Resumen
Durante cinco años, un torbellino cotidiano de tiroteos, apuñalamientos y asaltos afectó a la venta de drogas al aire libre en el vecindario puertorriqueño de Filadelfia, donde residíamos y conducíamos nuestro trabajo de campo. La industria de los narcóticos ha venido a llenar el vacío que dejó la desindustrialización, convirtiendo al antiguo distrito fabril de la ciudad en un mercado de narcóticos a cielo abierto que emplea en sus niveles más bajos a jóvenes puertorriqueños y cuyos clientes son principalmente heroinómanos blancos de bajos recursos. La capacidad para movilizar la furia asegura el éxito en la economía de las drogas, garantiza protección en las cárceles y le provee un ingreso mínimo a una población de bajos recursos estigmatizada cuyos miembros frecuentemente reciben diagnósticos médicos de discapacidad cognitiva. Muchos residentes buscan alianzas en redes sociales que los comprometen a participar en intercambios solidarios de violencia auxiliar. Una dinámica de acumulación primitiva corporizada mata, hiere, discapacita o encarcela a la mayoría de estos empleados de bajo nivel y a sus clientes. Los inflados márgenes de ganancia alrededor de esta dinámica dependen de la violencia y la coerción. Un habitus furibundo impulsa a los vendedores callejeros a defender violentamente el micro monopolio de poder de sus jefes en la economía subterránea como si fuese un asunto de diversión. Estos miembros de los niveles más bajos de la industria del narcotráfico se apresuran a fraguar transacciones comerciales en ausencia de un marco legal en un ambiente de escasez que sin embargo se ve inundado por enormes flujos de dinero, drogas adictivas y armas automáticas. Tras las drásticas reformas a los programas de seguridad social, la mano izquierda del Estado, en la forma de los servicios sociales, intenta prolongar los subsidios para individuos vulnerables diagnosticándolos como discapacitados cognitivos permanentes necesitados de fuerte medicación farmacéutica. La mejor manera de asegurar la continuidad de este frágil subsidio resulta ser los estallidos periódicos de violencia autoinfligida. Simultáneamente, con la anuencia de la mano derecha del Estado, en las cárceles violentas y hacinadas marcadas por formas hostiles de supervisión, la furia se convierte en una valiosa estrategia de protección física para los internos. En resumen, la violencia expresiva se convierte en una base práctica para el sostenimiento económico y para forjar el sentido de dignidad entre hombres y mujeres.
Palabras clave: Venta de droga, narcóticos, trabajo de campo, economía de las drogas, bajos recursos, flujo de dinero, seguridad social, individuos vulnerables
Keywords: Drug sales, narcotics, field work, drug economy, low income, cash flow, social security, vulnerable individuals
Abstract
For five years, the open air drug sales block where the authors resided and conducted participant-observation fieldwork in the Puerto Rican corner of inner-city Philadelphia was subject to a routinized whirlwind of shootings, stabbings and assaults. The narcotics industry filled the void left by deindustrialization, turning the city’s former factory district into an open-air narcotics supermarket staffed at the entry level by young Puerto Ricans serving primarily poor white injectors. A capacity to mobilize rage ensures success in the drug economy, protection in prison, and minimal income for the no-longer-worthy poor who are diagnosed as cognitively disabled. Many residents seek alliances in social networks that oblige them to participate in solidary exchanges of assistive violence. A dynamic of embodied, primitive accumulation kills, maims, disables or incarcerates most of this industry’s entry-level employees and customers. Artificially high profit margins depend on violence and coercion. A rage-filled habitus propels street-level sellers into violently defending the micro-monopoly power of their bosses in the underground economy as if it were fun. They rush to enforce commercial transactions in the absence of protective legal sanctions in an environment of scarcity that is flooded by streams of cash, addictive drugs and automatic weapons. With the end of welfare entitlements, the left hand of the state, in the form of social services, attempts to continue subsidies for vulnerable individuals by diagnosing scarred bodies and brains as proof of permanent cognitive disability in need of heavy pharmaceutical medication. Periodic outbursts of interpersonal or of self-inflicted rage-filled violence emerge as the best way to ensure the continuity of that fragile public subsidy. Simultaneously, within the bowels of the right hand of the state, in overcrowded, hostilely-supervised violent prisons, rage becomes a valuable physical self-protection strategy for inmates. In short, expressive violence becomes a practical basis for economic sustenance and masculine and feminine self respect.
Introducción
Somos un equipo colaborativo de etnógrafos que desde finales de 2007 ha llevado a cabo un estudio de observación participante en una cuadra del vecindario puertorriqueño en el gueto del Norte de Filadelfia. Fernando y George viven a tiempo completo en un apartamento sobre la calle que estudiamos, 47% de los habitantes de la sección censal en la que estamos trabajando viven bajo el nivel de pobreza, casi el doble de la tasa de 24% que tiene la ciudad en su totalidad y casi tres veces la tasa nacional de 13.5%. Tres de las secciones censales a nuestro alrededor tienen tasas de pobreza que sobrepasan el 54%, y 5 de las 8 secciones censales más pobres de la ciudad se encuentran en este gueto puertorriqueño de Filadelfia.

