el ejercicio laboral, médico y de atención que realiza el personal de salud mental20,48. En el plano declarativo, la atención se guía por un modelo comunitario de salud mental, mientras que, en la práctica, sigue primando la perspectiva biomédica que conforma el modelo médico hegemónico13,14 que, en el ámbito de la salud mental, basa su modelo explicativo en la enfermedad y los desequilibrios neuroquímicos, por sobre los determinantes sociales que pueden incidir en los padecimientos49, naturalizando las causas biológicas del comportamiento y contribuyendo a la reproducción de prejuicios hacia las personas diagnosticadas en salud mental19.

La primacía de lo biomédico sobre lo comunitario50 repercute en la tensión identificable entre el abordaje clínico versus el psicosocial, siendo este último asociado a lo comunitario. Aunque valorado por el personal de salud mental, dicho enfoque es percibido como difícilmente aplicable frente a la realidad social y económica de la población atendida, así como por las limitaciones de recursos económicos y profesionales con que cuentan los servicios de atención. Esto puede traducirse en que el contexto social en el que vive el usuario aporta antecedentes relevantes para determinar el tipo de tratamiento farmacológico; sin embargo, la dimensión psicosocial no es integrada como un aspecto esencial del sujeto, sino que se la considera como un elemento secundario en el ejercicio terapéutico49.

Asimismo, las dificultades o contradicciones mencionadas forman parte de desigualdades estructurales que implican el sometimiento del personal de salud mental a una sobrecarga laboral47. Tal como emerge en el estudio, el trabajo en salud mental implica un desgaste persistente en quienes lo ejercen, fenómeno ampliamente señalado en la literatura51. El denominado síndrome de burnout, entendido como una experiencia de agotamiento emocional y desgaste profesional, aparece con particular fuerza en el personal de salud mental52. Sin embargo, más que un rasgo individual, este agotamiento se configura en relación con las condiciones mismas de la práctica: atender a personas cuyas problemáticas son complejas y de difícil resolución, y los avances se perciben como lentos o casi imperceptibles, lo que instala en los equipos la sensación de límite e impotencia51,53.

En este marco, los usuarios que se resisten a las lógicas institucionales -aquellos que no se ajustan a los encuadres o a las prescripciones biomédicas- tensionan aún más la labor cotidiana. Lejos de ser meros “pacientes difíciles”, encarnan el recordatorio de que las normas del sistema no siempre logran contener la diversidad de trayectorias vitales, lo que a la vez incrementa el esfuerzo requerido por los equipos y expone a estos usuarios a mayores riesgos de ser estigmatizados54.

El agotamiento del personal de salud mental también se nutre del contacto constante con el sufrimiento humano en un contexto de demandas técnicas y personales elevadas. Aunque son reconocidos como especialistas, muchos perciben no disponer de las herramientas necesarias para sostener este trabajo, lo que refleja la tensión entre las expectativas sociales depositadas en su rol y las posibilidades reales que ofrece el sistema. Esa tensión se agrava en escenarios como el chileno, donde la salud mental recibe históricamente escasos recursos: en 2021, apenas un 1,7 % del presupuesto de salud fue destinado a este ámbito55. Esta precariedad estructural se traduce en sobrecarga, agendas copadas y demandas imposibles de abarcar, reforzando un ciclo de desgaste y malestar que ha sido descrito también en otros contextos56,57.

Es importante subrayar que el personal de salud mental no permanece pasivo frente al agotamiento, sino que despliega distintas estrategias para afrontarlo. En este estudio, una de las más relevantes fue el recurso al apoyo social en el entorno laboral, entendido como una forma de enfrentar el estrés que ofrece ventajas significativas a quienes la utilizan58,59. Espacios institucionalizados como las instancias de “autocuidado” o las reuniones clínicas adquieren aquí un valor particular: más allá de su dimensión técnica, se constituyen en lugares donde los profesionales pueden socializar con sus pares, compartir experiencias y poner en común las emociones que suscita el trabajo cotidiano. Estos momentos, al habilitar la circulación de la palabra y la empatía entre colegas, cumplen una función de contención y alivio frente a las tensiones del día a día60.

Otra estrategia que emerge con fuerza es la insensibilización frente a los problemas de los usuarios61,62. Si bien permite a los profesionales crear una cierta distancia emocional que amortigua el impacto del sufrimiento ajeno, sus efectos se trasladan directamente al vínculo con quienes reciben la atención. Esta forma de afrontamiento puede erosionar la relación terapéutica, repercutiendo en la adherencia al tratamiento, la satisfacción con la atención y, en última instancia, en los propios procesos de recuperación63. El círculo se cierra cuando la frustración del personal de salud mental ante la percepción de estancamiento o cronificación de algunos usuarios alimenta nuevas formas de estigmatización: los usuarios son vistos como responsables de su falta de avance, lo que refuerza actitudes negativas hacia ellos y tensiona aún más el horizonte de la recuperación, lo que habría que seguir investigando.

Conclusiones

El estigma hacia las personas con diagnóstico psiquiátrico por parte del personal de salud se ancla en la trayectoria de atención en salud mental. Esta trayectoria se ve cruzada por aspectos macrosociales ligados a la tensión entre dos modelos de atención: el modelo comunitario de atención en salud mental y el modelo biomédico. El primero es impulsado por las políticas de salud mental del país7, en tanto el segundo está incrustado en las prácticas habituales de trabajo. Los determinantes sociales de la salud mental, en la praxis cotidiana, son escasamente abordados, quedando lo psicosocial supeditado a lo biomédico. Este modelo comprende y aborda el sufrimiento de forma tal que el saber técnico asociado al diagnóstico y la prescripción de medicamentos es lo central, lo que tiene como consecuencia, por una parte, que saberes de otros profesionales sean subvalorados y, por la otra, que en la atención se resta participación a las personas diagnosticadas en su tratamiento. Restar protagonismo al usuario es una forma de estigmatización, pues denota una visión que menoscaba sus capacidades y potencialidades, lo que puede afectar su recuperación, contribuyendo a su cronificación.

Por otra parte, el modelo biomédico, al enfatizar el diagnóstico y el tratamiento farmacológico, prioriza la necesidad de que el usuario tenga “conciencia de enfermedad”, entendida como la aceptación de su identidad de “paciente” y adopte las prescripciones médicas sin cuestionamiento. De modo que, las presiones ejercidas por el equipo para seguir el tratamiento pueden ser consideradas como coerción, una de las formas en que se ejerce el estigma64.