Durante la segunda mitad del siglo diecinueve y la primera mitad del siglo veinte, Filadelfia fue el centro urbano industrial más dinámico de la Costa Atlántica de los Estados Unidos. Esto hizo que la ciudad fuera especialmente vulnerable a los efectos de la globalización. Filadelfia en 2013 era la más pobre entre las 10 áreas metropolitanas más grandes del país. En cada año entre 1951 y 2009, la población de la ciudad se redujo. (Philadelphia Research Initiative 2011). Los demógrafos categorizan la ciudad como una de las cinco metrópolis “hipersegregadas” del país (Wilkes and Iceland 2004). Los puertorriqueños comenzaron a inmigrar a Filadelfia en números masivos justo después de la Segunda Guerra Mundial, en busca de trabajos industriales que desaparecieron en el transcurso de las siguientes tres décadas.
Segregacion en Philadelphia

Como en muchas otras áreas urbanas estadounidenses afectadas por la segregación y la ausencia de inversión pública o privada, en nuestro vecindario el mercado de las drogas ha venido a llenar el vacío económico que dejó la desindustralización y se ha convertido en la forma de empleo más igualitaria y fácil de acceder para los hombres jóvenes que abandonan sus estudios. No es casualidad que este antiguo corazón industrial de Filadelfia, área de asentamiento de la mayoría de los inmigrantes puertorriqueños en la ciudad, se haya convertido en el principal mercado al aire libre de heroína y cocaína en la región con los precios más bajos y las tazas de pureza más altas de todo el país (Rosenblum et al., In Press).

Los consumidores son en su mayoría personas blancas provenientes de otros vecindarios pobres de Filadelfia y de la gran conglomeración de suburbios de la región donde se ubican los estados de Pensilvania, Nueva Jersey y Delaware. Este mercado multimillonario valoriza las destrezas culturales, el conocimiento de las calles y la habilidad para infligir violencia de los residentes más pobres de la inner city, pero a la vez los condena a una vida marcada por el encarcelamiento crónico en el contexto de la guerra contra las drogas y las políticas de “cero tolerancia” implantadas por el gobierno estadounidense desde la década de 1980.
Nuestra intención es la de adaptar el concepto de acumulación primitiva de Marx para explicar las razones y los mecanismos mediante los cuales se imponen estos niveles tan altos de violencia criminal e interpersonal en el vecindario que estamos estudiando. La acumulación primitiva aquí opera extrayendo recursos del vecindario que terminan en manos de sectores sociales acomodados como los abogados, jueces, compañías contratistas que construyen las cárceles, guardas carcelarios sindicalizados, doctores, psicólogos, trabajadores sociales y grandes compañías farmacéutica, así como los traficantes de nivel intermedio, la narcoélite latinoamericana y sus servicios financieros de lavado de dinero. Para todos estos sectores sociales, estas ganancias económicas se extraen por medio de la rabia corporalizada, una dinámica violenta, destructiva y psicológicamente cruel que las fuerzas estructurales, psicodinámicas y de gubernamentalidad que rigen en el gueto estadounidense de la inner city fomentan sistemáticamente.
En un artículo anterior, planteamos que este alto nivel de violencia personal y criminal no es el resultado de un exceso aislado de barbarie, sino que se encuentra enmarañado en una serie de lógicas de economía moral. La violencia es tanto un riesgo como un recurso que se administra a través de las relaciones sociales (los amigos, la familia) porque los mecanismos estatales de regulación son ineficaces. La reputación de ser capaz de movilizar eficazmente la violencia y la furia pasa a ser una forma de capital cultural que se transforma en capital social útil a través de redes de reciprocidad basadas en el parentesco, la amistad, el amor y la lógica económica utilitaria.
Para explicar esta dinámica, hemos traído al caso los estudios del historiador E.P. Thompson sobre los mercados rurales británicos y los del antropólogo James Scott sobre los movimientos campesinos de resistencia en Vietnam. Thompson y Scott han enfatizado las maneras en que los medios principales de supervivencia —el precio del pan, los acuerdos entre terratenientes y aparceros, el acceso a tierras comunes, etc.— se hallan sujetos a expectativas en torno a las obligaciones de los sectores poderosos (terratenientes, mercaderes, soldados, la policía) respecto a los sectores vulnerables. Las economías morales en zonas rurales forman parte de sistemas clientelistas que benefician a los sectores poderosos, pero no son inmunes al desgaste y pueden motivar huelgas y amotinamientos si las condiciones cambian y las expectativas no se cumplen, sobre todo en momentos históricos en los que las fuerzas brutales del mercado destruyen las relaciones entre patrones y clientes y quebrantan los derechos y las solidaridades comunales.
El concepto de la “economía del don”, elaborado por el antropólogo francés Marcel Mauss en la década de 1930 para describir las formas de intercambio en sociedades sin estado que se hallan fuera o en los márgenes de la economía de mercado, es útil para analizar el modo en que las economías morales movilizan represalias colectivas violentas, a menudo explosivas. Ningún obsequio es gratis. Todo regalo crea una deuda que exige reciprocación en el futuro. Con el tiempo, los intercambios exitosos establecen jerarquías de respeto y prestigio y trazan los límites de las redes sociales. La disposición de ser generoso, y la expectativa de ser un beneficiario de la generosidad, son las condiciones necesarias para la existencia de una economía del don vigorosa. El intercambio de violencia asistencial, como el intercambio de cualquier tipo de recurso, da origen a una deuda mutua y crea relaciones duraderas entre los protagonistas del intercambio.
Ser partícipe de la violencia para ayudar a un amigo o familiar se convierte en una obligación tanto práctica como moral, parte del sentido común. En estos casos, quien permanezca al margen de la violencia se expone a la difamación, los rumores, el aislamiento social y, ulteriormente, a actos violentos futuros. Los jóvenes carismáticos, sociables y ambiciosos quedan atrapados trágicamente en redes sociales violentas, a veces en contra de su voluntad. Se ven obligados a participar a raíz de una noción de dignidad y obligación moral de defender a su familia, sus amigos y su propia reputación de masculinidad agresiva.

Irónicamente, la economía moral de la violencia no podría existir sin la disposición a la generosidad que se inculca en aquellas personas que buscan seguridad en la economía de reciprocidades, donde los intercambios de recursos básicos se llevan a cabo cara a cara. La mayor parte del tiempo, el vecindario es un lugar agradable. Muchos de nuestros vecinos responden al aburrimiento cotidiano impuesto por el desempleo y la pobreza invirtiendo su energía en la sociabilidad.
En medio de esta densa sociabilidad, sin embargo, irregularmente explotan incidentes aparatosos de violencia. En nuestra primera primavera en el vecindario, hubo 15 tiroteos, 3 de ellos mortales, en un radio de 4 cuadras alrededor de nuestro apartamento. Además hubo 3 apuñalamientos y 11 ataques agravados. La siguiente primavera fue igual de violenta y aparatosa. En una ocasión, un extenso tiroteo a varias cuadras de distancia dejó a un hombre herido con 15 impactos de bala.
En un principio, tuvimos la tentación de explicar estos niveles de violencia principalmente como parte de un esfuerzo pragmático por mantener el control de la venta de drogas, un mercado altamente rentable que carece de regulación oficial. Aunque muchos de los homicidios efectivamente están relacionados a la imposición del control territorial del mercado y la resolución de disputas y deudas, los protagonistas de la mayor parte de los actos violentos entienden su participación como una muestra de dignidad personal o como una sujeción temporal a un arrebato incontrolable de furia.
Cuando las personas discuten las peleas con nosotros retrospectivamente, es común que utilicen frases como: “Me cegué”; “Perdí la mente”; “Me volví loco”, etc. Tales arrebatos se entienden como un atributo incontrolable de su personalidad. Sin embargo, ello explica su habilidad de movilizar la violencia eficazmente.

Por ejemplo, Don Ricardo, un vecino de 50 años que hace varias décadas fue un bichote (palabra utilizada para referirse al dueño de un punto de drogas, proveniente de la hispanización del término “big shot”, aunque también es un juego de palabras que utiliza el término puertorriqueño “bicho”, que quiere decir pene) y que pasó 7 años en prisión por un homicidio de tercer grado, aún explota en ráfagas de furia como respuesta a insultos insignificantes a pesar de haberse reconstruido como un patriarca empleado en el mercado laboral legal y un modelo a seguir para los jóvenes de la cuadra. Su suegra, sus dos hijas y sus nietos todos viven en las casas a su alrededor, que él compró y remodeló para ellos. Sin embargo, él no es capaz de contenerse y habla con orgullo de sus arrebatos violentos. Al compartir una cerveza, se entretiene contándonos sobre los incidentes: “Todavía tengo el mismo carácter, pero lo trato de controlar”.
La violencia de Don Ricardo le confiere credibilidad incluso ante los jóvenes más agresivos del vecindario. Todos ellos recuerdan con respeto varios incidentes en los que Don Ricardo demostró su capacidad para infligir violencia eficazmente. Tito, un vecino de 21 años que se halla en la cárcel cumpliendo una condena de 8 años por matar accidentalmente a su mejor amigo durante una borrachera, nos describió el día antes de recibir su sentencia la manera en que Don Ricardo sujetó en el suelo a un vendedor de drogas irrespetuoso y disparó su arma en la cuneta al lado de la mejilla del joven, ordenándole a salir de la cuadra: “Don Ricardo le mete a cualquiera; nadie jode con él.”