Las tensiones entre estos modelos también se expresan en la forma en que el sistema de salud organiza y administra los recursos. Se predica por la aplicación de un modelo comunitario de atención en salud mental pero, de acuerdo a los profesionales, se asignan recursos insuficientes para su implementación, mientras que al personal de salud mental se le exige de acuerdo a parámetros centrados en la consulta individual. En el ejercicio de su cometido, el personal de salud se escinde entre lo solicitado y sus posibilidades reales de cumplimiento. Esta situación contribuye a generar en los profesionales una visión limitada acerca de sí mismos, en su rol y su alcance en la intervención; lo que sumado a las dificultades que conlleva trabajar con el sufrimiento humano, en un rol donde las demandas técnicas y personales que requiere su ejercicio son altas, parece inevitable el desgaste profesional. Este, a su vez, impacta en la relación con los usuarios, lo que facilita la estigmatización65. No obstante, el personal de salud mental ha desarrollado estrategias de afrontamiento que le facilitan sobrellevar estos desafíos, es decir, tiene un papel activo. Hay estrategias más personales, como la evitación, y otras más colectivas, basadas en lo que los equipos denominan como “autocuidado”. Este cuidado es una estrategia centrada en poder liberarse de las tensiones cotidianas del trabajo, afianzando las relaciones de confianza entre el personal de salud a través de una actividad generalmente de recreación. Por su parte, las reuniones clínicas no solo tienen una connotación técnica, sino que representan la posibilidad de contar con apoyo social en el entorno laboral, y desde esa perspectiva son parte de estrategias de cuidado entre el personal de salud. En un ambiente laboral donde se trabaja en equipo, es decir, de manera colaborativa, el cuidado no puede ser una tarea individual, sino que debe -y en la práctica lo es- una labor colectiva. Cuidarnos implica confianza, reciprocidad y apoyo mutuo. De esta manera, se pueden enfrentar mejor los retos que supone un trabajo agotador.

En esta investigación, el estigma, más que asociado a estereotipos o actitudes individuales, aparece anclado en aspectos macro, meso y microsociales, dados por el modelo de atención y la estructura del sistema de salud, lo que impacta en las prácticas cotidianas de los profesionales, particularmente en su conceptualización de lo que les sucede a las personas con diagnóstico en salud mental y cómo abordarlo. Por tanto, si queremos disminuir la estigmatización, es importante que miremos el sistema donde se genera y pensemos en intervenciones que impliquen incorporar modificaciones en su interior. Mientras sigamos abogando por una mejora en las actitudes del personal de salud mental hacia sus usuarios y olvidemos el entramado social y político que da sentido a estas actitudes y conductas estigmatizantes, los cambios serán acotados. Además, es fundamental considerar las repercusiones que tiene para el personal de salud trabajar en salud mental, es decir, los desafíos que presenta esta labor deben ser considerados, no solo para prevenir el agotamiento de los profesionales, sino también para reducir las repercusiones en el trato interpersonal con los usuarios, propio del desgaste laboral.

Agradecimientos

Las autoras agradecen el aporte del personal de salud participante en la investigación

Funding Statement

Este estudio fue financiado por el Fondo Nacional de Investigación Científica de Chile, proyecto FONDECYT nº1171287 “Diseño, implementación y evaluación de una intervención para disminuir la estigmatización de los funcionarios de salud hacia persona con trastornos mentales severo” (2017-2019), de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), Gobierno de Chile.

Footnotes

Financiamiento: Este estudio fue financiado por el Fondo Nacional de Investigación Científica de Chile, proyecto FONDECYT nº1171287 “Diseño, implementación y evaluación de una intervención para disminuir la estigmatización de los funcionarios de salud hacia persona con trastornos mentales severo” (2017-2019), de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), Gobierno de Chile.

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The praxis of mental health care and the manifestation of stigma: an ethnographic study in mental health centers in the Biobío Region, Chile

Romina Jara-Ogeda 1, Pamela Grandón Fernández 2, Daniela Leyton Legües 3

ABASTRACT

In this article, we inquire into how mental health praxis reproduces stigma toward users of mental health centers in the Biobío Region of Chile, focusing on the relational space of interactions where stigma is expressed and sustained. Based on a qualitative research design with an ethnographic approach, from June to September 2018 we conducted participant observation in both formal and informal contexts of health services, as well as ethnographic and semi-structured interviews. We identified a persistent tension between the community mental health model promoted by public health policies and biomedical approaches to the care of users with psychiatric diagnoses. These tensions shape the daily practice of health personnel and, consequently, the type of interventions that users receive in their interactions and participation within health services. They manifest in at least two dimensions: first, in the predominance of the biomedical model over other medical practices, which impacts and constrains the exercise of professional roles; and second, in the working conditions faced by mental health professionals, which lead them to experience burnout. We argue that both dimensions, in their interrelation, influence trajectories of mental health care and contribute to the reproduction of stigma toward people living with mental health conditions.

KEYWORDS: Mental Health, Mental Disorder, Stigma Social, Health Care System, Ethnography, Chile

Introduction

People diagnosed with psychiatric disorders are frequently subjected to stigma, which has multiple and negative consequences for those affected.1 Stigma refers to the process of labeling, status loss, and discrimination against individuals who exhibit a socially devalued characteristic.2 According to Goffman,3 the social construction processes are essential to understanding stigma. It is shaped through negative attributes that devalue the individual, reducing them to those traits and relegating other defining characteristics to the background. This reduction allows the stigma to become perceived as the person’s core identity trait. This process of internalizing stigma, along with the behavior that aligns with the role of the patient, has been described by Goffman as the “moral career” of the mentally ill. This concept reveals how, beyond clinical treatment, health care personnel contribute - consciously or unconsciously - to the social construction of stigma and to the imposition of a restricted role on people with psychiatric diagnoses.

When individuals are primarily defined by their diagnosis, and representations associated with chronicity, incapacity, or dangerousness are reinforced within daily health care practices, mental health professionals in secondary care settings often reproduce stigma toward people with psychiatric diagnoses.4 In this way, the conceptions held by mental health teams about their users are materialized: how they interpret what is happening to them and how they address their situations, the care model they hold and apply in their practice.5

In Chile, mental health policy is based on the community mental health care model, understood as a set of principles and practices aimed at promoting the mental health of groups and communities, primarily through the organization and structure of health services.6 In the country’s public system, secondary-level services provide care for individuals diagnosed with more complex mental disorders through Outpatient Psychiatry Units, Community Mental Health Centers (COSAMs), and Day Hospitals.7 These health services are part of the public sector, which serves approximately 80% of the country’s population through the National Health Fund (FONASA), a public health insurance system.8 FONASA covers a large proportion of older adults and vulnerable populations. Its coverage is higher among women (81.2%) than men (76.6%), and it exceeds 90% in the two lowest income quintiles, while in the highest quintile, coverage drops to 37.9%.9

Following recommendations from the World Health Organization (WHO), these services should be located in the communities where users live, integrated into general health care services, and include multidisciplinary teams. From this perspective, users are viewed as integral and autonomous individuals, whose conditions are understood not only as biological but also psychosocial in origin.10 In this view, people diagnosed with mental disorders live in socially vulnerable contexts and present a range of cognitive, emotional, and relational capacities that make it difficult for them to cope with challenges.11 This approach is expected to reduce intolerance and prejudice and increase empathy and the willingness to support individuals with mental health diagnoses.12

Nevertheless, in practice, the biomedical model of care continues to predominate. According to Menéndez,13,14 biomedicine has been established as the hegemonic medical model (HMM) over other ways of understanding health, illness, and care processes, as a result of specific historical, socioeconomic, and political developments in Western societies. The HMM is characterized, among other aspects, by a hierarchical doctor-patient relationship, by the individualization and reduction of the subject through the detachment from their sociohistorical context, and by an exacerbated biologicism.13,14

In the field of mental health, the HMM approaches so-called mental disorders from a biomedical logic in which these are explained as brain dysfunctions -that is, as illnesses based on genetic and neurobiological abnormalities. As such, they are considered to be of the same nature as physical illnesses. Consequently, their treatment is based on proper diagnosis and pharmacological prescription, which involves identifying signs and symptoms of the pathology.15 In this way, the individual’s suffering is individualized and stripped of its sociocultural context.

Within this hierarchical approach, the physician - specifically the psychiatrist - holds the highest status, followed by the psychologist.16 Both “psy” professionals are socially legitimized to make psychological or psychiatric diagnoses, while medical prescriptions are the exclusive responsibility of the psychiatrist. In this model, the person ends up being monitored based on the presence or absence of symptoms,17 which are matched against those listed in the DSM-5 diagnostic manual. The emphasis on diagnosis and medication is so significant that even other professionals, despite having alternative perspectives on users, end up prioritizing these aspects in their practice.16

Among health personnel, it has been found that this model increases the desire for social distance, reduces empathy, and interferes with the therapeutic relationship with mental health users,18 which can lead to negative attitudes and the dehumanization of these individuals.19,11

Therefore, mental health teams make use of diverse care models, including the community mental health care model and the HMM, which often contradict each other in how they conceptualize users and approach their experiences. Mental health professionals are expected to adopt a comprehensive understanding of users in line with the community model; however, in practice, they are compelled to operate within the logic of the HMM. This contradiction generates tension and ultimately influences their work experience.20,21 We therefore argue that it is important to consider the impact of mental health work on professionals themselves, and to pay attention to their needs in order to prevent harm to their own mental health.22

In Chile, research on stigma toward mental disorders among health professionals remains limited. Most studies have focused on primary care professionals, who have been found to express rejection and distrust, minimize users’ physical symptoms, and perceive them as dangerous.23,24,25 The few studies involving specialized mental health personnel show that they also stigmatize users, but do so through interactions that undermine and restrict users’ rights and opportunities to participate in treatment, thereby hindering recovery.26,27 These findings are still incipient, which leads us to conclude that further research is needed to understand how stigma manifests within this group of workers -especially considering that stigma reduction is part of the National Mental Health Plan.7

Ethnographic entry into mental health centers in the Biobío Region

We grounded the implementation of ethnography for this research in the need to explore the manifestation of social stigma from the perspective of professionals in their everyday work context, which allowed us to describe situations based on the observation of the actors’ own practices.28 At the same time, we sought to investigate the ideas, beliefs, meanings, knowledge, and practices shared by a particular group,29 in this case, those deployed in the daily work context of health professionals employed in secondary-level public mental health care centers in the Biobío Region. From an ethnographic perspective, we developed a contextualized description based on participant observation,28 focusing on the social interactions among professionals. The ethnographic data emerge from our team’s analysis and interpretation of the information generated through observations, interviews, ethnographic conversations, and semi-structured interviews.29

The ethnographic fieldwork was conducted in two Community Mental Health Care Centers (COSAM) and the one day hospital located in the Biobío Region, in south-central Chile. These sites were selected because they serve as reference centers for the treatment of individuals diagnosed with mental disorders, and all three agreed to participate in the study. Fieldwork was carried out over a three-month period, from June 11 to September 11, 2018, with the weekly time allocated to participant observation distributed evenly across the three centers.

As a research team, we shared an understanding of knowledge production grounded in constructivist and critical paradigms, which hold that realities are locally and contextually constructed, while recognizing the structural conditions that shape them. Interactions between researchers and participants took place at different levels of collaboration, enabling us to approach the phenomenon under study as a co-created process. At the same time, consistent with critical perspectives, we acknowledge that findings are mediated by values -that is, our own positions and histories as subjects inevitably shaped the research process.30 In this regard, it is worth noting that access to the field was facilitated by the main author’s professional training in psychology, as well as her prior internship in a nearby health center, which encouraged professionals to participate voluntarily and allowed for the observation of their everyday interactions.

The research techniques employed to produce the ethnography included three months of participant observation, ethnographic interviews in informal contexts of interaction with professionals, and semi-structured interviews. Participant observation took place in spaces of interaction among professionals, and between professionals and individuals seeking care. Participation occurred in formal settings, such as clinical team meetings, intake meetings in the day hospital, group activities, and home visits, as well as in informal everyday situations, such as professionals’ lunch breaks. Observations were complemented by ethnographic interviews, understood as conversations between the researcher and participants that emerged casually in the context of observation - without being previously defined, yet guided by the research objectives.31 These conversations were carried out throughout the fieldwork in order to open and identify emerging topics and to deepen issues that arose during observations.

The semi-structured interviews were conducted in order to deepen the emerging themes identified during ethnographic fieldwork, such as: experiences of working in mental health; perceptions regarding clinical team meetings; personal assessments of the functioning of the mental health pharmacy and of drug prescription as a health care practice; conceptualizations and approaches to “complex cases”; and, finally, descriptions and perceptions of workshops offered and home visit practices. Five semi-structured interviews were carried out, one with a representative of each profession working in the studied facilities: an occupational therapist, a psychologist, a social worker, a psychiatrist, and a higher-level nursing technician. All semi-structured interviews were audio-recorded and transcribed, while participant observation and ethnographic interviews were documented in detail in a fieldwork diary, which was subsequently transcribed. The field material generated through these different research techniques was systematized and analyzed using thematic analysis.

The units of analysis were therefore composed of the total number of workers and professionals providing mental health care in the participating centers: four higher-level nursing technicians, one nurse, one general practitioner and six psychiatrists, three occupational therapists, eight psychologists, three social workers, and four administrative secretaries.