Aunque en el vecindario puertorriqueño este modelo intergeneracional de furia se entiende como una cualidad personal, es evidente que el sistema carcelario lo reproduce y lo sobredetermina institucionalmente. Tito nos contó esta historia en una celda en la que se enfrentaba a la primera sentencia de su vida adulta. Un joven bajo de estatura, de 21 años y con cara de adolescente, Tito buscaba desesperadamente una estrategia para navegar los inevitables conflictos de alto riesgo que caracterizan la vida cotidiana en la cárcel, especialmente para los hombres con un aspecto físico como el suyo que suelen tener temor a una posible violación y que sufren constantes intimidaciones. Una semana después, George y Fernando visitaron a Tito en la cárcel a la que las autoridades lo habían transferido. A Tito lo habían colocado en la sección de máxima seguridad, utilizada para confinar a los reclusos acusados de cometer crímenes violentos:
Nota de campo de Fernando y George:
Tito tiene rasgaduras y moretes en la cara pero entra con una sonrisa cuando nos ve en el salón de visitas. Nos dice: “Brother, qué bueno que vinieran ahora porque si hubieran llegado un poco más tarde me hubieran traído aquí en cadenas. Hoy me peleé con un tipo. Mira, hasta me mordió!” Se levanta la camisa y nos enseña el moretón en forma de círculo que tiene en el pecho.
“Yo estaba en la celda mía y este tipo entra y me da un cantazo atrás de la cabeza, y se queda ahí como si yo no fuera a hacer nada. Pero cuando él me puso la mano encima fue como si se me hubiera metido el diablo. Fue como si el diablo me hubiera poseído. La mente se me puso en blanco y me le tiré encima. En eso se le cayó una cuchilla que tenía encima, y yo pensé, “Puñeta, este tipo me quiere apuñalar!”
Lo que pasa es que yo vine aquí con la idea de no meterme con nadie, calladito, y ellos vieron que yo soy pequeño y entonces piensan que se pueden aprovechar de mí. Yo sé que si yo hubiera venido aquí como un salvaje no hubieran pensado eso. Yo sé que no. Eso me pasa por tratar de no meterme con nadie. La gente piensa que uno es pendejo.
El guardia cerró la celda y nos dejó que peleáramos, pa que no nos castigaran. Pero cuando yo vi el cuchillo yo le dije al guardia “No cierres la puerta” pero él la cerró de todas maneras. No todos los guardias son así. Uno tiene que saber cuáles son chéveres y te dejan pelear y cuáles te van a meter al hoyo.
Esta sección está bien heavy, brother, mucha gente no sabe lo que va a pasar con los casos que tienen y están como desesperados, tienen esa incertidumbre. No saben si van a salir de acá en poco tiempo, o si nunca van a salir.
Ahora es capaz que yo termine matando al pana este, porque cuando yo me enfogono yo de veras me enfogono y no me doy cuenta de lo que estoy haciendo. Yo era así en la calle también. Me encabronaba por cualquier cosita y me cegaba. Me volvía loco.
Pero yo estoy tranquilo con la manera en que he manejado mi tiempo aquí. No te voy a mentir, yo me sentí mucho mejor después de la pelea. Tenía tantas cosas en la cabeza, brother, fue como un alivio explotar así, me sirvió pa relajarme un poco.
Incremento de Carcelization en EE. UU

Loic Wacquant (2007), junto con otros sociólogos y criminólogos, ha documentado la expansión extraordinaria del sistema carcelario estadounidense. A partir de 1980, el número de presos en los EEUU se ha multiplicado por cinco. Desde los años setenta, la lógica del castigo ha substituido a la lógica de la rehabilitación tanto a nivel de política pública como a nivel institucional. Como Wacquant ha demostrado, esto representa una criminalización de la pobreza y un método para disciplinar a los hombres negros y latinos, cuya mano de obra se ha vuelto redundante a raíz de las transformaciones económicas mundiales. El crecimiento de la población presidiaria ha continuado acelerándose a pesar de la reducción de las tasas de criminalidad a partir de mediados de los años noventa. Las prisiones estadounidenses se han convertido en escuelas de preparación de gladiadores y, como se puede apreciar en el caso de Tito, han llegado a operar como incubadoras de crimen tanto organizado como desorganizado.
Asimismo, el encarcelamiento perjudica las posibilidades de obtener empleo legal, a la vez que aumenta el capital cultural violento y prepara a los jóvenes para su reingreso inmediato al crimen callejero. Incluso aquéllos que aspiran a romper el ciclo del crimen y de la violencia hallan casi imposible el intento de ingresar al mercado laboral legal al cumplir su condena, pues su expediente criminal y la escasez de habilidades impuesta por años de inactividad forzosa en un ambiente carcelario decididamente hostil, falto de programas de rehabilitación, funcionan como una condena de desempleo perpetuo.

Luego de tres décadas de responder a la pobreza con políticas punitivas, ya son varias las generaciones que comparten esta forma extrema de violencia institucional y que han perfeccionado los mecanismos para evaluar los riesgos y las respuestas adecuadas al conflicto violento. Al regresar al vecindario, George le contó a Don Ricardo sobre la pelea de Tito en la cárcel. Don Ricardo respondió con una muestra de aprobación:
Don Ricardo: “Ajá. Yo no veo nada de malo con lo que hizo Tito. Va a tener que pelear mucho, especialmente por la categoría de peso en la que está. Pero a la larga lo van a respetar.
Cuando a mí me metieron preso, yo llegué encojonado. Yo decía pa dentro mío: “Acabo de perder a mi familia y no voy a salir de aquí en muchos años.” Así que cuando alguien se metía conmigo yo le partía la cara.
Don Ricardo procedió a contarle a George una larga serie de historias sobre sus respuestas explosivas contra personas que habían puesto a prueba su autonomía masculina en la cárcel, cada historia más apócrifa que la anterior. Al final, tomó una pausa y continuó pensativamente, con un gesto de preocupación en la cara, trayendo al caso el secreto público de la violación en las cárceles estadounidenses, la fuente principal de ansiedad entre los hombres encarcelados y quizá el acto que sirva de estímulo para la mayoría de las reacciones violentas ante la puesta a prueba de la masculinidad en la olla de presión que es la cárcel:
Don Ricardo: Dile a Tito que cuando se tome una ducha siempre lleve una navaja en el jabón, y que siempre se ponga pantalones cortos.
Yo me acuerdo que había un tipo allí, un pana que era enorme…
No reproduciremos aquí esta horrible historia de una violación sangrienta que ocurrió al lado de Don Ricardo en las duchas. Saltamos hasta el final de su recuento:
“Cuando yo vi que eso iba a pasar, yo salí de la ducha y me fui a la celda con el jabón todavía en el pelo. Me lo tuve que lavar en el grifo que había en la celda.
A los 10 minutos el hijeputa que había violado al otro tipo entra en mi celda. Yo le digo: “salte de aquí, cabrón, o te voy a matar.”
Él me dice, “Sólo te quería preguntar si habías visto algo.”
Y yo le digo, “Yo no sé de qué estás hablando, pero salte de esta celda ahora mismo. Yo no vi nada, pero yo te juro que si tú no te vas de aquí ahorita mismo te voy a matar.”
Tuve que decirle que no había visto nada, porque si no, me hubiera matado o yo lo hubiera tenido que matar a él.
La nota de campo de George que acompaña a esta grabación describe su confusión ante la aparente crueldad de Don Ricardo, quien reía a carcajadas al recontar la historia sobre esta violación. La risa de Don Ricardo parecía fuera de carácter y contrastaba con su cordialidad— aunque, desde luego, podría ser un mecanismo de defensa que sirve como método de desvinculación de un evento traumático. Independientemente del carácter psíquico o moral de Don Ricardo, sus acciones, en un principio orientadas en torno a la supervivencia, ayudan a prolongar la crueldad de los presos en la zona gris (Levi, 1998) que representa el hacinado universo carcelario de los Estados Unidos, una emergencia cotidiana (Taussig, 1992) caracterizada por formas clásicamente masculinas de violencia que están en gran medida predeterminadas.
Es necesario hablar también sobre la mano izquierda del estado (Bourdieu, 1998) y la manera en que administra la pobreza y el desempleo en los guetos estadounidenses mediante una biopolítica de la discapacidad mental liderada por psiquiatras que entienden la furia como un problema estrictamente médico. Un discurso cultural y específicamente colonial-militar se halla disponible para aquéllos de nuestros vecinos que buscan explicar sus arrebatos de furia como acciones legítimas: la idea del “ataque de nervios”, y lo que el campo de la psiquiatría ha clasificado como el “síndrome puertorriqueño” o el “síndrome circum-mediterráneo”. Durante la Guerra de Corea a principios de los años cincuenta, cuando el ejército estadounidense integró a los diferentes grupos étnicos en tropas mixtas por primera vez, un grupo de médicos militares estadounidenses describió a un gran número de soldados puertorriqueños como víctimas de “paroxismos de ansiedad, furia, síntomas psicóticos… y a menudo amnesia respecto a las crisis aparatosas (Gherovici, 2003:29”. Este diagnóstico todavía aparece en el “Apéndice de síndromes culturales” (“Culture-Bound Syndromes Appendix”) de la presente edición del Manual de Diagnósticos y Estadísticas (4ta edición) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.