The writing of this article was carried out collaboratively, incorporating multiple voices. At times, the narrative is expressed in the first person singular, reflecting the central role of the main researcher in the fieldwork; in other instances, we employ the first person plural or third person singular, as a way to account for reflexivity in the processes of research, analysis, and collective writing. Reflexivity, as a strategy of validity, was a constant practice within the research team. Through reflexivity, we sought to avoid paternalistic interpretations of colleagues or service users, as well as disparaging views of the work carried out by health care staff. We consider that this positioning allowed us to build trust with participants, thereby deepening the understanding of the phenomenon under study.

Validation from the participants’ perspective was pursued through a feedback session with the health care team, during which the main researcher presented the study’s findings, opening a dialogue and sharing the research outputs. This initiative was well received by the staff.

The study complied with the ethical standards required both by the Ethics Committee of the University of Concepción and by the Scientific Ethics Committee of the Health Service to which the centers belong (Order No. 2164), given that it involved research with human subjects in the medical field. The study was designed in accordance with the rights of participants outlined in the Declaration of Helsinki. Accordingly, informed and voluntary consent was obtained from all participants, and confidentiality was ensured by anonymizing the data of individuals and institutions involved. The protection of the collected information was the responsibility of the principal researcher, who safeguarded the anonymized data on a secure hard drive.

Furthermore, in line with the ethical standards established by the Scientific Ethics Committee, the research focused exclusively on the perspectives of health professionals. This meant that access to service users occurred only through their interactions with health care staff, and not individually or autonomously.

The present text derives from a broader research project aimed at understanding how stigmatization is expressed by secondary-level mental health care staff toward individuals diagnosed with mental disorders in mental health centers in the Biobío Region of Chile.

Results

Praxis in mental health: The manifestation of stigma in secondary mental health care

Based on ethnographic research conducted, in a previous study21 we argued that stigmatization toward individuals diagnosed with a mental disorder develops throughout their trajectory of care, and is perpetuated through the daily functioning and practices at the different levels in which mental health care is organized. We identified stigmatizing dynamics linked to the macro, meso, and micro-social levels that compose the health care system -ranging from the structural guidelines of the model of mental health care to the everyday practices enacted by professionals working in secondary care.

We propose that it is across these different levels that a restricted conception of people living with a mental disorder is produced. However, we also identified that the interplay between the various levels of the health care system affects not only the stigmatization of service users but also the professional practice itself and the ways in which health workers conceive of their own roles and their own mental health, thus contributing to the reproduction of stigma.

At the macrosystem level, this is evident in what we identified as a tension between models of mental health care: a dissonance arises between the discourse of the community model and the praxis of medical and clinical care framed within the biomedical model. This dissonance also reverberates at the mesosystem level, that is, within the everyday institutional practices and structures through which care is delivered; as well as at the microsystem level, where we observed an institutionalization of users’ identities and the repercussions this has for health professionals working in mental health.

Tension between the community model and the biomedical approach to mental disorders

Health professionals value the community model of mental health care, highlighting the greater impact of interventions guided by this approach. This was made evident in the reflections that took place during clinical meetings. For example, the mother of a young man diagnosed with schizophrenia about four years ago noted that the soccer workshop in which her son participates had promoted positive changes in him. When discussing the case afterwards, professionals commented that the workshops offered at the day center had “lifted up” many users (Fieldnotes, June 12, 2018).

Nonetheless, despite acknowledging the effectiveness of community interventions, professionals also emphasized the predominance of what is understood as part of the biomedical model of care - that is, one centered on the individual and on pharmacological treatment - as one psychologist pointed out in a semi-structured interview:

Currently, in what are mental health sectors -because the COSAMs were eliminated - due to this biomedical vision that has prevailed in recent years, the psychologist is in their office and sees one patient after another and does the classic thing of a clinical psychologist, let’s say: evaluations, therapy, diagnosis, that. Mostly individual therapies, few group ones. This is a clinic where people come, book an appointment, see a professional and leave; and that professional can send them to another one and they leave; and those professionals, every so often, have a clinical meeting where they talk about this patient and that’s it; that does not have the impact that a community approach has. (Interview with psychologist, September 7, 2018)

In clinical practice, the predominance of the biomedical model of health care over the community model becomes evident, particularly in the approach to “cases,” as professionals refer to the individuals seeking care. Professionals usually monitor the progress of “users” and express joy and satisfaction when improvements are observed. However, the analysis of such progress is often centered on pharmacological aspects - that is, on how medications have generated positive changes in the user, or on strategies to ensure they do so. This frequently leads to treatment decisions focused on increasing dosages, modifying treatment regimens, or considering the addition of drugs that enjoy strong reputations in this context, such as clozapine. In this way, improvements are attributed primarily to pharmacological treatment, and professionals underscore this during clinical meetings:

Once the users leave the clinical meeting, [the professionals] talk about their progress [the user’s], “he is much better,” says the psychiatrist, and the psychologist says “his posture has changed,” referring to the fact that the user showed less body rigidity due to the medication. […] We review the case of a user who is hospitalized in short stay, but during the day attends the day hospital. The psychiatrist asks him about his appetite and sleep and asks about the “medications”: “Who gives them to you?” to which the user replies that the short-stay staff do. When the user leaves, they talk about his progress, to which the psychiatrist comments, “I’d really like to give him clozapine, but he has no support network,” so he asks his colleagues who accompanies him. They answer that his mother does, but the social worker comments, “the mother is quite paranoid,” and when he asks if she receives any kind of intervention, they say no. (Fieldnotes, July 3, 2018)

In the previous case, although the medical team recognized the need for the user’s mother to be involved in the treatment - given the complexity and health implications associated with the use of clozapine - there were no attempts to address family-related issues or to activate support networks so that the mother could receive psychological intervention, even though they had already “diagnosed” her as “quite paranoid.” In this way, the team perceived that only their “patient” had formally entered the system, and thus everyday social networks were not regarded as part of the intervention but rather as a contextual source of clues about what could or could not be done pharmacologically.

In certain situations, professionals recognized themselves as “clinical” teams lacking a psychosocial perspective and approach. However, when a case was deemed to require this type of focus, they tended to see it as outside the scope of secondary care, suggesting instead that it should be managed at the primary care level.

This distinction between “clinical cases” and “psychosocial cases” implied that only the former should be attended to within these secondary-level services. The psychosocial dimension, by contrast, was not integrated as an essential aspect of the individual and was perceived as an approach of lesser complexity.

It’s just that we are very clinical,” responded a psychologist when the physician, disheartened, stated: “I don’t think it’s worth continuing treatment anymore,” referring to a user who did not accept her psychiatric diagnosis or, in the professionals’ terms, was “lacking insight into her illness.” The psychologist added that she believed it was a psychosocial case, and therefore the modality at that center was not appropriate (Fieldnotes, July 9, 2018).