El diagnóstico del síndrome popular de la furia incontrolable adquiere un nuevo significado al articularse con las prácticas psiquiátricas alrededor del otorgamiento de subsidios a personas con discapacidades mentales en el contexto del desmoronamiento del estado benefactor. El pago de “SSI” (Supplemental Security Income) a personas con ciertos diagnósticos psiquiátricos es uno de los pocos medios que quedan para exigirle derechos de ciudadanía a lo poco que queda del estado benefactor (Hansen, et al., In Press.). Los hombres y mujeres solteros son ahora inelegibles para recibir ingresos estables de la oficina del bienestar social a menos que posean documentos que comprueben que padecen de alguna discapacidad mental o física. Muchos de nuestros vecinos han adoptado todo un vocabulario de salud mental tanto como un método para exigir asistencia pública como también para comprender su predisposición a la violencia. Es común que los psiquiatras los diagnostiquen con síndrome bipolar, esquizofrenia y a veces PTSD (Síndrome de Estrés Postraumático).
Nota de campo de Philippe (1er autor):
Nuestro vecino, Manny, que vive en el primer piso bajo nuestro apartamento, se presenta a sí mismo con algo de timidez, diciéndome que su apodo de juventud en Puerto Rico era “El Samurai” debido a su habilidad con el puñal. Tal vez porque yo no le presto suficiente atención a su historia, me confiesa algo que no parece tener relación alguna a lo que me acababa de decir: “Y soy maníaco-depresivo… ah, y esquizofrénico también”.
Luego sonríe, tuerce la cabeza a un lado de una manera extraña y abre la boca con los ojos mirando hacia la derecha, transformándose inmediatamente en una caricatura convincente de un paciente psicótico.
En un principio, me siento confundido por la timidez sincera de la confesión de Manny y la admisión simultánea de ser tanto un peleador eficaz como un paciente psiquiátrico acreditado. De hecho, me pongo un poco nervioso cuando se me acerca con sus 360 libras de peso para contarme que tiene un demonio adentro. Empieza a enojarse cuando me cuenta sobre un incidente hace varios meses en el que la policía le disparó con una pistola eléctrica mientras fumaba un cigarrillo en la escalera frente a nuestro apartamento.
“El guardia se me vino encima y yo alcé las manos pa enseñarle que no tengo nada y le dije “No Inglich”.
Él pensó que yo estaba vendiendo perico [cocaína] porque yo estaba sentado enfrente de mi casa, pero ese día yo no estaba vendiendo. Vino y me disparó con la pistola eléctrica en el cuello, aquí mismo en la arteria. Y me dio otra vez, y otra vez, y me disparó aquí en el pecho también. Me dio como 20 veces. Yo caí en el piso y me esposaron. Y ahí fue que me empezaron a dar con los bastones [señala la vereda al lado de las escaleras].”
Yo no estoy bien, yo estoy enfermo: soy esquizofrénico y maníaco-depresivo y a mí me dan medicamentos para todo eso. Eso fue una locura lo que ellos hicieron [señala el cuello donde tiene la piel descolorada por los disparos con la pistola eléctrica].”
[su esposa lo interrumpe en inglés] Lucía: Se supone que le disparen en áreas del cuerpo que tienen grasa, pero ellos no, ellos le dispararon en las arterias del cuello. Él dice que desde el primer disparo sentía como si tuviera la sangre hirviendo. Yo le saqué retratos ese día y vamos a demandar a los guardias.
Al acoger la enfermedad mental y los mínimos derechos de ciudadanía biopolítica a los que un diagnóstico de discapacidad psiquiátrica provee acceso, las personas como Manny son capaces de reconstruirse como víctimas en vez de perpetradores cuando se ven literalmente vapuleados por el puño derecho del estado carcelario.
Es importante elaborar sobre lo útil que es saber cómo movilizar la violencia dentro del único mercado laboral que provee empleo igualitario en los guetos estadounidenses. En el mercado de drogas, tener un habitus (Bourdieu, 1990) de peleador furibundo es una cualidad que favorece el éxito. La venta callejera de drogas, una empresa altamente rentable, refuerza y se adhiere como parásito a las proclividades a la furia y a la solidaridad generosa y violenta que se inculcan durante la infancia temprana. El tráfico de drogas extrae capital de las habilidades que adquieren los jóvenes carismáticos para las peleas de puños, los tiroteos y el despliegue de amenazas agresivas así como la evaluación de las amenazas de otros. Ya hemos visto el modo en que las cárceles fomentan sistemáticamente tales habilidades, con lo cual el sistema carcelario aumenta exponencialmente el número de jóvenes capaces de enfrentar riesgos gigantescos y ansiosos por llenar las filas del narcotráfico callejero.