This differentiation between “clinical cases” and “psychosocial cases” had a direct impact on the treatment options available within the facility. It seemed that the complexity justifying entry into secondary mental health care dismissed psychosocial variables, thereby reducing COSAM’s responses to pharmacological alternatives aimed at alleviating or diminishing clinical symptoms, or, alternatively, to hospitalizations when symptoms did not respond to medication. In this way, we begin to see how the psychosocial complexity, which is highly prevalent among users with mental disorders, was delegated to the sphere of primary care. This internalized a perspective within secondary-level services that dissociated the need for intervention in community and psychosocial problems, factors that sustain and even perpetuate symptomatology.

The tension arising from the coexistence of both models permeated treatment, since the strong presence of the biomedical approach contributed to a naturalization of biological explanations of behavior, which in turn reinforced prejudice and discrimination.19 This reflects the biologicist nature of biomedicine, where the subject is addressed from a reductionist perspective that strips them of their social and historical context,13,14 thereby overvaluing biological explanations of suffering at the expense of other possibilities for addressing it.

At the same time, this tension between community-oriented and biomedical perspectives was facilitated by the gap between institutional guidelines, which promoted a more community-based approach, and the actual resources available to implement it, as one professional noted:

I believe that the macro policies in the field of mental health are not on the wrong track, no doubt, but they don’t match reality, you know? So manuals arrive here, distilled [laughs], distilled from the Ministry, and the truth is that you see things that don’t correspond either to the population, or to the reality of the population, or to the available resources, and therefore, neither to the number of staff - because resources, staff are part of the resources. So there are very few resources, really very few resources. So the ideas are good, but most of them just stay there. (Interview with psychologist, September 7, 2018)

Institutional guidelines for community-based work in mental health are valued but perceived as impracticable, mainly due to their inadequacy to actual conditions and, above all, to the availability of professional resources. In this context, biomedical approaches in clinical practice may be prioritized, as they require fewer human resources for ambulatory implementation, leaving health teams in a constant tension between discourse and professional practice. In short, the biomedical model becomes evident primarily in how interventions are understood and how their impact is measured. This perspective frames the success of an intervention through variables tied to behavior that signal symptom reduction, while sidelining the social dimensions of recovery and emphasizing the power attributed to medication in producing improvement.32 This model shapes how professionals refer to users and how they act toward them. In this sense, diagnostic labels emerge as the undisputed guide for health care, with people being equated with such labels,33 producing a reductionist vision of the user.34,35 The label enables the embodiment of the role of “patient,” which is also reinforced by institutional organization and structure, as we will see below.

The institutional praxis of the biomedical model of care

The model of care employed shapes the treatment trajectories of users and prescribes ways of thinking about and treating them that can convey stigma. Users must first assume the role of “patient” and recognize themselves as “ill” in accordance with the clinical assessments defined by the professional team, while adhering to the treatment prescribed on the basis of diagnosis.

Mental health units have had a dedicated space within the hospital premises since 2010. These facilities were conceived to function both as community mental health centers (COSAMs), providing outpatient services, and as day hospitals. The buildings remain in very good condition and feature a modern architectural style, creating the impression of delivering up-to-date, high-quality medical care. These sites include rooms designed for workshops and meetings (Field notes, June 12, 2018). While the facilities are well maintained and provide a pleasant setting for care, the rigid hierarchies embedded in the physician-patient relationship become visible in the clinical space.

For clinical meetings, a table is placed in the center, with the medical team sitting together in a row, and across from them a chair where the user sits to present their ailments and symptoms. Some professionals recognize how this physical arrangement of space may negatively impact users, as one psychiatrist acknowledged in an interview:

…what can affect them a bit more is that - suddenly arriving and finding themselves - if they haven’t been told beforehand - with ten people, an audience of people where they’re alone there, or at most with one companion, and where they’ll have to present their case, and themselves, essentially, to a team of ten. But I’d say that if they haven’t been informed, it can be quite an impact. If they have been informed, it’s much less so. (Interview with psychiatrist, October 23, 2018)

At the same time, when asked in a semi-structured interview about his views on clinical meetings, the occupational therapist at the COSAM remarked: “I also find it kind of invasive, going in there and having them all sitting in front while the user is alone, telling their stuff… plus, it could be different somehow… maybe a round table, or something more friendly.” (Interview with occupational therapist, October 7, 2018)

We note that both the ways in which space is organized and the infrastructure of the facility contribute to constructing the role of the “patient” in mental health care, as they generate differentiations in the uses of spaces. This is evident, for example, in the mental health center’s pharmacy, which various users jokingly refer to as “the pharmacy for the crazy.” It becomes a recognizable reference point for those who circulate through the facility. While the existence of a dedicated pharmacy within the center is perceived as a valuable resource and a highly positive feature -given the convenience of easy access for users- it also generates, at a social level, a differentiation between general health care and mental health care.

This leads us to consider how material and spatial arrangements shape the ways in which mental health users are perceived by their surroundings. In this case, they are separated from the hospital’s general pharmacy and relegated to a distinct social space, widely recognized as one exclusively for “the crazy.” Along similar lines, the space of the clinical meeting mentioned above constitutes another fundamental interactional setting, where, from the very moment the “patient” enters, hierarchical and role-based differences are underscored in the dynamics of clinical interaction, reinforcing and legitimizing processes of labeling.

Moreover, the tensions within institutional praxis are not only affected by infrastructure and equipment, but also by the modes of administration and funding of the centers, as one of the professionals interviewed noted:

…in reality, there are very few resources […] because, for example, there should be many more protected residences here - many more! - and there are no protected residences that belong to the Ministry; they’re all private protected residences, and since they’re private, they always expect to take a cut. So there have been patients who had to be removed because they weren’t being properly cared for - despite paying quite a good amount. I think there should be more protected residences; but for that, you also need more public service staff who can work in those protected residences, you see? That’s just to give you an example. (Interview with psychologist, September 7, 2018)

In Chile, the administration and financing of mental health services operate through a mixed system, concentrating care in public health centers while also relying on private entities that receive public funding through competitive bidding. These bureaucratic and institutionalized arrangements impact users’ experiences and care trajectories, as highlighted by health professionals, influencing the possibilities for adequate support. In this regard, Jenkins,36 analyzing the situation in the United States, accounts for the effects of budgetary and administrative changes in mental health centers on treatment continuity and discontinuity, ultimately affecting recovery outcomes.