De manera más sutil, la importancia fundamental de los ingresos de la venta de drogas y el aprecio por el capital cultural de la violencia generan una dinámica de violencia simbólica (Bourdieu 2000:164-205) que equipara la dignidad masculina con la avidez por absorber los riesgos que debiera asumir un bichote en defensa de su monopolio sobre su punto de drogas. Jay, el dueño de un punto de heroína y cocaína en una cuadra cercana, se rió cuando le preguntamos cuánto dinero tendría que pagarle a alguien para darle una golpiza a un cliente que le robara drogas o dinero. “Yo no tengo que pagar por esas cosas, la gente mía brega con eso.” Por ejemplo, el primer arresto de nuestro vecino Roland fue por posesión de un arma que había traído al punto donde trabajaba como “joseador” [hispanización de “hustler”, término callejero para un vendedor de drogas al detalle] para ahuyentar a una persona que solía invadir su territorio desde el punto de venta de un bichote rival. A Roland no se le ocurrió exigirle al bichote que lo empleaba que defendiera su propio territorio. En cambio, Roland interpretó la cercanía no autorizada del joseador rival como un insulto personal. De hecho, si Roland le hubiera pedido ayuda a su bichote para ahuyentar al otro joseador, seguramente hubiera recibido el típico insulto misógino: “pussy” (literalmente “vagina”, aunque empleado de manera similar a “maricón” o “pendejo”). Afirmar la hípermasculinidad defendiendo los intereses económicos del jefe con violencia letal es una demostración clásica de la violencia simbólica que yace en la raíz misma de las jerarquías lucrativas del narcotráfico.
Durante nuestro segundo año en el Norte de Filadelfia, hubo un caso dramático de humillación masculina cuando un joven se vio incapaz de infligir violencia en defensa de las ganancias de un bichote. Un grupo de asaltantes golpearon con una pistola a Paul, un joven carismático de 23 años que entonces administraba el turno de la noche en el punto de Jay, y le robaron “los chavos y el material [el dinero y las drogas]”. Este fue el segundo asalto exitoso sufrido por este punto durante las dos semanas desde que John, un nuevo joseador, empezó a trabajar en el turno de la tarde. Debido a que los asaltos ocurrían estratégicamente durante la transición entre el turno de la noche y el de la mañana, todos supusieron que los robos los había planeado un gato casero. John, el nuevo joseador del turno de la tarde, se convirtió en el principal sospechoso. Paul trajo una pistola al trabajo al día siguiente y la apuntó contra John cuando llegó a trabajar, exigiéndole una explicación. Uno de los administradores del turno de la mañana, que no trabajaba ese día pero que se encontraba en la cuadra visitando a su novia, caminó hacia ellos y le dio un puñetazo a John cuando se declaró inocente.

Claramente culpables y preparados para cualquier contratiempo, dos de los primos de John aparecieron de repente con pistolas en la mano. El administrador que golpeó a John, que no trabajaba ese día y que por lo tanto no tenía la obligación de defender la seguridad del punto de venta, corrió a su carro a recoger su pistola. Tras un breve enfrentamiento seguido de un tiroteo, John y sus dos primos lograron huir. Hakeem, un quinceañero bullicioso, notó que Paul no disparó su arma y se la quitó para liderar la persecución, disparándole a los fugitivos hasta que se quedó sin balas. Hakeem quiso aprovechar para demostrar su condición como alguien que “brega” y que está dispuesto a infligir violencia en favor de otros, porque recién había comenzado a trabajar en el punto luego de cortar el grillete que la corte le había impuesto como parte de su sentencia de arresto domiciliario (que recibió por un caso de venta de drogas en otro vecindario). Paul perdió tanta credibilidad entre sus colegas por no disparar el arma, que Jay, el bichote, lo descendió de administrador del turno de la noche a joseador regular.
La dimensión quizá más insidiosa de la dinámica de violencia simbólica que legitima la brutalidad entre colegas y vecinos es el hecho que estos tiroteos, que reafirman el control monopólico de los bichotes y que a veces hieren a los vecinos, se entienden como sucesos divertidos y emocionantes llenos de nuevas posibilidades. Los amigos y colegas de Paul lo insultaron por varias semanas por su cobardía. Para ellos, el tiroteo fue una reafirmación emocionante de su masculinidad y su sentido de solidaridad.
Para concluir, tanto a hombres como a mujeres se les ha impuesto un habitus, o una subjetividad, que se caracteriza por una gran sensibilidad ante los insultos y por la facilidad para movilizar arrebatos incontrolables de furia ante la humillación y la falta de respeto. La violencia económica, interpersonal, química e institucional que sufre la inner city estadounidense ha producido una situación cotidiana de emergencia que incita a los residentes a perfeccionar técnicas del cuerpo violentas: agresividad en la postura, habilidad con los puños, furia disociativa, orgullo por haber recibido o infligido golpizas y, en el caso de los hombres, orgullo y emoción durante los tiroteos. En el plano económico y pragmático, la reputación de ser violento produce un tipo de capital social que resulta de gran valor para la venta de drogas. Además, sirve como protección ante los agresores potenciales. La red de arrastre carcelaria y la administración de la pobreza por medios punitivos proveen bases institucionales adicionales para el cultivo de la furia masculina. La mano izquierda del estado también fomenta estas proclividades mediante la distribución de subsidios a personas con discapacidades y traumas cognitivos, como vimos en el caso de Manny, el “samurai” esquizofrénico. De hecho, la manera más eficaz de comprobarle a un psiquiatra que uno merece un diagnóstico de discapacidad mental es irrumpir periódicamente en actos violentos contra los familiares, los vecinos o incluso uno mismo.
El capital de la violencia es útil por razones que se extienden mucho más allá de la economía de las drogas y los subsidios públicos. Penetra incluso el sentido común de lo que se considera valioso dentro de la familia, las amistades y los amoríos y sirve como un ancla para las subjetividades lumpenizadas carentes de opciones reproductivas estables. Además, este tipo de capital se adquiere a través de la destrucción física y la discapacidad de los habitantes de la inner city, que por muchas razones se ven obligados a sobresalir en dinámicas violentas. De un modo más perverso, en esta dinámica que podría entenderse como una forma de acumulación primitiva, la destrucción y el sacrificio físico y cognitivo de los habitantes pobres de los guetos estadounidenses generan ganancias fuera de la comunidad para sectores más privilegiados (a veces sólo un poco más privilegiados).

Estos sectores incluyen, entre otros: 1) a nivel local, los bichotes, dueños de puntos que generan capital a partir de las destrezas violentas de sus joseadores que asumen todos los costos del negocio, como el encarcelamiento crónico y la mutilación física por rivales y ladrones; 2) de manera menos evidente, la narcoélite y los sistemas financieros de lavado de dinero, que operan a nivel internacional. La dinámica de acumulación primitiva es particularmente evidente en este vecindario porque además se nutre de los cuerpos adictos de los clientes y los joseadores, que se destruyen a sí mismos y crean una demanda inelástica por su adicción física a las drogas, la mercancía venta local, lo que amplifica artificialmente las ganancias. El tercer sector lo representa el sistema judicial, la policía y el sistema carcelario. Lo primero que un oficial de policía comenta sobre el vecindario es la gran cantidad de dinero que se gana trabajando en él por la gran cantidad de horas extra que deben trabajar. Como nos dijo un oficial: “la guerra contra las drogas pagó la educación de mi hija, que ahora es abogada”.
Asimismo, un defensor público nos dijo que “la guerra contra las drogas paga mi hipoteca”. Una de las primeras reformas instituidas en 2008 por el nuevo Comisario de la policía de Filadelfia, Charles Ramsey, fue la de tratar de limitar el número de policías que pueden servir como testigos en un caso de drogas, porque los oficiales reciben horas extra por atender los juicios y por ello se encontraban inflando el número de testigos. Muchos oficiales doblan el salario que reciben cada año por medio de las horas extra. La reforma fracasó, y los oficiales sindicalizados continúan multiplicando sus sueldos arrestando adictos y joseadores. En el plano estructural, la industria carcelaria crea trabajos sindicalizados para la población blanca de clase trabajadora en zonas rurales pobres del país. Estos puestos de trabajo sindicalizados dependen del encarcelamiento prolongado de criminales violentos, de los cuales un número desproporcionado son afroamericanos y latinos desempleados radicados en la inner city. Por último, y quizá de manera más perversa, el subsidio público a las personas con discapacidades cognitivas expande los mercados para los productos de las compañías farmacéuticas.

En el gueto estadounidense, un contexto de segregación extrema y de exclusión de la fuerza laboral, la economía moral de la violencia despolitiza profundamente a la población pobre y contiene el sufrimiento y la mutilación dentro de esa misma población, una dinámica de vecinos contra vecinos. La violencia que los noticieros locales cubren irregular pero escandalosamente transforma la imagen de la pobreza en una imagen patológica, lo que legitima la represión carcelaria de cero tolerancia en nombre de la seguridad pública y las represalias brutales, dándole impulso a mayor violencia institucional y estructural: ausencia de inversión del sector privado, recortes presupuestarios en los programas de asistencia pública, salud, educación y vivienda y aumentos de inversión en el sistema de confinamiento carcelario.
Pero quizá el punto más importante sea que los límites del apartheid en los guetos estadounidenses se ven normalizados simbólicamente por el hecho de que la mayoría de las personas de clase media y clase trabajadora en los EEUU temen que de poner un pie en un gueto como el vecindario que estudiamos, los vecinos los descuartizarían—lo que no es objetivamente cierto, pero que quizá sea una posibilidad remota.

Footnotes
Todas las fotografías fueron tomadas y son copyright de Fernando Montero Castrillo, excepto la Foto 1 que es de George Karandinos y Foto 6 que es de Jorge Oswaldo Nunez Vega y Foto 9 que es de Jeff Schonberg quienes también guardan el copyright cada uno de sus Fotos.
Contributor Information
Philippe Bourgois, Email: pbourgois@gmail.com.
Fernando Montero Castrillo, Email: monterocas@gmail.com.
Laurie Hart, Email: lhart@haverford.edu.
George Karandinos, Email: gkarandinos@gmail.com.
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