The mental health care trajectory as the institutionalization of users’ identities and its effects on health professionals’ practices

At this level, we focus directly on the stereotypes, prejudices, and stigmatizing behaviors exercised by professionals toward users, which contribute to the institutionalization of their identity, almost entirely associated with the diagnosis assigned to the individual. This, in turn, complicates the intervention and recovery processes for mental health service users.

Moreover, the implementation of treatment centered primarily on one aspect of the user - namely, pharmacological intervention - fosters the “chronification of patients” in mental health, understood as the creation of prolonged dependence on mental health services resulting from limited interventions that fail to address the complexity of the user’s social context.21 Chronification is associated with a pessimistic perception regarding the users’ potential for recovery.37 This perspective shapes the intervention options offered to individuals and diminishes their own hope for progress, ultimately impacting their recovery. The challenges in intervention and the limited achievements are perceived by staff as exhausting, leading them to develop various coping strategies to maintain their own well-being.

Processes of institutionalization of users’ identities in the clinical trajectory

The institutionalization of identity occurs primarily through the enactment of the “patient” role linked to the psychiatric diagnosis, which, as mentioned above, requires the user to assume and demonstrate “insight into their illness.”

During clinical meetings, users generally serve as narrators of their experiences, symptoms, and psychological-psychiatric conditions before the health care team, which positions them mainly as recipients of professional recommendations and conclusions. However, at times they asked about the effects of medications, and professionals typically responded in ways that either deflected the concern raised or reinforced the importance of taking their medications, emphasizing the benefits these would provide. For instance, in the clinical meeting on August 6, 2018, a psychiatrist responded to a user who asked about difficulties sleeping by telling her that it could be corrected with a medication. She replied that she believed the medications might not help or might even harm her, given that she was taking so many. The psychiatrist responded, “It’s only two pills, at least in terms of mental health, that’s what it is,” effectively closing the interaction without allowing the user space to follow up or negotiate the treatment.

In this context, during an interview, I explicitly asked the psychiatrist about patients’ attitudes as recipients of pharmacological prescriptions:

Uh, let’s see, I think it depends on the patient. You must have noticed that there are patients who don’t have much awareness of what a treatment means - of the doses, for instance. That’s why this pillbox system is implemented, right? It’s managed by the occupational therapist together with the family members and, sometimes, with the patient themselves. Now, in psychiatry we have a small, quote-unquote, disadvantage: polypharmacy is kind of the rule - it’s very rare for a patient to be on just one medication. And that’s not because we want to solve everything with medication, but simply because that’s how the specialty works. So, yes, sometimes some patients may feel somewhat overwhelmed, you know, by having to take, I don’t know, three or four medications a day at different times. But that’s a kind of - let’s call it - a downside, or a characteristic of the specialty; I’d say polypharmacy is almost the rule, and monotherapy is the exception - in other words, a patient who’s on just one drug is the exception. (Interview with psychiatrist, October 23, 2018)

This minimization of the user’s role is not only evident in pharmacological prescription but permeates the entire care trajectory,38 affecting treatment options and recovery potential. Users face restrictions in their participation, which undermines their rights in health care.39,40 Professionals’ perceptions of users are often shaped by prejudices regarding their capacities; users are seen as incapable and therefore in need of protection and care, fostering paternalistic and/or overly compassionate attitudes.41,42

These practices contrast with the theoretical principles of the community-based mental health care model, which values user and family participation in treatment, recognizing the knowledge of others within a horizontal and dignifying relationship.43 Conversely, the biomedical approach subordinates the user’s perspective to that of the health care team, who are regarded as the experts. This reinforces hierarchies within a power-differentiated framework44) and leaves little room for negotiating treatment.

It is common, during clinical meetings, to hear professionals emphasize the need for users to possess “insight into their illness,” meaning that once diagnosed, the individual should adjust their behavior and self-conception based on the mental health label assigned by professional judgment, which is primarily grounded in statistical manuals of diseases and health problems, such as the ICD-10. When a person lacks “insight into illness,” the professional team seeks to foster its emergence, considering it central to successful intervention. An example of this is reflected in a clinical meeting exchange, where the social worker recalls how the user appeared previously and states:

Now she’s seen more as a patient; before, she would just come by for specific things, to ask questions here and there. The psychologist adds, “there was no awareness of illness,” and as a team they value the work done by the professionals at the day hospital on this issue, both with the user and with her family. (Clinical meeting, July 23, 2018)

Another user, during a clinical meeting, asks whether the anxiety she’s feeling might be a side effect of a medication. The psychiatrist tells her, “the medication is helping you, not harming you.” Immediately afterward, the doctor asks about her children and whether she feels capable of taking care of them. Closing the interview and thanking her for coming, he tells her, “let’s do what we’re told,” referring to the act of taking the prescribed medication. (Field notes, June 19, 2018)

In summary, it can be observed that, although the theoretical framework emphasizes a community-based approach, in practice there is a strong tendency to delegate authority to the professional. This fosters a paternalistic perspective that undermines the user’s autonomy and capacities, leaving them dependent on medical directives, as evidenced in various clinical meeting situations.

The impact of mental health work on professionals and their coping strategies

The complexity of users’ life situations - which often exceed the scope of pharmacological interventions and require a psychosocial approach - combined with, on the one hand, the limited availability of psychosocial interventions and, on the other hand, the constant tension between the model promoted discursively and that imposed structurally and in daily practice, contributes to professionals developing a limited view of themselves in their roles and their capacity for intervention. This has repercussions for professional practice, facilitating emotional and cognitive exhaustion. Mental health work generates a range of feelings among professionals, with sadness and anger being predominant. In the words of one professional, what she finds most exhausting is:

The cases we see are complex, there are all kinds of problems, and honestly, it makes me feel sad… anyone can develop a mental health condition. I have children; I don’t know what might happen to them in the future. Sometimes I’m just grateful that everything is fine in my family. It’s mostly that - working with people’s problems. (Interview with social worker, August 10, 2018)

Anger, on the other hand, seems to be associated with users who do not follow the team’s requirements, which generates weariness, while sadness arises in cases where users’ life circumstances are unfavorable. In one of the team meetings, the psychiatrist reflects on what happens when dealing with the case of a user (Ana), for whom the team is considering once again “setting boundaries,” that is, establishing, marking, or reinforcing the limits and expectations associated with being a mental health patient. To this end, she is compared with another user (Berta), who had also been scheduled for that same day and who attends with similar irregularity. However, despite this, her case has not led the team to reconsider the treatment or the “framework” to be applied. In this context, the physician asks the team:

“What’s the difference between Berta and Ana? That Berta makes us feel pity and Ana makes us feel anger - we have to manage that; it’s part of the burnout in our work.” In response, the colleagues share this view, and then the psychiatrist sighs, saying: “We’re exhausted by this case… just by talking about it.” (Field notes, June 25, 2018)

There are instances in which cases move professionals and affect them emotionally, particularly when a user’s experience resonates with the professional on a more personal level. This was the case of a user, approximately 50 years old, who attended accompanied by her partner. After the interview, the team commented on the impact of the user’s account. One of the psychologists on the team stated:

“…personally, it really affected me to feel her suffering,” and the doctor comments, “she’s truly suffering, huh,” to which another psychologist participating in the meeting adds, “oh, I feel sorry for him, it reminded me of an uncle who’s like that , so in love with his wife, accompanying her and suffering because she’s not well.” Then, a social worker asks, “What do we do?” And the psychiatrist, who joined halfway through the interview, comments that he believes the diagnosis is indeed schizophrenia. (Field notes, August 21, 2018)

The effects of sadness on professionals also depend on the coping strategies each individual possesses and how they implement them. Some evade the feeling, focusing instead on practical matters and defining specific actions regarding the user, while others are moved by this emotion and become involved beyond what is typically expected in their role, as one professional noted:

“I feel sad - you see so many problems that sometimes it really affects me, and that makes me try to help beyond what would normally be expected. For example, if I see a patient who’s struggling, and I realize they don’t have a job and have small children, I go and buy them some things myself, but then I tell them that I arranged it through others and that the things were sent to them, you know what I mean? Or sometimes I’ve gone to visit them at home, just using my own car - I mean, what does it cost me? And it’s not so much about being charitable; it’s more that if I can help, why wouldn’t I?” (Interview with social worker, August 10, 2018)

This feeling can lead professionals to adopt positive attitudes toward users,45,46 which on some occasions manifest as excessive compassion.42 Furthermore, cognitive exhaustion refers both to the fatigue generated by the administrative workload inherent to health work and to the intellectual effort required for the constant clinical analysis of the cases attended. In addition, the fact that schedules are consistently filled due to the large number of users to be seen forces multiple individual consultations per day, without sufficient space to decompress and take breaks between appointments. This is perceived as being “atomized” and is conceptualized as unpleasant.

Another aspect included in this type of exhaustion is the effect produced by user behaviors that are categorized as difficult to manage by professionals, such as the “setting boundaries” cases mentioned previously. It is common for professionals to remark, “it left me exhausted,” as noted by the psychiatrist, referring to a user who was excessively talkative, making it difficult to manage the flow of conversation during the interview (Field notes, June 19, 2018). From this, we infer that what exhausts professionals is anything that prevents the usual flow of the interview dynamic and demands that they adjust their actions to the situation, requiring greater effort. This can also lead to extended meeting sessions, as such situations are complex to address.

Exhaustion is also generated by the diverse skills required when working in mental health. This is a performance area that demands close attention to what is done and how it is done, requiring both technical and socio-emotional competencies. The work is perceived as challenging due to its demanding nature, necessitating capacities beyond the ordinary. Moreover, this work requires an integrative approach, in the sense of balancing technical expertise and personal engagement. In other words, it requires attention to both the environment and oneself, which can make the work particularly draining, as clearly reflected in the words of one professional during a semi-structured interview:

“Besides having to stay focused on the technical aspects - formulating the diagnostic hypothesis, outlining the treatment plan - you also have to be very attentive to yourself, right? To what’s happening to you… because patients generate emotions, they generate what’s known as countertransference. So it’s a double task - a double task that also happens with other patients! You also have to keep checking yourself: ‘Okay, this patient has schizophrenia; am I really getting into their clinical case? Am I managing to get to the core of it?’ if that’s not happening. But it’s much less difficult than with other cases, for instance, personality disorders, where you have to draw on every therapeutic tool you have to maintain the neutrality that’s absolutely necessary for success in these cases. Now, depending on one’s experience, age, and how long one’s been practicing, this tends to become more automatic, right? But when you suddenly feel stuck or sense that something isn’t working, you have to stop for a moment and start asking yourself: ‘Okay, what’s happening to me? What’s the countertransference?’” (Interview with psychiatrist, August 23, 2018)

Exhaustion resulting from working in mental health, particularly emotional exhaustion, is recognized by professionals as an “occupational hazard,” that is, as part of the responsibility they must assume as health care workers. Emotional exhaustion is considered an inevitable effect of constantly witnessing and/or connecting with adverse symptoms, behaviors, and psychosocial conditions that reflect the suffering of the individuals they serve.

To address this, certain strategies have been implemented to allow staff to decompress, creating what they call “self-care” sessions. These occur monthly and typically involve dedicating half a day to a joint extracurricular activity, such as going out to eat at an external venue. These sessions are funded through a mixed scheme, with contributions from both the institution and the staff, aiming to foster relaxed interactions and provide shared moments of leisure.

Additionally, in response to the exhaustion described, another factor that professionals recognize and value as protective is the presence of interaction spaces among colleagues within the work setting, such as the joint analyses carried out during clinical meetings. These work-related instances are also experienced as opportunities for “self-care,” allowing professionals to discuss their experiences with particular users and, at times, to employ humor among colleagues as a way of limiting the emotional burden of their work.

However, it is observed that for some professionals, this emotional exhaustion, being continuous and routine, can lead, as a defense mechanism, to a disconnection from the emotions and suffering of the users. This may result, in some cases, in the standardization and automation of care and intervention processes, as the behaviors, conduct, and symptoms of different users tend to be perceived as equivalent. This limits the possibility of engaging in a phenomenological understanding of each person’s unique experience.

Furthermore, this dynamic can desensitize professionals, who may focus more on symptoms and diagnoses than on the individual experience of the person. Consequently, the risk of dehumanizing care processes and perpetuating stigma increases, reinforcing stereotypes about what a mental health service user can and should be like.

Discussion

The findings presented in this study allow for reflection on the tensions and contradictions that emerge between the biomedical approach and community mental health perspectives. In particular, they highlight the difficulties and points of convergence between an institutional discourse that does not necessarily align with mental health care practice.20,21 We observed that the implementation of a community-based mental health model, while part of an effort to adapt mental health services to sociocultural inequalities and diversity,47 has not yet been fully consolidated.48

This is sustained by the opposition between the biomedical care model and the community model. This tension permeates not only the treatment of individuals with mental disorders but also affects the labor, medical, and care practices carried out by mental health professionals.20,48 Declaratively, care is guided by a community-based mental health model, whereas in practice, the biomedical perspective predominates, forming part of the hegemonic medical model,13,14 which, in the mental health domain, bases its explanatory framework on disease and neurochemical imbalances over social determinants that may influence mental health conditions.49 This naturalizes biological explanations of behavior and contributes to the reproduction of prejudice toward individuals diagnosed with mental health conditions.19

The primacy of the biomedical over the community perspective50 is reflected in the tension between clinical versus psychosocial approaches, the latter being associated with the community model. Although valued by mental health professionals, this approach is perceived as difficult to implement in light of the social and economic realities of the population served, as well as the limitations in financial and professional resources available to care services. This can result in the social context of the user being considered relevant mainly for determining pharmacological treatment; however, the psychosocial dimension is not integrated as an essential aspect of the individual, but rather regarded as secondary within the therapeutic exercise.49

Furthermore, the difficulties or contradictions identified are part of structural inequalities that subject mental health professionals to excessive workloads.47 As highlighted in this study, working in mental health entails persistent wear and tear for those practicing it, a phenomenon widely documented in the literature.51 The so-called burnout syndrome, understood as emotional exhaustion and professional fatigue, is particularly pronounced among mental health staff.52 However, rather than an individual trait, this exhaustion is shaped by the conditions of practice itself: attending to individuals with complex, difficult-to-resolve problems, where progress is perceived as slow or almost imperceptible, generating a sense of limitation and helplessness within the teams.51,53

Within this framework, users who resist institutional logics - those who do not conform to the established frameworks or biomedical prescriptions - further intensify the daily labor. Far from being mere “difficult patients,” they serve as a reminder that system norms cannot always accommodate the diversity of life trajectories, which simultaneously increases the effort required from the teams and exposes these users to greater risks of being stigmatized.54

Mental health staff exhaustion is also fueled by constant exposure to human suffering in a context of high technical and personal demands. Although recognized as specialists, many perceive that they lack the necessary tools to sustain this work, reflecting the tension between societal expectations placed on their role and the actual possibilities offered by the system. This tension is exacerbated in contexts such as Chile, where mental health has historically received limited resources: in 2021, only 1.7% of the national health budget was allocated to this area.55 This structural precarity translates into overwork, overloaded schedules, and impossible demands, reinforcing a cycle of wear and strain that has been documented in other contexts as well.56,57

It is important to emphasize that mental health professionals do not remain passive in the face of exhaustion but deploy various coping strategies. In this study, one of the most relevant was the use of social support within the work environment, understood as a means of managing stress that offers significant benefits to those who utilize it.58,59 Institutionalized spaces, such as “self-care” sessions or clinical meetings, acquire particular value in this regard: beyond their technical dimension, they serve as venues where professionals can socialize with peers, share experiences, and collectively process the emotions elicited by daily work. These moments, by facilitating the circulation of speech and empathy among colleagues, function as a buffer and relief against the pressures of day-to-day work.60

Another strategy that emerges strongly is desensitization to users’ problems.61,62 While this allows professionals to create a certain emotional distance that mitigates the impact of others’ suffering, its effects directly influence the therapeutic relationship. This coping mechanism can erode the quality of the professional-user relationship, affecting treatment adherence, satisfaction with care, and ultimately the recovery process itself.63 The cycle is closed when mental health staff frustration, stemming from perceived stagnation or chronicity in some users, fosters new forms of stigmatization: users are seen as responsible for their lack of progress, which reinforces negative attitudes toward them and further strains the recovery trajectory, an area that warrants continued investigation.

Conclusions

Stigma toward individuals with psychiatric diagnoses by health personnel is anchored in the trajectory of mental health care. This trajectory is intersected by macrosocial factors linked to the tension between two models of care: the community-based mental health model and the biomedical model. The former is promoted by the country’s mental health policies,7 while the latter is embedded in routine professional practices. Social determinants of mental health are scarcely addressed in daily practice, leaving psychosocial aspects subordinated to biomedical concerns. This model frames and addresses suffering in a way that prioritizes technical knowledge associated with diagnosis and medication prescription. Consequently, the expertise of other professionals is undervalued, and the participation of diagnosed individuals in their own care is reduced. Diminishing the user’s agency constitutes a form of stigmatization, as it reflects a view that undermines their capacities and potential, which can affect recovery and contribute to chronicity.

Furthermore, the biomedical model, by emphasizing diagnosis and pharmacological treatment, prioritizes the need for users to possess “insight into illness,” understood as accepting their identity as “patients” and following medical prescriptions without question. The pressures exerted by the care team to adhere to treatment can therefore be considered coercive, representing one of the ways stigma is enacted.64

Tensions between these models are also reflected in how the health system organizes and allocates resources. While a community-based mental health model is promoted in principle, professionals report that resources are insufficient for its implementation, whereas mental health staff are expected to meet standards focused on individual consultations. In carrying out their work, health personnel experience a split between these expectations and the realistic possibilities of compliance. This situation contributes to a constrained self-perception regarding their role and the scope of their interventions. Coupled with the inherent challenges of working with human suffering in a role that demands high technical and personal capacities, professional exhaustion appears inevitable. This, in turn, impacts the relationship with users, thereby facilitating stigmatization.65

Nevertheless, mental health personnel have developed coping strategies that help them manage these challenges, highlighting their active role in the process. Some strategies are personal, such as avoidance, while others are collective, centered on what teams refer to as “self-care.” This approach aims to alleviate everyday work-related tensions and strengthen trust among health personnel through activities generally of a recreational nature. Similarly, clinical meetings are not only technical in nature but also constitute a source of social support in the workplace. From this perspective, they are part of collective care strategies among staff. In a collaborative work environment, care cannot be an individual task but must - and in practice does - function as a collective endeavor. Caring for oneself implies trust, reciprocity, and mutual support, enabling staff to better face the challenges of demanding work.

In this study, stigma appears anchored less in individual stereotypes or attitudes and more in macro-, meso-, and microsocial factors shaped by the model of care and the structure of the health system. These factors impact the daily practices of professionals, particularly in their conceptualization of what happens to people with mental health diagnoses and how to address it. Therefore, reducing stigmatization requires examining the system in which it arises and implementing interventions that incorporate internal modifications. As long as efforts focus solely on improving the attitudes of mental health personnel toward users while neglecting the social and political framework that shapes these attitudes and stigmatizing behaviors, changes will remain limited. Moreover, it is essential to consider the repercussions for staff working in mental health: the challenges inherent to this labor must be addressed not only to prevent professional burnout but also to mitigate its effects on interpersonal interactions with users, which are a direct consequence of occupational fatigue.

ACKNOWLEDGMENTS

The authors thank the health personnel who participated in the study

Footnotes

FUNDING: This study was funded by the National Fund for Scientific Research of Chile, FONDECYT Project No. 1171287 “Design, implementation, and evaluation of an intervention to reduce stigmatization among health workers toward people with severe mental disorders” (2017-2019), supported by the National Agency for Research and Development (ANID), Government of Chile.


Articles from Salud Colectiva are provided here courtesy of Universidad Nacional de Lanús

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